Los maestros del siglo XX en Hato Mayor

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Por Manuel Antonio Vega

La rica y fructífera formación educativa en mi amado Hato Mayor del Rey data de hace más de dos siglos de historia, persistencia y sacrificios compartidos. Sin embargo, son los educadores de finales del siglo XX los que guardo con mayor celo en el cofre de mis recuerdos; aquellos seres excepcionales que moldearon mi propia formación intelectual y humana.

Eran profesionales extraordinarios, dotados de una ética inquebrantable, profundamente respetuosos, consagrados a su oficio con una eficacia asombrosa, educados, cariñosos y, a la vez, poseedores de una rectitud admirable.

En el trato diario con sus alumnos eran una verdadera masa de pan, desbordantes de ternura y paciencia; pero, en el mismo instante, se mostraban absolutamente intolerantes con la indisciplina, el desorden o la falta de respeto a las aulas.

Cuando los escolares se distraían, no prestaban la debida atención a las complejas explicaciones de la pizarra o se portaban mal, no hacían falta grandes gritos ni reprimendas escandalosas.

Bastaba una sola mirada fulminante del docente, o el peso simbólico de la regla métrica de madera, para encargarse de medir, enderezar y alinear la conducta de los desatentos e indisciplinados en el aula de clases.

Aquellos tiempos idos, lejanos en el calendario pero perennes en el alma, nos rellenan el pecho de una dulce melancolía y reviven en nosotros un torrente inacabable de remembranzas y añoranzas que parecen no terminar de contarse jamás en las tertulias del pueblo.

Cómo no recordar, por ejemplo, al inolvidable y querido teacher «El Bray», cuya pedagogía del inglés dejó huellas imborrables; o a la distinguida Argentina «La
Boricua», una dama poseedora de un glamour inigualable y de un estilo sin parangón que electrizaba el ambiente escolar con su sola presencia.

En ese mismo altar de la memoria comunitaria debemos colocar a Persia Nova, Edita Vásquez y a la dulce, apasible, Mireya Payano, y Gladys Esperanza Ruíz, cuyas lecciones trascendían las simples paredes de las escuelas.

¿Y qué decir del insigne Lauro Peguero y su hermana Melania? Sus nombres quedaron indisolublemente ligados a las complejas fórmulas y a las maravillas de la ciencia de la biología, despertando en decenas de jóvenes la curiosidad científica y el amor por la naturaleza y los procesos de la vida.

Aquellos eran auténticos maestros de vocación en el sentido más estricto y puro de la palabra.

Se entregaban en cuerpo y alma a la noble tarea de enseñar, vaciando sus propios conocimientos en las mentes juveniles a pesar de los bajísimos y deprimentes salarios devengados mes tras mes.

Por el contrario, los profesionales del magisterio de ahora pasaron a tener sueldos competitivos, acceso a seguros médicos especializados a través del Seguro Médico para Maestros (SEMMA) y planes de pensión considerablemente más dignos y seguros.

En contraste, los maestros del pasado siglo pasaron por todo tipo de vicisitudes, carencias materiales y calvarios logísticos.

Tuvieron que andar a lomo de burro, a caballo o en frágiles motores para poder llegar a los remotos centros escolares rurales de la provincia, todo ello mientras percibían sueldos de miseria que apenas alcanzaban para el sustento diario.

Por eso, es de estricta justicia y dignidad recordar a maestros de la valía y la prestancia de César Cáceres Castillo, un hombre conciliador, audaz en sus planteamientos y profundamente calculador a la hora de resolver los conflictos escolares; Ángel Ubiera, el apacible, pero talentoso y audaz; el matemático Raúl de la Cruz (Búcaro), Ramoncito Díaz con su clase de agricultura y su vueltecita al huerto escolar. Aida García Pozo, que procreó varios hijos con el empresario Mártires Díaz; el matemático Fernando Palmero, experimentado en matemáticas modernas de la época; Liduvina Paulino, era la profesora orientadora del liceo César Nicolás Penson; hay que recordar a la apacible y cariñosa educadora Emerinia Pacheco; a Juana Sánchez, que no claudicaban el buen trato y las educadas atenciones, al gigante en la formación Alcides Reyes y su esposa Ramona Alcántara, la electrisante Rosa Sosa Berroa y Zunilda Rivera. También de la década de 1980 al 2000 los hermanos Leída Ramona, Lucero, Michael y Dolores Vega de la Rosa, una familia de educadores que han moldeado el conocimiento intelectual a cientos de alumnos.
No puede quedarse en esta lista el inquieto y pragmático Romelio Peguero ni Yolanda Peguero, nativo de la barriada de Villa Canto; Manuel Peguero (Mayelin), tampoco Gregorio Peguero de artes industriales, donde aprendí a hacer anillo de corozo y otros adornos del hogar con cuernos de vacas como la materia prima, quien también tenía como esposa a la educadora Yolanda Rosa.

En Villa Canto, cantera de maestros vivió Milagros Albuerme, hija del maestro de música Pedro Aníbal Albuerme. A Gladys Wisppi, Colombia Cueto y Mesa natural de Loma de Consuelo.

De igual modo resplandece la figura de Gladys Esperanza Ruíz, caracterizada en todo momento por su dulce, melodioso y sumamente rico tono lexical, un bálsamo de buena oratoria para quienes tuvimos la dicha de escucharla; Mirty Contín, cariñosa e inteligente, Rosita de Mota, mujer de alta contextura, pero hermosa y cariñosa.

Imposible dejar fuera a Pancha, Binilda y Prietica Faval, una trilogía de mujeres ejemplares que, con su decencia natural y su incuestionable eficacia escolar, lo iluminaban absolutamente todo a su paso.

Hagamos una parada obligatoria en la emblemática Escuela Bernardo Pichardo. Por sus históricas aulas pasaron generaciones enteras para orientar, guiar y enseñar el camino correcto. Allí dejaron el pellejo y el alma figuras de la estatura de Miguel Severino, Santiago Rondón, Ilda Puello, Liduvina Paulino y Elva Morel, entre muchos otros que cubrían con la inmensidad de sus conocimientos el despertar intelectual y crítico de las masas estudiantiles.

En esa misma línea de excelencia hay que evocar a Obdulio y Celestino Pacheco, hombres prominentes y fundamentales en la formación de la juventud desde las aulas de la Escuela Juan Pablo Duarte y el Liceo Miguel Ángel Garrido.

Asimismo, Mártires Morla y Manolo Petañita nos envolvían y fascinaban con sus apasionantes temas e historias patrias y universales; mientras que hombres como Arístides Rosario y Dámaso Vilorio, Ismael Peguero, Juan Kibelier, María Cristina Jiménez se desgastaban frente a la pizarra bregando con los números, las ecuaciones y la lógica de las matemáticas.

Aminda Soriano de Sánchez, la eterna y entrañable «Doña Niña», fue un pilar insustituible y fundacional en mi formación de educación primaria, específicamente en la escuelita de Las Palmillas, perteneciente a la sección de El Manchado, aquí en Hato Mayor del Rey.

Era una mujer regia, honesta a carta cabal y dotada de una autoridad moral indiscutible.

Al lado de su recuerdo emerge la sagrada figura de Leda Crispín y la de Juanita Portalatina Taveras, dos verdaderas eminencias de la educación dominicana y portadoras de una fe religiosa tan inquebrantable que, viéndolas bien a la distancia, yo creo firmemente que eran socias directas de Dios en la tierra.

A Ramón Rosa, a quien todos llamábamos con profundo respeto «El Científico», así como a Heraldo González, el popular «Pirincho», y a José Miguel Peguero, siempre los recordaré con gratitud infinita por su influencia directa en mi formación política dentro del dinámico campo estudiantil de la época.

Ellos no solo me enseñaron contenidos académicos; me enseñaron el valor de la dignidad, a tomar las calles con valentía para reclamar, mediante la protesta pacífica y organizada, el sagrado derecho a la supervivencia, la justicia y la emancipación social de nuestro pueblo.

En el ámbito institucional, Baty Brea, Sara Genao e Ivelisse Mota de Payero constituían los auténticos paños de lágrimas y los consuelos humanos de los estudiantes desde las oficinas de la dirección del Liceo César Nicolás Penson, equilibrando la disciplina con una inmensa comprensión paternal y maternal.

Son, en realidad, cientos los maestros del pasado siglo que participaron activamente en la alfabetización y educación de miles de jóvenes hatomayorenses.

Muchos de esos muchachos son hoy respetados profesionales dispersos por todo el globo terráqueo, prestando sus valiosos servicios en las más distintas ramas del saber humano, desde la medicina hasta las ciencias sociales.

En aquellos años dorados, las escuelas operaban genuinamente como el segundo hogar familiar de los alumnos.

Se trataba de un espacio sagrado donde el respeto hacia las canas y la autoridad de los mayores sobraba, y donde el amor filial entre maestros y estudiantes era algo simplemente incomparable.

Cómo olvidar en este punto la impronta, la entrega y la mirada bondadosa de Melania Jiménez.

Cada uno de los profesores de Hato Mayor, en su respectivo momento histórico y a su propia hora, puso su valioso y desinteresado granito de arena para que esta hermosa provincia del este del país pudiera contar con unos cuantos miles de mujeres y hombres debidamente alfabetizados, pensantes y preparados durante el transcurso del siglo XX.

¡Qué labor tan titánica y qué deuda tan impagable tiene nuestra sociedad con ellos!

¡Cuántos nos gustaría que hoy nos organizáramos como pueblo y llevásemos hermosos ramos de flores frescas a las tumbas de aquellos maestros inolvidables que ya partieron a la eternidad!

Pensar en ellos es evocar a Mercedes Rosa, Anatilde Santana, Emilio Rosa, Miguel Arriaga, Cástor Fulgencio, Pilar Rondón, Antolín Rosa Padilla y Miguel Alfonso Mendoza, nuestro querido «Piris», un periodista de fuste que impartió valiosas clases en la Bernardo Pichardo.

La lista sigue con Julio Mateo, John Harris Percival, Gustavo Emiliano, Enrique Salas y una cadena interminable de honrados educadores cuyos nombres, por desgracia, escapan momentáneamente a la memoria gastada y cansada de este humilde exalumno de 64 años de edad.

Tendríamos que hacer una mención obligatoria en ese gran homenaje colectivo a los maestros que se dedicaron, con paciencia infinita, al arte de bien combinar el sonido con el tiempo: nuestros maestros de música. Es doloroso el olvido, pero es hermoso recordar a Pedro Aníbal Albuerme, conocido por todos como «Lilito», a Suilio Albuerme y, por supuesto, al gran Porfi Jiménez, cuyo éxito internacional nos recordó de forma amarga aquella vieja máxima de que «nadie es profeta en su propia tierra».

Sé perfectamente que de la inmensa caterva de nombres de apóstoles de la música, la educación y la cultura local, muchos me harán falta en esta modesta crónica del recuerdo, pero vayan para todos ellos mis respetos absolutos.

De igual manera, ¿cómo dejar de extrañar al insigne y carismático Roberto Núñez, el popular «Chori», considerado con toda justicia el auténtico padre del deporte en nuestra provincia?

Él enseñó a la juventud que el cuerpo y la mente se cultivan juntos. Con el aorendí a jugar ajedrez, que me valió luego para ganarle a Alberto Malagón una simultánea en 1979, dónde alcancé mi primer trofeo, patrocinado por el Banco la Nacional de Ahorros y Préstamos.

Asimismo, caminando y recorriendo las polvorientas zonas rurales de nuestra demarcación, conocí en la comunidad de El Manchado a Wenceslao Peguero, un historiador e intelectual de fuste que poseía la rara y maravillosa cualidad de combinar sus profundos conocimientos científicos con el arte sutil de persuadir y encantar a sus interlocutores.

Ir de visita a las casas de muchos de estos educadores de antaño equivalía a abrazarse de inmediato al calor humano más sincero.

Eran hogares humildes pero dignos, donde hasta el aire que se respiraba olía a ciencia, a libros viejos, a poesía y a arte.

Más que simples transmisores de contenidos escolares, muchos de estos hombres y mujeres guardaban en la intimidad de sus corazones, tesoros y cerebros la casta y el temple de los historiadores más sagaces, acuciosos y profundos de la región.

El maestro de antes no era un simple empleado público; era un faro de filosofía viva, un bastión de cultura y el vivo ejemplo del arte del buen convivir en sociedad.

A lomo de burros y caballos

Muchos de nuestros antiguos educadores, especialmente aquellos que ejercieron el magisterio a principios y mediados del siglo XX, debieron recorrer diariamente distancias superiores a los 20 kilómetros entre valles, caminos vecinales intransitables y praderas solitarias, todo con el único y noble propósito de impartir docencia a grupos pequeños de apenas cinco o diez estudiantes en apartadas enramadas rurales.

Muchos otros, al no contar siquiera con un animal de carga, hacían estas extenuantes travesías completamente a pie.

Llegaban a las rústicas escuelas rurales y regresaban horas después a sus hogares con las ropas salpicadas de lodo, cansados y con la piel arañada por las implacables bofetadas de las bofas, las ramas y las malezas de aquellas maniguas espesas que caracterizaban la geografía de la época.

Lo daban todo a cambio de casi nada, movidos únicamente por el deseo ardiente de combatir la ignorancia.

Por todo este sacrificio histórico, sería un acto de un valor civil e institucional incalculable que un día, el gobierno local, la alcaldía o alguna institución cultural de la provincia organicen el merecido, público y magno homenaje que esta inmensa labor magisterial les ha ganado con creces a lo largo de las décadas.

Es una deuda histórica que la sociedad hatomayorense mantiene pendiente, y que lamentablemente muchos de estos héroes anónimos no han podido recibir ni disfrutar en vida, ni siquiera después de muertos o en la triste distancia de su ausencia física.

Que Dios ilumine el entendimiento de las autoridades actuales o de cualquier alma sensible en nuestra comunidad para que finalmente se materialice este merecido homenaje póstumo y en vida.

Vaya este recuerdo imperecedero a quienes, con infinita paciencia, ternura y a veces con una firmeza paternal, nos enseñaron por primera vez a agarrar correctamente el lápiz entre los dedos para escribir nuestras primeras palabras, y para aprender a sumar, multiplicar, restar y dividir.

Esas herramientas iniciales fueron las que nos permitieron abrirnos paso en esta compleja e intensa vida de esperanzas, de competencia social y de constante superación intelectual.

¡Loor y gloria eterna a los maestros de Hato Mayor del Rey!

Si me faltó alguien, puede ponerlo en sus comentarios para ir colocándolo, en esta nota de reconocimiento a aquellos héroes de la risa y el borrador en las escuelas de Hato Mayor en el siglo XX.

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