La Promoción 1985-1986: Cuatro décadas regresando al mismo abrazo escolar

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

HATO MAYOR.- «Veinte años no es nada», inmortalizó Carlos Gardel con una melancolía que el tiempo se ha encargado de desmentir o, acaso, de reafirmar. Si veinte años se esfuman entre los dedos como un soplo de viento, cumplir cuarenta años en inquebrantable hermandad, manteniendo intacto el cordón umbilical que se tejió en las aulas del bachillerato, no es solo un récord envidiable; es un milagro cotidiano, un acto de resistencia contra el olvido. Ese es el tesoro que custodian, con el pecho lleno de orgullo, los integrantes de la Promoción de Bachilleres 1985-1986 del histórico Liceo César Nicolás Penson de católico pueblo de Hato Mayor del Rey.

Cuatro décadas de confraternidad escolar que se celebran no como el conteo de los años que se van, sino como la siembra madura de una familia que se eligió en la juventud, en la adolescencia.

La jornada no comenzó entre las paredes de un salón cerrado, sino allí donde todo tuvo su origen físico y espiritual. El punto de partida fue el parqueo del viejo liceo, ese espacio que alguna vez vio correr a adolescentes llenos de dudas, carpetas bajo el brazo y uniformes impecables.

Volver a pisar el suelo del Liceo César Nicolás Penson para una sesión de fotos inicial fue como atravesar un portal en el tiempo.

Hubo abrazos que parecieron detener las manecillas del reloj, miradas que buscaron, y encontraron, los mismos rostros juveniles detrás de las líneas de expresión que regala la madurez.

Allí, entre el aroma nostálgico de un chocolate caliente, el amargor dulce del café matutino y las primeras picaderas, las risas de 1986 volvieron a resonar con la misma fuerza de antaño.

El reencuentro dejaba de ser un evento formal para convertirse en un cálido refugio emocional, de abrazos y susurros en los tímpanos.

De los cuarenta alumnos que componían la matrícula original de aquella inolvidable promoción, más de veinticinco lograron darse cita, desafiando distancias y fronteras.

El amor filial por sus raíces y el compañerismo escolar demostraron no tener geografía: cuatro de ellos cruzaron cielos e imperios desde el extranjero, un contingente nostálgico viajó desde la agitada Capital Dominicana, y el resto emergió del propio lar nativo, el Hato Mayor que los vio nacer y crecer.

Cuando la asamblea estuvo completa, la solemnidad y la gratitud tomaron la palabra.

Inés Rojas elevó una sentida invocación a Dios, agradeciendo el milagro de la vida y la dicha del reencuentro. Acto seguido, Julio César Grullón pronunció las palabras de bienvenida, abriendo oficialmente las puertas a una jornada que prometía remover las fibras más íntimas del alma.

Con una elegancia innata, Michael de la Rosa asumió la maestría de ceremonia, conduciendo el protocolo con el pulso firme de quien sabe que está hilando recuerdos.

Audrys Robles aportó las palabras de motivación, recordando a los presentes que el vínculo que los une no es un simple recuerdo de juventud, sino un contrato de vida que se renueva con cada abrazo.

Sin embargo, el tiempo también impone sus cuotas de nostalgia.

El salón guardó un minuto de silencio, un vacío denso y respetuoso por las almas de los compañeros y maestros fallecidos que ya no caminan físicamente entre ellos, pero cuya memoria habita en cada rincón de la promoción.

Fue un tributo de amor filial hacia aquellos que se adelantaron en el camino, una certeza de que la hermandad de la Promoción 1985-1986 trasciende los límites de la propia existencia.

La atmósfera cobró un aire de desbordante alegría cuando Priscila Sánchez tomó las riendas de las dinámicas.

Su intervención despertó un oleaje de risas, aplausos y lágrimas contenidas.

A través de cantos compartidos, remembranzas colectivas y cuentos anecdóticos, Priscila logró que el pasado se sentara a la mesa.

Volvieron a contarse las travesuras de pasillo, los nervios antes de los exámenes de Historia, los primeros amores secretos y aquellos códigos juveniles que solo ellos logran descifrar.

Las historias narradas, alusivas a esas vivencias estudiantiles, flotaban en el aire como un bálsamo que borraba de golpe las canas y las fatigas del presente.

Al llegar el mediodía, el respeto y la fe volvieron a unificar las voluntades.

Todos los presentes se pusieron de pie, tomados de las manos o con las cabezas inclinadas, para dar gracias al Creador por los alimentos que estaban a punto de disfrutar.

El banquete fue un homenaje a la cocina de la tierra, un suculento almuerzo dominicano que deleitó los paladares: moro de habichuelas negras con ese aroma a fogón y hogar, arroz amarillo brillante, yuca suave, guineitos bien cocidos, una ensalada variada que refrescaba el plato y, como broche de oro, un postre tradicional que endulzó aún más la tarde.

Satisfechos los cuerpos, llegó el momento de liberar el espíritu a través de la música.

Se bailó «a pipá», expresión viva del júbilo caribeño.

Las parejas se armaron al compás de salsas clásicas, merengues típicos de la línea que aceleraban los corazones y bachatas que invitaban al medio lazo y a la confidencia.

En la pista de baile, aquellos profesionales de hoy volvieron a ser los muchachos del club escolar, moviéndose con la soltura y la complicidad de quienes se conocen desde la infancia.

El clímax de la jornada, el momento donde la adrenalina y las emociones tocaron el techo del salón, ocurrió cuando se anunciaron los reconocimientos a los docentes.

El amor filial hacia los maestros, esos segundos padres que moldearon el intelecto y el carácter de la juventud de Hato Mayor, se desbordó en saltos de alegría y vítores.

Se premió la paciencia infinita de quienes enseñaron a escribir bien, con ortografía pulcra y caligrafía de molde; a quienes desmenuzaron con pasión los hilos de la Historia Universal y Dominicana.

Los educadores Persia Nova, Manuel del Rosario, Mirella Payano y Leida Crispín recibieron el aplauso atronador de sus antiguos alumnos, viendo en sus ojos el brillo del deber cumplido.

Un momento de profunda sensibilidad se vivió al mencionar a la maestra Gladys Esperanza Ruíz; aquejada de salud, no pudo asistir al evento, pero la promoción, en un acto de devoción y gratitud pura, trasladó su placa de reconocimiento directamente hasta su hogar, asegurándose de que el calor de sus bachilleres iluminara su habitación.

Hoy, a cuarenta años de distancia de aquel histórico período 1985-1986, aquellos jóvenes son hombres y mujeres de bien.

La mayoría de ellos ostenta títulos universitarios en contabilidad, educación, medicina, administración de empresas, derecho e ingeniería.

Sin embargo, más allá de los cartones académicos, el verdadero orgullo del Liceo César Nicolás Penson es constatar que sus egresados se han transformado en un paradigma viviente de honestidad, responsabilidad y rectitud.

Son ciudadanos comprometidos con la construcción de una sociedad más justa y equitativa.

Al caer la tarde en Hato Mayor, la Promoción 1985-1986 se despidió con la promesa implícita de volver a encontrarse.

Se marcharon con los corazones ensanchados y la certeza de que, aunque pasen cuarenta años más y la vida siga su curso indetenible, el compañerismo escolar y el amor filial sembrados en las aulas de su viejo liceo permanecerán inalterables, como un faro eterno que siempre les marcará el camino de regreso a casa.

Aqui la lista de los protagonistas del histórico encuentro celebrando el domingo 27 de septiembre del 2026:
Mary Isabel Batista, Raquel Ledesma, Maira Martinez, Luciempricila Sánchez, Evelyn Bastardo, Yoselin Kury, Mirian Laureano, Lucinda Sánchez Rosario, Ignacia V. Rojas, Audry Robles.

Además Natividad Santana, Rosanna Gonzalez, Bitia Albuerme, Alexandra Reyes, Cristina Rosario (Maricri), Davelva Hernández, Rosa Mota Garcia, Florinda Hirujo, Mirian Jimenez, Julio César Grullón, Roberto Vázquez, Hennio D. Mota, Félix Polonio, Jhonny Peguero (Pérez), Luis Manuel Nuñez,
Ángel Bello, Juan Enrique Felix, Diego Michael de la Rosa, Camilo Pérez, y Ángela Polanco.

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