Por Manuel Antonio Vega
Tras el convulso y turbio proceso electoral de 1990 en la República Dominicana, quedó en evidencia una amarga realidad institucional: el doctor Joaquín Balaguer, a pesar de su avanzada edad y de sus notoriamente debilitadas condiciones físicas, mantenía un férreo apego al poder político. Para conservarlo, no dudaba en recurrir a los acostumbrados e ilegítimos artilugios del fraude y la manipulación institucional que habían caracterizado gran parte de sus mandatos y que siempre contó con el apoyo de militares, que siempre actuaban por señales de su líder y guía.
Es justamente en este tenso contexto socio-político donde se gestan las condiciones para una alianza inédita. Dirigentes de la oposición y militares de vocación democrática, igualmente preocupados e indignados por la permanencia irregular y continuista del balaguerismo en el gobierno, coincidieron en la urgente necesidad de tomar previsiones estratégicas.
El objetivo primordial era inequívoco: evitar que en las elecciones presidenciales programadas para mayo de 1994 se repitiera el despojo electoral ocurrido cuatro años antes contra el profesor Juan Bosch.
Este escenario se aprovechó para que una generación de oficiales superiores, ingresados a los cuerpos armados en las décadas posteriores al conflicto armado de 1965 y la lucha por el retorno a la constitucionalidad, decidiera dar un paso al frente.
Esta camada de uniformados, contando ya con la madurez profesional necesaria y ubicándose en posiciones clave dentro de la jerarquía militar, entendió que la coyuntura demandaba una postura firme en defensa de los amenazados valores democráticos.
Fue así como sus inquietudes institucionales terminaron convergiendo con los propósitos estratégicos del Dr. José Francisco Peña Gómez, líder indiscutible del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), acordando organizarse para una acción político-militar de contención que respondiera con eficacia a la amenaza autoritaria.
La gestación del grupo y el nexo clave
Parte de estos oficiales superiores, principalmente coroneles y tenientes coroneles de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas, decidieron organizarse para estar listos e intervenir en mayo de 1994 en caso de que Joaquín Balaguer perdiera los comicios y se negara tajantemente a entregar la presidencia, tal como había acontecido en 1990 y en otros procesos electorales precedentes, dónde Balaguer siempre contaba con los militares, a quienes engordaba y daba riendas sueltas.
El movimiento fue creado bajo la coordinación directa del ingeniero Hipólito Mejía Domínguez y la orientación política superior de Peña Gómez. Esta revelación ha sido corroborada y documentada ampliamente por el exgeneral José Miguel Soto Jiménez en su obra historiográfica Los «Muchachos de la Democracia» , donde se narran con detalle las interioridades y el origen de este atípico entramado, que buscaba mantener el sistema democrático dominicano.
Para comprender la magnitud de esta empresa, es necesario recordar el ambiente de profunda desconfianza que imperaba en los cuarteles, pues durante décadas, la doctrina militar predominante había sembrado en la oficialidad un marcado rechazo hacia José Francisco Peña Gómez. Al líder negro se le estigmatizaba infundadamente tildándole de «comunista» y se alimentaba en su contra un velo de prejuicios por su origen haitiano.
A pesar de ser el candidato con mayores posibilidades de alcanzar la Presidencia de la República, su distanciamiento ideológico y afectivo con la cúpula militar representaba un escollo insalvable, que fue bien capitalizado y promocionado por Balguet y sus secuaces.
En este punto, la figura de Hipólito Mejía resultó ser el puente institucional perfecto.
Mejía Domínguez, exsecretario de Agricultura durante el gobierno de Antonio Guzmán (1978-1982), mantenía excelentes relaciones de amistad y confianza con numerosos oficiales, en parte porque su propio padre había sido militar y él mismo solía definirse con soltura como un «guardia frustrado».
Desde esa posición de empatía y respetabilidad, a Mejía no le fue difícil reacercarse a viejos conocidos en los cuerpos armados y estructurar un grupo de acción comprometido con la defensa de la voluntad popular en 1994.
No se trataba simplemente de buscar generales o coroneles amigos para limar asperezas del pasado; el propósito fundamental de Peña Gómez era contar con un respaldo armado disuasivo capaz de garantizar la preservación de su eventual victoria electoral frente a las previsibles maniobras fraudulentas del grupo gobernante.
La clandestinidad y el rigor de la discreción
Este equipo militar operó bajo un esquema de rigurosa clandestinidad.
El extremo secreto y la meticulosidad en la selección de cada uno de sus integrantes garantizaron la cohesión operativa del grupo y dificultaron enormemente su detección por parte de los organismos de inteligencia del Estado, que no llegaron a detectarlo.
A pesar de que la red llegó a ser numerosa y articulada, no se registraron indiscreciones ni filtraciones que pusieran en riesgo sus actividades, clandestinas, dispuesta a accionar por mandato de Peña Gómez.
Sorprendentemente, los eficientes servicios de seguridad del régimen de Balaguer no lograron identificar a tiempo a sus miembros ni impedir sus frecuentes y estratégicas reuniones conspirativas con José Francisco Peña Gómez.
Sin embargo, esta extrema discreción terminó convirtiéndose en un arma de doble filo, pues si bien garantizó la seguridad física e institucional de sus miembros frente a la represión del régimen, también fue la causa principal del casi absoluto desconocimiento que la sociedad dominicana tuvo, y tiene, sobre la existencia de este movimiento.
A tal punto llegó el hermetismo que, durante décadas, no pocos analistas e historiadores llegaron a negar rotundamente que este equipo armado hubiese existido en la realidad.
A este velo de silencio contribuyó el hecho de que ni el propio Peña Gómez antes de su lamentable fallecimiento en 1998, ni los dirigentes políticos de su entorno que asistían a los encuentros, ni los propios coroneles participantes, decidieron hablar públicamente del tema en los años posteriores a la crisis.
Cada una de las partes albergaba razones de peso para no divulgar los pormenores del colectivo, incluso mucho tiempo después de disuelta la estructura militar clandestina.
La necesidad del testimonio y la verdad histórica
A nivel público, solo los oficiales Eurípides Antonio Uribe Peguero y Soto Jiménez llegaron a hacer referencias tangenciales sobre el tema en un artículo periodístico de circulación nacional, donde reveló haber formado parte de la iniciativa, aunque aclarando que no participó en la etapa de su fundación. Soto Jiménez escribió un libro donde daba pormenores del grupo secreto.
«Ante este vacío documental, me propuse investigar a fondo el tema, combinando mis vivencias directas como integrante del grupo con testimonios de primera mano», se Lee en el libro «Coroneles», de Euripides Uribe Peguero.
Expone que el propósito definitivo es ofrecer el sustento histórico necesario para escribir un libro llamado a crear conciencia ciudadana sobre la valentía de estos oficiales, quienes estuvieron dispuestos a arriesgar sus carreras y sus vidas para enfrentar los abusos del poder en 1994.
El colectivo militar jamás persiguió fines golpistas desestabilizadores ni pretensiones corporativas de poder; su única meta fue garantizar el respeto irrestricto a la soberanía popular expresada en las urnas frente a las trampas de un político astuto que pretendía perpetuarse en el solio presidencial.
No existe una vía más expedita para sacar a la luz un hecho histórico distorsionado que recurrir al testimonio directo de sus protagonistas.
Solo quienes vivieron el proceso desde sus entrañas pueden desmantelar las especulaciones y disipar las dudas.
Además de los recuerdos personales del autor, esta investigación rescata las declaraciones de personalidades clave dentro de este movimiento, el cual durante años flotó en el difuso espectro de los rumores urbanos.
Hacia la reivindicación de un compromiso institucional
Respecto a la clase política de la época que tuvo conocimiento de la existencia del equipo militar, algunos de sus dirigentes juzgaron retroactivamente que no resultaba «legítimo» ni tácticamente conveniente que un líder democrático de la estatura internacional de Peña Gómez se involucrara con conspiraciones militares para alcanzar el poder.
Es probable que, en un intento por preservar la pulcritud histórica del insigne líder perredeísta, prefirieran omitir este delicado episodio de sus biografías.
Asimismo, otros pudieron haber considerado que el grupo no tuvo mayor trascendencia al no haber protagonizado un desenlace bélico de carácter público.







