Las victorias electorales se entienden mejor cuando se descubre todo lo que hubo que vencer para conseguirlas. El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva pertenece a esa categoría: una batalla contra la envalentonada ultraderecha brasileña y mundial, contra los intereses de la oligarquía, contra la presión abierta de Donald Trump y contra el poder de unas plataformas digitales capaces de influir y decidir elecciones, como había ocurrido en Colombia y el Perú. Pero, sobre todo, fue una batalla contra la confianza excesiva de millares de seguidores del viejo Lula que entendían ganaría de cualquier manera.
La primera vuelta había dejado una advertencia. Muchos electores de Lula se quedaron en casa, convencidos de una victoria segura. No comprendieron que una elección no se gana con simpatías, sino con votos depositados en las urnas. Pero, de pronto, lo que parecía una victoria segura se convirtió en una lucha decisiva por el futuro de Brasil.
Lula, veterano de mil batallas, entendió la señal y le fue fácil cambiar la estrategia. La segunda vuelta exigía otro mensaje, otra intensidad y una movilización más amplia. No era suficiente pedir el voto: había que explicar por qué Brasil no debía retroceder y qué podían perder millones de ciudadanos si triunfaba el bolsonarismo y la ultraderecha.
Entonces habló de las conquistas sociales, de los derechos alcanzados y de las oportunidades que podían quedar amenazadas. Su mensaje buscó convertir una elección entre candidatos en una decisión sobre el destino del país. No se trataba únicamente de elegir quién ocuparía la presidencia, sino de determinar si Brasil continuaría avanzando en la protección de los sectores más vulnerables o regresaría a políticas que podían hacer retroceder conquistas de años. Y ahí estuvo la clave.
También comprendió que debía recuperar a los seguidores que no fueron a votar en la primera vuelta. Les habló a los jóvenes, a los trabajadores, a las madres y a los mayores que en la primera vuelta no habían acudido a votar. A la juventud le recordó que el futuro no se hereda: se construye. A los viejos les habló de la memoria, de los derechos conquistados y de la responsabilidad de defenderlos. A los indiferentes les mostró que quedarse en casa no era una decisión sin consecuencias. Cuando uno se abstiene, otros deciden por uno. Y ahí estuvo también la clave.
La batalla, sin embargo, iba mucho más allá de las urnas. Lula tuvo que enfrentar la presión política de Donald Trump y los intereses de sectores poderosos que veían con preocupación la continuidad de un proyecto que cuestionaba sus privilegios. Al mismo tiempo, las plataformas digitales se habían convertido en un terreno fundamental de la lucha política. Desde Silicon Valley, las grandes empresas tecnológicas controlaban espacios decisivos de circulación de información, donde los mensajes, las campañas de influencia y la desinformación podían alcanzar a millones de personas. No era una contienda entre fuerzas iguales: de un lado estaban los recursos, el poder económico y las enormes posibilidades de amplificación digital; del otro, un candidato obligado a convencer a los ciudadanos de que su voto seguía teniendo más valor que cualquier maquinaria de propaganda. Y ahí estuvo la clave
Lula entendió que no podía limitarse a denunciar a sus adversarios. Tenía que llegar a la gente, responder a los ataques y explicar, con palabras sencillas, lo que estaba en juego. Su experiencia le permitió comprender que el miedo a perder las conquistas sociales podía convertirse en una fuerza movilizadora, siempre que se acompañara de razones claras y de una convocatoria capaz de despertar a quienes se habían confiado.
Y el pueblo reaccionó. Los jóvenes, los trabajadores y los electores que habían permanecido al margen comprendieron que la democracia no funciona por inercia. La movilización de la segunda vuelta demostró que una campaña puede cambiar cuando su candidato reconoce el peligro, modifica el mensaje y consigue que sus seguidores entiendan la importancia de actuar.
La lección trasciende a Brasil. Ningún dirigente debe dar por seguros los votos que todavía no ha recibido, ni ningún ciudadano debe creer que su ausencia carece de consecuencias. Las conquistas sociales necesitan defensores, la democracia necesita participación y la libertad política exige que cada persona asuma su responsabilidad.
Lula triunfó porque supo cambiar a tiempo y porque logró movilizar a quienes tenían razones para defender su proyecto. Enfrentó a sus adversarios políticos, nacionales en internacionales, a los poderosos intereses económicos y a una batalla digital desigual, pero entendió que la fuerza decisiva seguía estando en la gente. Y ahí estuvo la clave.
Esas elecciones fue, a mi juicio, un laboratorio de lecciones de las que debemos aprender. En la República Dominicana, de nuestros amores y dolores, donde todo el mundo cree que tiene las elecciones en el bolsillo chiquito, por lo cual viven desafiando alegremente las leyes de las campañas electorales, los actores importantes deben ocuparse de entender esas elecciones y sacar las lecciones debidas, para que no se lleven una sorpresa desagradale, como la llevada anoche por Bolsonaro y Trump.
Mientras tanto, celebra el que gana, y yo estoy celebrando.







