Hay confusiones que nacen de la ignorancia, pero otras nacen del interés de manipular, confundir y dañar.
La derecha y la ultraderecha internacional, particularmente Donald Trump, han convertido la confusión en un recurso central de sus campañas electorales. Asocian deliberadamente la izquierda con el comunismo para desacreditar adversarios, despertar temores y conquistar votos que, de otro modo, no conseguirían. De esa manera, presentan cualquier propuesta de cambio social como una amenaza para la libertad y la propiedad privada.
Para entender esta estrategia, conviene distinguir entre el socialismo histórico, venido desde el marxismo leninismo y estructurado sobre la base de la dictadura del proletariado, y la izquierda democrática que gobierna dentro del capitalismo. Son realidades y expresiones diferentes, aunque algunos se empeñen en presentarlas como si fueran lo mismo.
La Revolución rusa de 1917, encabezada por Vladimir Lenin, abrió el camino a un modelo que pretendía superar el capitalismo mediante la transformación de los medios de producción en propiedad colectiva. Bajo el sistema socialista soviético, el poder quedó concentrado en un partido único y las libertades políticas fueron muy restringidas. Durante la segunda mitad del siglo XX, aquel modelo protagonizó una confrontación mundial con las democracias capitalistas, conocida como la Guerra Fría.
Pero el mundo cambió. La Unión Soviética desapareció en 1991 y con ella se derrumbó el bloque socialista. Y pese a que ese bloque ya no existe, esa ultraderecha, envalentonada por la retórica y agresividad de Trump, sigue tratando el tema como si existiera para seguir manipulando y confundiendo a un electorado no dado a hurgar en los detalles y a ver solo las superficialidades.
Mientras tanto, la izquierda democrática desarrolló otra forma de intervenir en la sociedad: competir en elecciones, respetar las instituciones democráticas, preservar la propiedad privada y promover reformas sociales dentro de economías capitalistas. La socialdemocracia ha defendido los derechos laborales, la educación pública, la seguridad social y una distribución más equitativa de las oportunidades, sin exigir la abolición de la propiedad privada. Esa tradición política es distinta del modelo soviético. No buscan abolir el capitalismo. Buscan lo contrario: fortalecerlo mediante reformas y conquistas sociales creando un Estado de derechos y bienestar social.
La diferencia no es simple. Es fundamental. Una cosa es pretender sustituir el capitalismo por una economía socialista de planificación estatal; otra, muy distinta, es procurar reducir sus desigualdades mediante políticas públicas. No es tan difícil entenderlo. La dificultad aparece cuando la manipulación interesa más que la verdad.
Donald Trump ha sido uno de los principales exponentes de esa estrategia. No porque necesariamente ignore las diferencias, sino porque la confusión puede resultarle electoralmente rentable. Ha presentado reiteradamente a sus adversarios demócratas como comunistas o socialistas radicales. ¿Se imaginan el absurdo de asociar a Bill Clinton y a Barack Obama, e incluso a Bernie Sanders, con el comunismo?
Lo que ocurre es que esas etiquetas trasladan al debate electoral los temores que históricamente ha despertado el comunismo, aunque las propuestas del adversario no correspondan con ese modelo.
La estrategia consiste en sustituir el debate razonable por el miedo. En lugar de discutir salarios, impuestos, salud, política exterior, educación o costo de la vida, se presenta, sin aportar ninguna prueba, al contrincante como una amenaza para la libertad y la propiedad privada. Y punto.
Así, el ciudadano puede terminar votando no por lo que considera mejor para su país, sino contra aquello que le han enseñado a temer. En este caso, contra un comunismo que muchas veces solo existe en la imagen distorsionada que le han construido. En los hechos, acuden a las urnas a votar contra un fantasma.
Algo parecido ocurre cuando se presenta a Luiz Inácio Lula da Silva como un dirigente comunista por promover políticas sociales desde la izquierda brasileña.
Lula ha gobernado Brasil durante tres períodos presidenciales: dos consecutivos, entre 2003 y 2010, y uno iniciado en 2023. Durante sus gobiernos ha impulsado programas contra el hambre y la pobreza, políticas de inclusión social y medidas dirigidas a ampliar las oportunidades de los sectores más vulnerables. Pero promover reformas sociales no equivale a instaurar el comunismo. Brasil ha mantenido una economía de mercado en la que conviven las empresas privadas y la intervención estatal.
Esas manipulaciones y confusiones empobrecen la democracia, porque reemplazan los argumentos por etiquetas y las ideas por asociaciones destinadas a temores. Y cuando el miedo sustituye al juicio, la democracia pierde la libertad de elegir con conocimiento de causa y el pueblo corre el riesgo de entregar su futuro a quienes mejor han sabido explotar sus temores.







