Por Manuel Antonio Vega
El refranero popular, reflejo de la sabiduría acumulada por siglos, dicta que «a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija».
Históricamente, la frase ha sido entendida como un consejo ético: la conveniencia de rodearse de personas sabias, integras y con valores que impulsen el crecimiento personal. Sin embargo, en la práctica cotidiana de nuestras sociedades, esta sentencia ha sufrido una distorsión perversa, convirtiéndose en el manto protector del patronazgo y el favoritismo político.
En comunidades del interior, donde la figura del «cacique» o «jeque» político aún condiciona la vida institucional, el «buen árbol» ya no representa la virtud, sino el acceso privilegiado al poder.
Un profesional recién graduado, por citar un caso recurrente en el sector educativo, logra ser nombrado sin agotar los concursos reglamentarios, ubicado en las plazas más codiciadas y promovido a cargos directivos en cuestión de meses.
Todo gracias al padrinazgo, mientras profesionales con años de entrega y capacidad probada ven sus carreras estancadas.
Arrimarse a quien ostenta el poder para acelerar metas personales, vulnerando los derechos y el esfuerzo de quienes estaban primero, trasciende la mera ventaja táctica: es un abuso que mancilla la meritocracia.
Cuando las instituciones públicas o privadas quedan a merced de voluntades individuales que solo premian la pleitesía, la sociedad entera se debilita.
Rodearse de personas capaces y positivas es una virtud de sabios; perpetuar el amiguismo para estrangular el talento ajeno es una práctica desleal.
Ninguna comunidad puede progresar de manera justa si el desarrollo profesional de sus ciudadanos no depende de su capacidad, sino de la sombra bajo la cual elijan cobijarse.
El costo social de la sombra política, es en esencia dañino y somete al que está preparado a redimirse, a calmar, para poder ascender socialmente.







