La revolución haitiana 2 de 3

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Por Manuel Antonio Vega

El rugido de las cadenas y la paradoja de la libertad haitiana llega con el tratado de Basilea

La Revolución Haitiana no fue un camino recto hacia la utopía; fue un torbellino de fuego, contradicciones y genio político que cambió el mapa del Atlántico. Si la Revolución Francesa conmovió al mundo con sus promesas de igualdad, fue en las plantaciones de Saint-Domingue donde esas promesas se pusieron a prueba con sangre.

  1. El incendio de la llanura del Norte: De la chispa a la hoguera
    La tercera etapa de este drama histórico no comenzó en los salones de debate, sino en la oscuridad de la noche. En la zona Norte de la colonia, la más opulenta, la más poblada y, por ende, la más ferozmente cruel, el tejido de la esclavitud se rasgó para siempre.
    La historia oficial a menudo busca hilos invisibles: se sabe que la insurrección fue coordinada por Boukman, un esclavo cuyo nombre aún evoca el misticismo del juramento de Bois Caïman.

Lo irónico es que detrás del telón operaba la mano de un grupo de blancos realistas. En su ceguera política, estos monárquicos pensaron que desatando la anarquía golpearían al joven gobierno republicano de París, imaginando que la masa de negros sería una dócil tropa de choque para devolver los Borbones al trono.

Qué equivocados estaban. La rebelión de los esclavos no aceptó libretos extraños; tuvo un carácter devastador y telúrico. Las plantaciones de azúcar, símbolos de su tormento, se convirtieron en piras funerarias.

El viejo orden fue liquidado físicamente en una explosión de furia espontánea.

No había en ese primer instante la conciencia de fundar una nueva sociedad, sino el imperativo biológico y moral de destruir el infierno presente.

«Los esclavos no tenían medios de hacer valer sus puntos de vista; la élite militar que emergió sobre ellos comenzó a edificar su propio orden sobre las espaldas del cultivador.»

  1. Los laberintos de la fe y la estrategia

Al carecer de un modelo político propio, los primeros líderes del movimiento, como Biassou y Jean-François, cayeron en la trampa ideológica de su época: la vieja idea precapitalista de que el Rey era el protector natural de los oprimidos frente a los abusos de los señores locales.

Así, buscando la libertad, terminaron paradójicamente vistiendo el uniforme de la Corona española cuando estalló la guerra europea tras la decapitación de Luis XVI en 1793.

El cruce de la frontera fue un pasaje facilitado por el altar: el sacerdote de Dajabón, José Vásquez, los incitó a emprender una «Guerra Santa» contra los franceses, catalogados como ateos y regicidas.

Sin embargo, el alma de la resistencia no era homogénea. En las entrañas de los bosques interiores, miles de negros se negaron a ser peones de España o Inglaterra.

Optaron por la guerra de guerrillas, tejiendo alianzas pragmáticas con mulatos y autoridades republicanas francesas.

El momento crítico llegó a finales de 1793.

El comisionado civil francés, Léger-Félicité Sonthonax, acorralado por una coalición anglo-española y la traición de los plantadores blancos, jugó su última carta institucional.

Aunque los jacobinos en París, incluido el propio Robespierre, titubeaban ante la abolición del sistema colonial por temor a herir los bolsillos de la burguesía, Sonthonax firmó el decreto histórico de la abolición de la esclavitud.

Al hacerlo, se convirtió momentáneamente en un dios para las masas negras, y salvó a la bandera tricolor de la expulsión inminente.

  1. Toussaint Louverture: El ajedrecista de la libertad

Es en este punto donde la historia abandona el caos y adopta el nombre de un hombre: Toussaint Louverture.

Con una ascendencia militar y política implacable, Toussaint leyó el cambio de viento con la velocidad de un rayo.

Apenas dos meses después del decreto de Sonthonax, abandonó las filas españolas y arrastró a sus disciplinadas tropas al servicio de la República Francesa.

Derrotados los ingleses y pacificada la costa, el vacío de poder colonial reveló una nueva y amarga fractura interna: el choque entre los mulatos, liderados por Rigaud, y los antiguos esclavos de Toussaint. Los mulatos aspiraban a heredar el trono vacío de los plantadores blancos franceses y conservar las viejas estructuras bajo una nueva piel.

Por otro lado, en torno a Toussaint se consolidaba una nueva élite militar negra que veía el futuro con ojos de estadista pragmático… y despiadado.

La gran paradoja de Louverture fue que, para salvar la libertad general, sacrificó la libertad individual.

Su obsesión era construir un Estado poderoso, autónomo, capaz de resistir las garras de Europa. Y para ello, necesitaba dinero. Toussaint impuso el trabajo forzado para las masas exesclavas bajo un esquema de reparto de beneficios:
Un cuarto para los antiguos amos blancos (a quienes invitó a regresar para reactivar la técnica agrícola).
Un cuarto para los cultivadores.
La mitad restante para las arcas del Estado y los nuevos arrendatarios de la élite militar.

En su práctica, el problema de la construcción nacional devoró al problema de la emancipación social. Tras una sangrienta guerra civil contra los mulatos entre 1798 y 1800, Toussaint se coronó amo absoluto de Saint-Domingue.

  1. La apoteosis autonomista y la sombra del Imperio

Con el poder total en sus manos, Toussaint ejecutó de facto el Tratado de Basilea de 1795, que París había congelado por miedo a su creciente fuerza.

A principios de 1801, invadió la parte oriental de la isla (el Santo Domingo español), unificando el territorio bajo su mando y aboliendo la esclavitud también allí.

Poco después, promulgó la Constitución de 1801: un documento audaz que lo nombraba gobernador vitalicio con poderes omnímodos y abría las puertas al libre comercio con Gran Bretaña y los Estados Unidos, rompiendo el monopolio comercial de París.

Aunque la carta magna juraba fidelidad formal a Francia, en la práctica era una declaración de independencia encubierta.

Pero mientras Toussaint hilaba su red en el Caribe, las mareas políticas cambiaban en Europa.

El Directorio francés había domesticado el radicalismo jacobino, abriendo paso al ascenso de una fuerza de la naturaleza: Napoleón Bonaparte.

Proclamado consul (y pronto emperador en 1804), Bonaparte diseñó un mapa imperial donde el Caribe era el eje comercial de Francia. Para financiar sus ambiciones occidentales, Saint-Domingue debía volver a ser lo que era antes de 1789: una máquina perfecta de producir azúcar basada en el látigo y el monopolio absoluto.

La orden fue tajante. En las costas haitianas apareció la flota más imponente que jamás hubiera cruzado el Atlántico: treinta mil hombres bajo el mando del general Charles Leclerc, cuñado de Napoleón.

Su misión era borrar una década de revolución, desarmar a los generales negros y restaurar las cadenas.

La parte española de la isla cayó con asombrosa facilidad en sus manos.

La tormenta final estaba a punto de desatarse, y el suelo de la isla caribeña se preparaba para su capítulo más sangriento

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