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«Los Gavilleros del Este» 9 de 10

Fecha:

​Por Manuel Antonio Vega

​El día que llegaron «Las Botas Yanquis» a Hato Mayor del Rey fue el 12 de enero de 1917, quienes actuaron con pravedad, con grado exceso de maldad no sólo contra los «Gavilleros», sino contra la población indefensa, acusada de proteger a los del monte.

Con nuestra soberanía nacional ya arrebatada con saña, se produjo la llegada de los «marines» norteamericanos, quienes se dieron a la tarea de protagonizar las acciones más trágicas, horripilantes y funestas que, en todo el curso de su historia, conociera el pueblo de Hato Mayor del Rey y otras zonas de la geografía regional y nacional.

​Llegaron formando columnas de ocupación territorial del municipio hatero.

Las fuerzas norteamericanas se dividieron en tres grupos que entraron por diferentes caminos, avasallando y cometiendo tropelías desde el primer día.

​Los relatos ancestrales plasmados en libros, periódicos y revistas escritos en los pueblos del Este tras la salida del invasor, nos hablan de las amarguras y vicisitudes que pasaron hombres, mujeres y niños frente a los «hombres de botas».

Estos llegaban a matar a los padres delante de sus familias, acusándolos muchas veces de ser encubridores de los «gavilleros».

​El avance de las columnas

​La primera columna viajó por la ruta San Pedro de Macorís–Jalonga–Guayabo Dulce–San Valerio–Los Jíbaros.

Hicieron su entrada por el norte del pueblo, pasando por el vertedero de basura que existía en la esquina de las calles Quintino Peguero y Genaro Díaz (entonces despoblado).

En este punto los abordó el pintoresco personaje apodado «El Güebo de Mimina», cuya frase característica era su carta de presentación.

​Continuaron hacia la gallera (esquina sureste de las calles Padre Meriño y Faustino Echavarría) y bajaron por la calle Santo Domingo inspeccionando el pueblo.

Las casetas o casas de campaña fueron instaladas sobre las gramas de la manzana formada por las calles de la Gallera, la San Antonio y la Avenida Libertad.

Otros, buscando de inmediato a los guerrilleros, violentaron las oficinas municipales, ocuparon la Iglesia Parroquial y la Casa Curial; forzaron viviendas cuyos dueños estaban ausentes y se apropiaron de todos los ajuares.

Esta columna era la No. 33 del USMC (United States Marine Corps), comandada por el Capitán Davis.

​La segunda columna tomó la ruta San Pedro de Macorís–Ingenio Consuelo (donde combatieron durante una hora contra los nacionalistas), siguiendo hacia Las Pajas y Morquecho; en este último lugar acamparon la tarde del mismo 12 de enero.

​La tercera columna realizó el trayecto San Pedro de Macorís–Río Higuamo arriba–El Bote.

De allí se dirigieron por vía terrestre a La Sierra, cantón principal de los guerrilleros del General Salustiano Goicochea (Chachá).

A Chachá se le perseguía bajo la acusación de haber atacado a los marines durante el desembarco del 10 de enero en San Pedro de Macorís, acción en la que el joven Gregorio Urbano Gilbert enfrentó a las tropas eliminando de un disparo al Teniente C. H. Burton.

​El General Chachá los esperaba y logró derribar a más de 20 interventores en emboscadas preparadas en los angostos y cenagosos caminos de la sección Los Dos Ríos.

Las tropas iban a pie, vestían uniformes color caqui y cargaban cañones y ametralladoras sobre mulos.

​Atropellos y balances

​En el recodo de la loma del Higuamo (El Bote), los invasores encañonaron a los esposos Juan Vázquez (Chacho) y Magdalena Mota (1896-1956), y a su hijo Martín de cinco años. Eran «matapalacieros» que transportaban naranjas dulces en yolas hacia San Pedro de Macorís. Los yanquis alegaron que buscaban a «los del monte». A don Chacho le confiscaron su caballo, llamado «Trancao», el cual perdió por dos años hasta que logró recuperarlo en El Seibo.

​Balance del período 1916-1924 en Hato Mayor:
​Varios intentos de reducir a cenizas el pueblo;
​destrucción devastadora de las aldeas de La Rodada, Loma de Los Martínez y San Felipe (borradas para siempre); y de las de Hoyón y Manchado (repobladas tras la salida yanqui).

​Devastación de campos, plantaciones, potreros y caseríos;
​campesinos quemados vivos con gasolina y leña.

​Torturas de ciudadanos indefensos sin justificación;
​estado de sitio, persecuciones arbitrarias y atropellos constantes.
​Diezmación de la ganadería sin compensación alguna.
​Ocupación de edificios públicos e iglesias.

​Desalojo masivo de campesinos de sus tierras (implementación del Sistema Torrens).

​Confinamiento en corrales de alambre y condiciones infrahumanas, provocando enfermedades y muertes.

​El horror de los «cerdos» y la crueldad de Merckel.

​Existen escritos que recogen testimonios escalofriantes.

Se menciona que los fusilados eran sepultados «a flor de tierra», permitiendo que los cerdos desenterraran los cadáveres.

Esto generó un trauma colectivo donde los consumidores de carne de cerdo encontraban restos de vestimentas y botones en el animal, reforzando estigmas religiosos sobre su consumo.

​Se destaca la crueldad del Capitán Merckel (o Meckle), comandante de la temida «Patrulla 44».

Según los relatos, aparecido en el libro «Hato Mayor del Rey», de la autoría del asesinado historiador, Manuel Antonio Sosa, esta unidad estaba compuesta por hombres con condenas criminales en EE. UU., enviados bajo promesa de perdón.

Testigos como María Luisa Ortiz y María de Sosa narran cómo Merckel abría vivos a los hombres o quemaba a enfermos de bubas en hogueras frente a sus familias.

​Testimonios de resistencia

​Combatientes como Pedro «Chispa» Núñez, Manuel Antonio Romero Martínez y Juan Batías coinciden en que la ocupación fue el capítulo más oscuro de la historia municipal.

Para ellos, los verdaderos «bandidos» no eran los alzados en el monte, sino los invasores.

Como bien expresó Juan Batías: «Aquí los gavilleros fueron los americanos, porque después que ellos se fueron, a los que nos enfrentamos nos llamaron

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