Por Manuel Antonio Vega
El Legado de la Dra. Rosa Altagracia de los Santos en el corazón de Hato Mayor del Rey y el país
Nació en la tierra, donde el sol calienta las tierras que su hermano Milton de los Santos tanto amó, y hoy se ha silenciado un latido que marcó el ritmo de varias generaciones.
La Dra. Rosa Altagracia de los Santos, «Hatomayorense de pura cepa», partió a los 90 años, dejando tras de sí un rastro de ternura que solo una madre-médico es capaz de trazar.
Hizo una vida entre la ciencia y la entrega sin par al servicio médico.
Para Rosa, la pediatría no era una carrera, sino una extensión de su maternidad.
Mientras criaba con valores y firmeza a sus hijos, Luisa y Aquilino Martín (Macho), también velaba por el sueño de cientos de niños de su pueblo y todo el país.
Sus manos, expertas en sanar fiebres y calmar llantos, eran las mismas que guiaban con orgullo los pasos de su único nieto, Reynaldo Cruz Fernandez, quien bajo su ala creció hasta convertirse en el abogado que hoy honra su memoria.
»Nunca hirió a nadie». Ese es el epitafio invisible que hoy repiten las calles de Hato Mayor.
En un mundo de prisas, la Dra. Rosa regalaba tiempo, paciencia y ese «calor humano» que no se aprende en los libros de medicina, sino que nace en el alma de quien nace para servir.
El último adiós
llegó a los 90 años como llegan los robles: firme, respetada y rodeada de un bosque de afectos.
Se fue como vivió, envuelta en el amor de sus hijos y en el agradecimiento eterno de esos pacientes que ayer fueron niños en sus brazos y hoy son hombres y mujeres que lloran a «su doctora».
Esta tarde, a las 3:00 p. m., el camino hacia el cementerio Cristo de los Milagros no será solo un cortejo fúnebre; será una procesión de gratitud.
Hato Mayor despide a una hija distinguida, pero el cielo recibe a una pediatra que, seguramente, seguirá cuidando de los suyos desde la eternidad.
Paz a su alma.







