Por Manuel Antonio Vega
HAYO MAYOR.-La noche de ayer viernes en la discoteca Krhonos no solo se eligió a una soberana; se escenificó ese antiguo anhelo humano de otorgarle un rostro visible a la gracia y a la identidad de un pueblo. Kiara Jiménez, representante de Villa Ortega, fue coronada como la Reina de las Fiestas Patronales de Hato Mayor 2026.
Sin embargo, detrás del brillo de la tiara y los aplausos que inundaron el recinto, late una pregunta más profunda: ¿qué buscamos realmente cuando coronamos a una reina?
El filósofo Immanuel Kant argumentaba que la belleza es una promesa de felicidad, una chispa que nos conecta a todos sin necesidad de explicaciones conceptuales.
En la pasarela, durante las pruebas de talento y los bailes culturales, las jóvenes de Hato Mayor no solo competían por un título. Mayerlic Javalera (Barrio Puerto Rico), investida como virreina, y Mayelin Colomé (El Centro), como princesa, encarnaron junto a Yawelmi, Esmeralda, Lesly y Dahirelyn las distintas facetas de una juventud que busca ser vista, nombrada y recordada en un mundo obsesionado con lo efímero.
Bajo la producción de Alvin Lajara “BombomMakeup”, el certamen funcionó como un microcosmos de la representación humana.
Aristóteles decía que el ser humano es un ser ceremonial por naturaleza, alguien que necesita del rito para marcar el inicio y el fin de los ciclos.
Al coronar a Kiara, el municipio de Hato Mayor del Rey no solo inaugura sus fiestas en honor a Nuestra Señora de Las Mercedes; reactiva su memoria colectiva.
Pronto el aire se llenará con el sonido ancestral de los atabales y el fervor del tradicional novenario de Media Chiva.
Es aquí donde la filosofía del tiempo se hace carne: el presente se disuelve, pero la tradición, esa herencia cultural que el Comité Organizador, presidido por Tony Benítez, se encarga de estructurar, actúa como un puente entre el pasado de los ancestros y el futuro del pueblo.
Kiara Jiménez camina hoy con una corona sobre la cabeza.
Sabe, quizás de forma intuitiva, que su reinado es el símbolo de algo más grande que ella misma: la necesidad de un pueblo de celebrar la vida, la fe y la belleza antes de que el tiempo, como siempre, dicte el regreso a la rutina cotidiana.







