Por Manuel Antonio Vega
En las calles de Hato Mayor del Rey, el nombre Wanelli Rivera González podía pasar desapercibido para algunos, pero bastaba pronunciar el estribillo «Hunyo el Polifacético» para que los rostros se iluminaran con respeto.
No era solo un sastre; era el arquitecto de la elegancia local, un hombre que nació el 11 de septiembre de 1953 para convertir la tela en identidad, desde su taller de la Calle Genaro Díaz, en el sector Villa Canto.
El taller de Hunyo no era una simple sastrería, sino un «hormiguero humano», pues los domingos por la mañana, mientras otros descansaban, su local hervía de actividad.
Su fama cruzaba fronteras municipales: desde El Seibo, Higüey, La Romana y San Pedro de Macorís, la gente viajaba solo para que Hunyo les tomara las medidas.
Aunque era un maestro de la chacavana y el bleizer, tenía una conexión especial con el público femenino.
Las mujeres de la región confiaban ciegamente en su técnica de ensamblaje.
Su precisión no era casualidad; los conocimientos básicos que adquirió en la Escuela Bernardo Pichardo fueron la base matemática para que cada corte fuera perfecto.
«Hasta el botón o el cierre de un pantalón, la gente quería que fuera Hunyo quien lo resolviera».
Entre Agujas, Carnaval y Pesca
Hunyo era un artista de contrastes, pues por un lado, era el responsable del vistoso vestuario de Los Cabatoros, la comparsa emblemática del Carnaval de Hato Mayor, labor que le valió reconocimientos oficiales.
Por otro lado, era un alma libre que no negociaba su descanso.
Sus escapes eran legendarios.
Cuando el taller estaba más lleno, podía susurrarle a su ayudante: «Ve saca un poco de lombriz, que nos vamos a pescar a Sabana de la Mar».
Con su cómplice Cañimba o Cocorrolo Berroa, se escabullía hacia el río, dejando atrás el sonido de las máquinas por el silencio del nylon y el anzuelo.
Un Corazón Más Grande que su Fama
Su esposa Ramona, con quien compartió 29 años, recuerda su lección más valiosa: la generosidad.
Narra que Hunyo era capaz de quitarse el dinero de la comida del día para dárselo a alguien en peor situación.
«Dale esos cien pesos a ese hombre, que los necesita más que nosotros; ahorita entra más dinero», solía decir.
El Adiós de una Leyenda
El 14 de noviembre de 2013, una deficiencia renal apagó la vida del sastre más carismático que ha visto la región en las últimas cinco décadas.
Se fue el hombre que aprendió del maestro Pachuché, el hijo de Mon y Milagros, el padre de Ramón, Shadia, Candy y Yajaira.
Hoy, Hato Mayor recuerda a Hunyo no solo por la perfección de sus trajes, sino por su capacidad de ser heterogéneo: un hombre que lo mismo cosía un disfraz de carnaval que compartía una anécdota llena de sabiduría o un trago de ron.
Hunyo en el Taller de Óscar de la Renta
Corría el año 1990. La crisis económica empujaba a los valientes a buscar horizontes más allá del Canal de la Mona.
Hunyo, con la misma determinación con la que cortaba una tela fina, decidió que su talento merecía un escenario más grande.
No se fue en avión; se fue como un polizón más, en una yola que zarpó desde las costas de Miches junto a otros 26 dominicanos, desafiando al mar con nada más que su fe y sus manos de sastre.
Al pisar tierra puertorriqueña, Hunyo no buscó cualquier oficio. Su identidad estaba amarrada al hilo y la aguja.
Alguien, en un golpe de suerte o de destino, le sopló al oído una información que le cambió la vida: «El taller más grande y prestigioso de Puerto Rico pertenece a Óscar de la Renta».
Sin miedo, el sastre de Hato Mayor se presentó en las puertas del imperio del diseño. El contraste era absoluto,
Hunyo el sastre de pueblo, experto en el calor de Villa Canto y en la sastrería artesanal.
El Taller.de.Oscar.de.la Renta, era un templo de la alta costura donde el rigor y el lujo eran la norma.
La suerte corona a los que saben, y justo cuando Hunyo llegó, se necesitaba personal. No necesitó muchas explicaciones; su forma de tomar la cinta métrica y la seguridad al enfrentar la máquina de coser hablaron por él.
Aunque Hunyo ya era un «ducho» en la costura —formado por el rigor de Pachuché en su tierra natal—, la experiencia con De la Renta fue su postgrado.
Allí aprendió:
La Disciplina Laboral:, pues esa puntualidad y orden suizo que llevaron al éxito mundial al diseñador dominicano.
El acabado de alta Gama: Refinó su técnica en el ensamblaje de piezas que vestirían a figuras de la alta sociedad.
Allí, el sastre de Hato Mayor demostró que su aguja no envidiaba a ninguna otra.
El regreso del Maestro
A pesar del éxito y de estar en la cima de la costura industrial, el corazón de Hunyo tenía un imán que apuntaba hacia Hato Mayor.
Los compromisos familiares y el rostro de los suyos «le martillaban la cabeza».
No regresó derrotado, sino transformado.
Compró un vuelo de vuelta y trajo consigo una maleta llena de nuevos conocimientos que luego aplicó en su taller de la calle Genaro Díaz en Villa Canto.
Dejó de ser solo el sastre que cosía pantalones para convertirse en el artista internacional que, habiendo podido triunfar en San Juan, prefirió la calidez de su pueblo y sus escapadas de pesca en Sabana de la Mar.
«El Polifacético»: tuvo la humildad de aprender de los grandes y la grandeza de volver para servir a los suyos.
Fue, en toda la extensión de la palabra, un artista multifacético que cosió su nombre en la memoria del pueblo.







