Por Manuel Antonio Vega
La tarde de ayer sábado en Los Hatillos transcurría con la calma habitual de un distrito municipal que se prepara para el descanso.
Sin embargo, cerca del Centro Comunal, el estrépito del metal contra el pavimento rompió la rutina de Guayabo Dulce.
En un instante, la vida de Bladimir De La Cruz González cambió de rumbo.
A sus 28 años, Bladimir no esperaba que un trayecto rutinario se convirtiera en una lucha por la supervivencia.
Según los relatos preliminares que aún circulan entre los vecinos, el choque entre dos motocicletas fue seco y certero.
El impacto lo lanzó contra el asfalto, dejando una escena de incertidumbre que rápidamente movilizó a los presentes.
La carrera contra el reloj
Minutos después, el parpadeo de las luces rojas y azules del 9-11 iluminaba el rostro de un joven que ya no respondía.
El diagnóstico médico inicial fue una bofetada de realidad para quienes lo asistieron: trauma craneoencefálico severo.
La gravedad de sus heridas obligó a los paramédicos a actuar con la precisión de un relojero.
Tras una primera intervención en el hospital local de Hato Mayor, la complejidad de su cuadro clínico —con una probable fractura craneal— dictó una sentencia urgente: el traslado inmediato a un centro de mayor especialización en la región.
Una comunidad unida por la fe
Mientras los médicos batallan en el quirófano, en las calles de Los Hatillos el ambiente es distinto.
No se habla de peritajes ni de culpables, sino de milagros.
Los familiares de Bladimir, aferrados a la esperanza, han lanzado un llamado que ha resonado en cada rincón de la localidad: una cadena de oración.
Hoy, el nombre de Bladimir no solo figura en un acta de tránsito; está en las plegarias de una comunidad que se niega a aceptar que esa tarde de sábado sea el final del camino para un joven de apenas 28 años.







