Por Manuel Antonio Vega
El sol del sábado empezaba a ceder sobre el sector Matachalupe, de Higüey, pero en la calle Club Rotario el aire se volvió denso, cargado de una tragedia que nadie pudo frenar a tiempo.
Arlyn Michel Redman, de apenas 21 años, habitaba un silencio que terminó rompiéndose de la forma más dolorosa posible.
Antes de que el reloj marcara el punto de no retorno, el teléfono de un hombre llamado Pedro vibró con una sentencia definitiva. No era una despedida común; era el grito desesperado de un corazón que se sentía roto
.
»Esto lo hice por amor a ti Pedro, me mataste», decían las letras en la pantalla de WhatsApp.
Esas palabras, enviadas en medio del torbellino emocional de una ruptura, se convirtieron en el preludio del horror.
Aunque Pedro intentó dar la voz de alarma avisando a la familia, el tiempo corría más rápido que la ayuda.
Fue su propia hermana quien, movida por el presentimiento y la urgencia, llegó a la vivienda.
El escenario en la parte trasera de la casa fue devastador: allí, atada a una estructura, la vida de Arlyn se había extinguido por asfixia mecánica, según confirmaría más tarde la médico legista.
La soga no solo cortó su respiración; cortó de tajo el futuro de una joven que apenas comenzaba a vivir y dejó un vacío imposible de llenar en los brazos de una niña que hoy queda en la orfandad.
Un duelo que trasciende las paredes
Mientras el cuerpo era trasladado al INACIF en San Pedro de Macorís, en las calles de Higüey el sentimiento era el mismo: una mezcla de consternación e impotencia.
La tragedia de Arlyn pone de manifiesto, una vez más, la fragilidad de la salud mental frente a los conflictos pasionales que, en un instante de oscuridad, parecen no tener salida.
Hoy, Matachalupe no solo llora a una vecina; reflexiona sobre el peso de las palabras y el rastro de dolor que deja una partida voluntaria cuando el amor se confunde con la desesperación.







