Por Manuel Antonio Vega
La República Dominicana se jacta de su crecimiento económico y sus torres de cristal, pero en el corazón de El Seibo existe una grieta por donde se escapa cualquier pretensión de modernidad: el Centro de Privación de Libertad de El Seibo.
Lo que legalmente debería ser un espacio de «reeducación», en la práctica se ha convertido en un depósito humano donde la dignidad se extingue entre el calor asfixiante y la desidia estatal.
La Aritmética de la miseria
Las cifras no mienten, pero sí horrorizan, pues según el Informe de las Condiciones de Detención y de Prisión de la Oficina Nacional de Defensa Pública, este recinto opera bajo una lógica de pesadilla.
Capacidad real: 243 personas.
Población actual: 941 internos, con un excedente casi de un 400% de sobrepoblación.
Estamos hablando de que, donde debería haber un solo hombre, el Estado obliga a convivir a cuatro.
El resultado es un hacinamiento crónico que desafía las leyes de la física y de la humanidad.
Los pasillos, que deberían ser vías de tránsito, son hoy dormitorios improvisados donde los reos se apilan como mercancía defectuosa.
Las «Curianas» y el triunfo de la inmundicia
En este ecosistema del abandono, los internos no están solos.
Comparten su piel y su escasa comida con las «Curianas», unas pequeñas cucarachas amarillentas que se han convertido en las dueñas del penal.
»Se mueven más rápido que un ratón entre los pies y las anatomías de los internos, dejando infecciones cutáneas de graves consecuencias».
Estas plagas no son un accidente; son el síntoma de un sistema de salud penitenciario que no existe.
Los baños, focos de infección y pestilencia, son una afrenta directa a cualquier protocolo de higiene básico.
Aquí, enfermarse de la piel es la norma, y recibir tratamiento es un lujo que el presupuesto estatal parece ignorar.
El Negocio del Dolor: Entre «El Chao» y «El Gobierno»
La corrupción ha llenado los vacíos que dejó el Estado.
La alimentación, irónicamente llamada «El Chao», es un espectáculo de hipocresía, pues solo se sirve en condiciones dignas cuando se anuncia la visita de alguna comisión de Derechos Humanos.
El resto del tiempo, es una dieta de supervivencia.
Dentro de los muros, impera otra ley. Existe un «Gobierno» paralelo liderado por el prevote, un cargo que no se obtiene por méritos cívicos, sino por la fuerza y el coraje del más «bravucón».
Este sistema interno controla desde el mercado de drogas hasta el espacio para dormir.
Las «Goletas»: Dormitorios estrechos, calurosos y sin ventilación por los que hay que pagar.
El Derecho al Suelo: Familiares denuncian que incluso para ubicar a un nuevo interno en un pasillo, se exige un cobro excesivo.
Se paga entre 10 a 25 mil pesos para tirar un xorcha en un pasillo, por dónde se pasean las Curianas.
El Estado Dominicano: Ha sido un cómplice por omisión.
La situación en El Seibo es el reflejo de un sistema penitenciario nacional colapsado, con más de 25,711 reos peleando por espacio en una infraestructuradiseñada para poco más de 15,000.
Lo más indignante es la promesa rota. Las autoridades han anunciado en repetidas ocasiones la construcción de una nueva y moderna penitenciaría en El Seibo.
Sin embargo, en el terreno señalado no hay más que maleza. No hay bloques, no hay varillas, no hay voluntad política.
Solo hay anuncios de prensa que se lleva el viento, mientras los hombres en el viejo penal siguen viviendo en lo que muchos ya llaman un «cementerio de hombres vivos».
¿Hasta cuándo el olvido?
Mantener estas condiciones no es «aplicar la ley», es ejercer tortura institucionalizada.
El Estado Dominicano tiene el deber constitucional de garantizar la integridad física y moral de quienes están bajo su custodia.
Mientras El Seibo siga siendo una caldera de peleas constantes, drogas controladas por internos y plagas que devoran la piel de los presos, el discurso de «Reforma Penitenciaria» seguirá siendo una burla sangrienta para los familiares y para la sociedad misma.






