Resistencia del periodista al conocimiento

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Por Manuel Antonio Vega

En la trayectoria diaria de la comunicación, existen profesionales del periodismo que, tras acumular una aquilatada y prolongada jornada de ejercicio, caen en una peligrosa trampa: la resistencia a seguir aprendiendo. Se muestran cansados, apáticos o, en el peor de los casos, asumen la postura de creer que ya lo saben todo. Es indiscutible que los años en el libre ejercicio de la profesión otorgan veteranía, ayudan a dominar la razón y afinan la percepción sobre cómo abordar la realidad.

Sin embargo, no son pocos los que presumen que un título universitario grabado en la pared o los lustros de experiencia los convierten en seres infalibles, perfectos e incapaces de errar o de cometer equivocaciones en el complejo andar cotidiano.

Es verdad que el tiempo transcurrido en las redacciones y en la cobertura callejera ayuda a acumular un caudal inestimable de datos y vivencias.

Toda esa información queda profundamente integrada en la mente del profesional, sirviéndole como un mapa cognitivo para reconocer e interpretar el entorno, orientar la conducta, discernir la noticia relevante y resolver los problemas que surgen a cada hora en la redacción de los medios de comunicación o en la serenidad de una oficina personal en el hogar.

La memoria periodística es un archivo vivo que ayuda a contextualizar el presente a través de las lecciones del pasado.

Pero confiar ciegamente en esa reserva sin renovarla equivale a estancarse en un estanque de aguas muertas.

Los escépticos y la diversidad del saber

Siempre, en una sociedad heterogénea y cambiante, habrá quienes aspiren genuinamente a ampliar su capacidad de talento y sus horizontes intelectuales..
Lo hacen a través de la lectura constante de libros de diversa índole, el seguimiento de debates en redes sociales y la consulta de contenidos educativos en la televisión o en plataformas digitales como YouTube, los cuales actúan como un complemento imprescindible para nutrir y enriquecer una visión crítica frente a las tareas y desafíos que nos depara la cotidianeidad.

Por más experiencia que acumule a lo largo de su carrera, el periodista jamás debe olvidar una verdad fundamental: no es dueño absoluto de la verdad ni poseedor exclusivo del conocimiento.

Aprender continuamente no es una obligación impuesta per se, pero sí representa un aditamento inherente e indispensable si se desea mantener pulida la capacidad de interpretación crítica en el momento preciso en que la noticia se produce.

En las salas de redacción y en el periodismo de campo coexisten diferentes perfiles de comunicadores, cada uno con aportes valiosos:

Los empíricos y la destreza del terreno: Existen periodistas con un conocimiento puramente empírico, adquirido a través de la experiencia directa, la observación minuciosa y la interacción constante con el entorno social cotidiano.

Sorprende ver cómo muchos de ellos poseen una destreza descomunal y una agilidad mental y práctica superior a la de aquellos que han cursado especialidades, maestrías o doctorados en periodismo.

Sin embargo, aun reconociendo este talento natural, es preciso señalar que el conocimiento riguroso también debe ser sistemático, metódico, verificable y objetivo para no caer en sesgos o ligerezas.

Los reflexivos y filosóficos: Por otro lado, encontramos a los periodistas que asumen una postura filosófica, caracterizada por ser altamente racional, crítica y reflexiva.

Estos profesionales buscan comprender las causas profundas de los fenómenos sociales, los dilemas morales de la sociedad y la naturaleza misma del ejercicio periodístico.

Este tipo de perfil no surge necesariamente de las aulas de un instituto o de una universidad; es el fruto directo de la lectura disciplinada, la autoformación y la capacidad de interpretación analítica.

Los técnicos y ejecutivos: Asimismo, existen los técnicos de la comunicación, profesionales que dominan a la perfección las habilidades operativas, el manejo de equipos y los procedimientos aplicados para ejecutar tareas concretas o resolver problemas específicos de producción y difusión noticiosa con altísima eficacia.

Ninguno de estos perfiles tiene el terreno asegurado si decide darle la espalda a la renovación de sus conocimientos.

La combinación entre el olfato empírico, el rigor reflexivo y la destreza técnica es, en definitiva, la fórmula ideal para garantizar un ejercicio periodístico ético, relevante y profundamente comprometido con la verdad.

Actualizarse para sobrevivir en la era digital

En la actualidad, los acelerados avances tecnológicos y, de manera muy especial, la irrupción vertiginosa de la Inteligencia Artificial (IA) nos obligan a mantenernos en alerta constante y en un proceso permanente de reeducación.

De lo contrario, corremos el riesgo de quedar relegados a ser «cola de ratón» en un planeta que camina a pasos agigantados hacia la automatización y la digitalización del saber.

Es necesario comprender que la Inteligencia Artificial se ha transformado en una herramienta de trabajo omnipresente.

En esencia, la IA funciona como un gigantesco e insaciable banco de datos que se alimenta continuamente de las informaciones subidas a la nube mediante las distintas plataformas digitales y redes sociales.

Se nutre principalmente del procesamiento masivo de datos, las interacciones de voz y la información transaccional integrada en sistemas de gestión.

La tarea principal de estas herramientas tecnológicas radica en registrar de manera automática los flujos informativos que cruzan la red global a cada segundo: procesar patrones de voz, analizar videos, sintetizar textos escritos y sincronizar grandes volúmenes de datos en tiempo real.

Frente a esta realidad, la Inteligencia Artificial no viene a sustituir el criterio humano, pero sí supera al periodista en velocidad de procesamiento y compilación de datos brutos.

Por todo esto, la resistencia al conocimiento en el periodismo actual es un boleto directo a la obsolescencia.

Quien crea que lo sabe todo o que sus glorias pasadas bastan para sostenerlo en el ejercicio profesional comete un error fatal.

El periodista tiene el deber impostergable de adaptarse a los nuevos tiempos, abrir su mente a la capacitación continua, aprender el manejo ético de las nuevas tecnologías y renovar a diario su vocación de aprendizaje.

Solo de esa manera podrá evitar ser relegado a un tercer plano en el panorama del conocimiento global y continuar siendo lo que siempre debió ser: un faro de luz, análisis y verdad para su comunidad.

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