Por Manuel Antonio Vega
EL SEIBO.- Esta no es una simple caída de agua, es una ofrenda monumental de la naturaleza, entre las rocas ancestrales y las madrigueras verdes de la Sierra de El Seibo, se esconde un tesoro cuyo nombre, «La Copa», evoca la promesa de un sorbo puro.
El majestuoso salto de agua, también conocido con el eco misterioso de «La Tumba».
La arquitectura del agua
Su belleza es, ante todo, arquitectónica.
No se precipita en línea recta, sino que desciende con la forma imponente de un cono, ancho en su nacimiento y grácilmente estrecho al impactar.
Es esta silueta, que se asemeja a un cáliz invertido de más de 15 metros de altura, lo que le ha dado su singular y acogedor nombre.
La caída libre, incesante y copiosa, es un tapiz líquido alimentado por escorrentías subterráneas que se reúnen en un apacible charco en la altura, premiado por un acentuado bosque tropical que abraza cada gota.
Bañarse aquí no es solo refrescarse; es un bautismo en aguas casi gélidas, una diversión placentera que te conecta con la fuente misma de la vida del Este.
El canto del bosque y la travesía indica que «La Copa» no se entrega fácilmente. Es un monumento para el turista aventurero, un premio para el audaz.
Para llegar, es necesario sumergirse en la naturaleza, trepar la montaña en espiral, y vencer los obstáculos —trillos, rocas y deslizamientos— que la propia madre naturaleza ha dispuesto como guardianes.
Pero la recompensa comienza incluso antes de verla. La proximidad se anuncia con el bullicio y el trinar de las aves —cernícalos, mauras, y el canto del ruiseñor y la cigua palmera— un coro espantado por la presencia de forasteros, pero que engalana el camino.
Uno se abraza al aroma de la Ceiba y el Cacao, al misterio del Bojuco Indio, sabiendo que cada paso tortuoso lo acerca a algo irrepetible.
Estar frente a La Copa es percibir, sin lugar a dudas, que la leyenda es cierta: la caída forma el perfil exacto de un cáliz gigante.
Cuando las lluvias bendicen la sierra, la cascada ofrece su espectáculo más dramático: humea, envuelta en una neblina de rocío que dificulta la fotografía, pero que enciende la memoria. Es un momento digno de ser narrado en poemas épicos o una novela de amor, un drama natural impresionante.
Este salto, que forma parte de los afluentes que dan origen al río Seibo, es más que agua: es historia.
Los lugareños cuentan que en sus chorreras encantadas resonaban los espíritus indígenas, prueba de ello son las piezas taínas, como una pipa tallada en piedra, encontradas en su entorno.
La Copa es, en definitiva, un monumento singular de agua que solo puede ser contado y sentido por quienes osan cruzar el umbral del sendero. Es la belleza pura y salvaje de El Seibo, esperando ser explorada.







