La vida de chichigua

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Por Manuel Antonio Vega

El que ha tenido la buena suerte de haber volado una chichigua en su mocedad, sabe muy bien que la vida útil de este armatoste volador va a depender siempre de la estabilidad y el buen soplar del viento. Sin embargo, el experimentador de este arte también reconoce que, al zigzaguear y bajar en picada, la supervivencia del artefacto penderá de un hilo ante las marañas de alambres que sobresalen de los postes del tendido eléctrico urbano.

Traigo a colación la analogía de la chichigua para explicar, de paso, que de la misma manera transcurre la existencia de los mortales.

Muchos seres humanos dependen de otros para crecer y avanzar, pero cuando el soporte económico, social o moral falla, la vida es sacudida de tal manera que, si no se actúa con extrema sapiencia, el individuo puede sucumbir y ver destruidos sus más anhelados sueños.

La vida humana va a depender, al igual que la del cometa o papalote, de una buena estructura de base.

Requiere de una materia prima de calidad con la que se confecciona, en el devenir histórico, su formación en el seno de la vida familiar y la sociedad.

Los jalones de la existencia

La chichigua, como el ser humano, pasa por momentos sumamente difíciles.

A veces el viento no sopla a su favor; otras veces, sus aspiraciones son cortadas de forma abrupta por factores adversos que acortan la existencia de manera inesperada, dejando sabores amargos que nadie deseó vivir.

El que ha volado chichiguas sabe que, en el balanceo provocado por los vientos alisios en las alturas, los dueños de los papalotes vecinos a veces colocan navajas e hilos curados en sus colas.

Lo hacen para que, al rozar los cometas contrarios, el que está armado le quite fuerza al rival, ponchándolo y evitando que reciba en su esqueleto de madera el aire que lo mantiene a flote.

Así mismo ocurre en la Tierra con los humanos, aunque bajo dinámicas diferentes.

Hay mortales que se pasan toda una vida estudiando y luego trabajando con honestidad; sin embargo, para alcanzar el éxito pleno, tienen que atravesar todo tipo de vicisitudes.

Muchas veces, lamentablemente, no ven coronar sus esfuerzos porque la luz de la vida se les apaga a mitad del trayecto.

En ocasiones, la violencia les arrebata la existencia; en otras, los imprevistos quebrantos de la salud los hacen claudicar, traicionando sus cuerpos y silenciando sus voces para siempre.

Cuando esto ocurre, solo quedan los buenos recuerdos entre quienes les conocieron y compartieron con ellos toda una vida.

La vida humana y la de la chichigua poseen un símil y una comparación evidentes que, al analizarse con detenimiento por separado, pueden otorgar una excelente lección.

Quiero significar que, si extrapolamos el comportamiento de la chichigua a la realidad humana, podemos colegir que los humanos somos cometas o papalotes vivientes.

No nos suspendemos en el aire halados por una cuerda física, sino que caminamos sobre nuestros propios pies; no obstante, al fallar el equilibrio, puede desplomarse no solo el cuerpo, sino la propia vida.

Las diferencias estructurales

La diferencia abismal entre la chichigua y los mortales radica en que la primera se construye de forma rústica con palos, madera de bambú, pencas de caña, papel plástico de colores y el hilo que la pone a volar.
Por el contrario, la vida humana responde a un complejo proceso biológico donde intervienen un hombre y una mujer, ya sea mediante la gestación física tradicional o a través de la medicina artificial.

En la chichigua, el plástico o el papel en la parte inferior es lo que otorga la estabilidad y el equilibrio necesarios al volar.

En cambio, en la vida humana, se necesita tener activos los cinco sentidos para poder ver, sentir, oír, expresar y oler el entorno con claridad.

A diferencia de las chichiguas, que solo se vuelan durante la época de la Cuaresma o en los meses de mayor brisa del año, el ser humano posee movilidad y libre albedrío durante toda su existencia.

Tiene la capacidad de practicar el bien o, por el contrario, de convertirse en un ser disociador, rechazado y aislado por la sociedad en que vive.

Significado e introspección

En una contemplación exhaustiva de nuestra realidad, se hace evidente que la vida no se puede vivir como una chichigua común, volando sin rumbo para terminar cayendo en un abismo.

Hay que vivir para sostenerse con firmeza.

Debemos esforzarnos por ser seres útiles, íntegros y de gran beneficio para la patria y la sociedad que nos vio nacer.

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