Por Manuel Antonio Vega
El doctor Joaquín Balaguer Ricardo, a quien muchos catalogan como distinguido orador, literato, historiador, político, compositor, gobernante, padrastro, poeta, crítico, abogado, exiliado y demagogo, entre otras calificaciones más, fue visto a la postre por la propia familia de Rafael Leónidas Trujillo Molina como un traidor que buscaba agenciarse el poder absoluto tras el ejercitamiento de la justicia sumaria contra el Sátrapa. Tanto odio se acumuló en el anillo íntimo de los Trujillo que Rafael Leónidas Trujillo Martínez (Ramfis), primogénito del dictador, llegó a planificar en la Base Aérea de San Isidro la ejecución del plan para silenciarlo eternamente.
Balaguer poseía pulmones de enorme capacidad para alabar y orquestar la propaganda a favor del régimen trujillista, pero siempre alimentó su propio proyecto secreto para alcanzar el solio presidencial y consolidarse en él.
Los intelectuales del siglo pasado, entre ellos Ramón Ferreras (El Chino), pensaban que este personaje solapado jamás moriría de «edema pulmonar, tuberculosis, bronconeumonía o cualquier otra de esas mortales enfermedades que corroen los pulmones a muchísima gente». El Chino Ferreras, en su obra Cosas de los Tiempos Viejos, expone con mordacidad: «Cualquiera no quisiera creerlo, pero este señor tiene los mejores pulmones que he conocido (o por lo menos los tenía para mayo de 1959), apenas un mes antes de que se produjera la invasión de los héroes y mártires de junio por Constanza, Maimón y Estero Hondo».
A Joaquín Balaguer se le atribuye la autoría de aquella polémica tesis expuesta una clara mañana de domingo, al inaugurar en su condición de secretario de Estado de Educación y Bellas Artes un plantel escolar. Sostuvo entonces que la juventud dominicana, durante los más de treinta años ominosos de la tiranía, no había producido un solo valor positivo, argumentando que quizás había sido «deslumbrada por el brillo de la Era gloriosa de Trujillo».
Era el hombre de los discursos más brillantes y deslumbrantes jamás pronunciados para exaltar la figura del tirano.
Insultaba y subestimaba la capacidad de la juventud dominicana únicamente para sobreponer los supuestos logros con que Trujillo había modernizado el país.
En cierta ocasión, Balaguer mencionó a un «coco» llamado Juan Bosch para calificarlo como una de las plumas más notables del cuento en América, pero agregando de inmediato que, por su condición de activo antitrujillista, no pasaba de ser un «valor negativo».
Para denigrar a Juan Bosch se le inflamaban los pulmones de severidad; pero para resaltar las supuestas virtudes del dictador, los dejaba respirar abiertamente, desplegando un léxico florido destinado a hacer entender que Trujillo era lo máximo y lo mejor que le había acontecido a la nación.
Al recorrer los polvorientos caminos del interior del país, el doctor Balaguer pronunciaba uno o dos discursos cada fin de semana al inaugurar pequeñas escuelas rurales.
Parecía que aquellas piezas oratorias se redactaban en serie, pero siempre cargadas de un estilo altisonante, retórico y envolvente.
Decía afirmaciones que a él le parecían normales en el contexto de la tiranía, pero que a quienes le escuchaban, arropados por su elocuencia digna de tribuna francesa, les resultaban alabanzas desmedidas dirigidas al sátrapa.
Sembraba en las mentes más lúcidas serias dudas acerca de la verdadera cordura y solemnidad con que discurseaba.
Fue el 3 de agosto de 1960 cuando se juramentó por primera vez como presidente títere, condición que él mismo confesaría tiempo después. El 21 de noviembre de 1961, cuando el enigmático fenómeno pulmonar lanzó aquella estrambótica e inaudita admonición, impetró el auxilio ultraterrenal de la Divina Providencia para que «todo el bienestar que hemos conquistado no se convierta en ludibrio y desenfreno, y para que cuando suene para América la hora, tal vez más próxima de lo que pensamos, del colapso de la civilización, nuestro país continúe incólume y flote como el Arca de Noé sobre las aguas de las inundaciones».
Se recuerda con precisión que, durante las honras fúnebres del dictador en San Cristóbal, fue precisamente Balaguer quien pronunció el célebre panegírico frente al féretro, en el cual inmortalizó la frase: «¡Adiós, querido jefe! Aquellos que te acompañamos en las batallas que libraste para salvar a la República, no te decimos ¡Adiós!, sino ¡Hasta luego!».
Posteriormente, el 20 de octubre de 1961, tras la sangrienta masacre de estudiantes en la calle Espaillat, momento culminante de su carrera de orador de verbo fluido pero de inoportunidad sorprendente, inició otro asqueante derroche de retórica oficialista al exclamar: «Sean mis primeras palabras para felicitar a la Policía Nacional…». En ninguna de esas trágicas circunstancias se le reventaron los pulmones, como tampoco sufrieron daño alguno en aquella famosa prima noche de mayo.
Sus peroratas solían confundir a cualquier mortal, pues el otrora presidente Joaquín Balaguer casi profetizó la forma en que moriría, dos años y quince días después, el principal integrante del numeroso auditorio de aquella velada: Rafael Leónidas Trujillo Molina.
La noche en cuestión, el 15 de mayo de 1959, estaba señalada para uno de los actos centrales de las celebraciones del 29.º aniversario del régimen.
El evento consistía en una concentración «popular» (integrada casi en su totalidad por empleados públicos obligados a asistir de todo el país) en el Estadio Trujillo (hoy Estadio Quisqueya) de la capital dominicana. Contaba con la asistencia del «Jefe» en persona y de la mayoría de sus familiares que ocupaban altas funciones públicas, políticas o militares.
Cuentan las crónicas de la época que las graderías del estadio estaban totalmente atiborradas.
El acto tenía un propósito central: escuchar la extensa disertación de quien actuaba como una especie de mariscal del Palacio Nacional, rol que desempeñaba con maestría en los pasillos del poder.
Balaguer era una corneta, una bocina abierta del sátrapa, aunque internamente albergaba su propio proyecto político para sustituirlo una vez que el tirano desapareciera o fuera silenciado.
«¡A Trujillo no lo verán como a Batista huyendo, ni como a Pérez Jiménez mendigando asilo, ni como a Rojas Pinilla ante las barras de un tribunal!», pregonaba Balaguer mientras la fuerte lluvia comenzaba a amainar sobre el estadio.
En ese mismo discurso expresó: «¡Cuando Trujillo caiga, no caerá como el árbol cercenado para leña por el hacha ignominiosa; cuando Trujillo caiga, caerá como el roble fulminado por el rayo!».
Esta fue, probablemente, la frase que más cerca estuvo de la realidad histórica en todo el inmenso tonelaje de discursos que pronunció durante la «Era gloriosa» a cuya sostenibilidad tanto contribuyó.
Al terminar su intervención, bajó tranquilamente, silencioso, cabizbajo y meditabundo de la tribuna, para ir a sentarse en un banco cualquiera de las graderías.
Una vez que Balaguer asumió las riendas del Palacio Nacional tras el ajusticiamiento del dictador en mayo de 1961, fue transformando gradualmente su discurso político para purificarse a sí mismo y hacer que el nuevo objeto de culto fuera él.
Era desmedidamente cínico, pero a la vez sumamente astuto: jugó al gato y al ratón en la escena política hasta afianzarse con la banda presidencial.
Es fundamental señalar que la percepción de «traición» cobró fuerza tras la desaparición física de Trujillo.
Luego del magnicidio, Balaguer intentó pilotar una apertura política gradual. Tomó medidas estratégicas que desmantelaron piezas clave de la estructura de poder del trujillato y, finalmente, facilitó e impulsó la salida definitiva del país de los miembros de la familia del dictador, enfrentándose abiertamente a Ramfis Trujillo.
La viuda del tirano, doña María Martínez, así como otros familiares, enviaron cartas amargas a diversos medios de comunicación tachando a Joaquín Balaguer de desagradecido y traidor por haber aprovechado la plataforma del régimen para quedarse con el poder absoluto.
Tras consolidarse en la jefatura del Estado, Balaguer emitió, leyes, decretos y resoluciones para prohibir e impedir el retorno de la familia Trujillo al territorio nacional, a pesar de que él mismo había sido el facilitador inicial de su salida.
Balaguer, el acólito insigne del régimen que comenzó a beneficiarse del sistema desde 1934 cuando fue nombrado en la diplomacia, y que incluso sufrió un temporal distanciamiento cuando escribió un libro con elogios hacia Rafael Estrella Ureña, supo esperar pacientemente.
Soportó humillaciones, perfeccionó la adulación y esperó hasta el desenlace de la tiranía para salirse con la suya y coronarse como el dueño del escenario político dominicano durante décadas.







