Por Manuel Antonio Vega
HATO MAYOR. – La historia de David Antonio Sánchez no es solo la de un empresario próspero; es el testimonio vivo de que la voluntad humana es capaz de suplir cualquier carencia académica.
Sin haber pisado un aula escolar, Sánchez logró lo que muchos académicos envidiarían: construir un imperio comercial basándose en la intuición, el honor y una capacidad de cálculo digna de un matemático.
El niño de la panadería y el abecedario de tinta
La vida de David empezó a forjarse en el calor de los hornos. A la tierna edad de siete años, cuando otros niños jugaban, él ya conocía el rigor del trabajo.
Fue en una panadería de San Francisco de Macorís, bajo la tutela de un ciudadano italiano que lo crió, donde David encontró su primera escuela.
Su alfabetización no ocurrió en un pupitre, sino entre el aroma a pan fresco y las páginas del Listín Diario.
Su patrón, ávido seguidor de las noticias sobre la Guerra Civil Española y posteriormente la Segunda Guerra Mundial, le pedía al niño que le leyera las noticias por las noches.
«Yo era el único que podía leerle el Listín, aunque fuera mal», confesaba Sánchez con la humildad de quien recuerda sus raíces.
Sin embargo, el motor de su aprendizaje no fueron las noticias bélicas, sino la fantasía.
David se enamoró de las tiras cómicas, específicamente de la serie «Tarzán en la Ciudad del Oro», que se publicaba allá por 1939.
Entre viñetas de selvas y héroes, el niño fue descifrando las letras hasta convertirse en un lector voraz de todo lo que llegaba a sus manos.
El ascenso meteórico a
David Sánchez le llegó en Hato Mayor el 12 de octubre de 1953.
Su primer empleo en la ciudad fue rudo: matador de animales en una industria de embutidos, denominada «San Msrtín$, propiedad del empresario Rafael Cabrera (Don Fellito Cabrera).
Pero su visión iba mucho más allá del matadero.
Con un carácter bonachón y una ética de trabajo inquebrantable, empezó a escalar.
Su evolución fue meteórica, impulsada por dos pilares que hoy parecen escasear: el crédito financiero y el valor de su palabra.
Sin títulos universitarios, pero con una mente prodigiosa para los números, Sánchez entendió que los negocios requerían de un sacrificio absoluto.
Su legado empresarial incluyó: El principal establecimiento de venta de vehículos en Hato Mayor del Rey; una próspera agencia de electrodomésticos; una panadería (volviendo a sus orígenes).
Tambien formó una Sociedad compartida en la firma Herrera y Sánchez en San Pedro de Macorís.
El hombre detrás del negocio
A sus más de 80 años, David no solo era respetado por sus cuentas bancarias, sino por la hermosa familia que formó junto a sus hijos: Rubén, Wilfredo, Betania y Flor Sánchez, siendo esta última quien más recordaba el parecido físico de su padre.
Como periodista, tuve el privilegio de negociar publicidad con él para medios como Listín Diario, El Espectador y Agro Este. Puedo asegurar que David era la personificación de la exigencia y la responsabilidad social. No aceptaba menos que la excelencia, la misma que él se autoexigió desde que era un niño de siete años.
Sánchez solía decir: «He leído lo bueno y lo malo; lo que no me ha convenido lo he desechado y lo otro lo he asimilado». Esa filosofía de discernimiento fue, quizás, su mejor estrategia de mercado.
Un legado de superación
Hoy, el nombre de David Sánchez queda grabado en Hato Mayor como el del empresario autodidacta que demostró que el éxito no es una cuestión de suerte, sino de una suma exacta entre el crédito moral y el trabajo incansable.
Un hombre que, entre los ruidos de la guerra y las aventuras de Tarzán, aprendió a escribir su propio destino.







