Por Manuel Antonio Vega
Aristóteles sostenía en su Ética a Nicómaco que la forma más elevada de amistad no es la que se basa en el interés ni en el placer pasajero, sino la que se fundamenta en la virtud. Decía el filósofo que un amigo verdadero es «otro yo», un espejo donde la honradez de uno refleja y fortalece la del otro. Jesús Astacio Ruiz, oficial pensionado del Ejército Nacional, pertenece a esa escasa estirpe de hombres que no solo habitan la amistad, sino que la dignifican y la convierten en un compromiso ético.
A Ito el Guardia, como es conocido en Hato Mayor entre amigos y familiares , lo conocí cuando el siglo XX apuraba sus últimos alientos, luciendo entonces los galones de sargento del Ejército Nacional.
Desde aquel primer encuentro, quedó claro que su uniformidad no era solo militar, sino moral: un carácter forjado en la disciplina, pero suavizado por una lealtad inquebrantable.
Hay personas cuya presencia obliga a estar a la altura de la honestidad, y Jesús es de esa clase de amigos que te comprometen a ser mejor, no con discursos, sino con el ejemplo silente de sus actos.
La verdadera amistad no sabe de egoísmos; por eso, la confianza se transige y se comparte.
Con la certeza que solo brinda la fe en el hombre probo, confió a su lado la custodia y el trabajo junto a mis hijos: Alexis, Vladimir y Paola Vega Rodríguez.
Durante trece años, Jesús fue columna y refugio en la empresa Vega Graphic.
Más que un colaborador, fue un faro de rectitud y un guardián afectivo para mi sangre.
Tratar a la familia del amigo como propia no es una cortesía superficial: es una declaración de fraternidad.
El tiempo y la geografía imponen sus dinámicas.
Recientemente, el destino trazó su rumbo hacia los Estados Unidos.
Sin embargo, como bien comprendieron los estoicos, la distancia física es una simple prueba espacial que no puede fracturar la concordia de los espíritus.
La comunicación permanece, la memoria permanece, y el afecto se mantiene intacto a través de las fronteras.
Su entorno es también mi casa: su esposa, la teniente Damaris Sosa, y sus hijos forman parte indeleble de esta gran familia compartida por la vida.
Al contemplar su partida, no queda sino el deseo genuino de que los vientos de la prosperidad le sean propicios en tierras extranjeras.
Porque a los hombres de bien, donde quiera que pisen, la vida termina por rendirles el tributo que merece su nobleza.







