POR FATID KURY
Cuando fui gobernador civil de Hato Mayor, cada diciembre, al acercarse la Nochebuena, mi oficina se llenaba de regalos. Llegaban grandes canastas navideñas, algunas exageradamente enormes. El primer año después de dejar de ser gobernador todavía recibí tres. Al año siguiente, ninguno. La explicación estaba allí, delante de mí, sin necesidad de preguntársela a nadie: los regalos no habían disminuido porque yo hubiera cambiado; habían desaparecido porque había cambiado mi posición.
Pero nunca me sentí decepcionado. El estudio de la historia me había permitido conocer algo de la naturaleza humana. Los seres humanos suelen adular al poder y les encanta acercarse a quienes lo ostentan. Por eso, desde el principio tuve claro que aquellas canastas, aquellos regalos, no eran para mí como persona. Eran para el gobernador. No eran para Farid. Eran para el funcionario, representante del presidente de la República. Yo simplemente ocupaba, de manera temporal, el lugar al que estaban dirigidos.
Siempre tuve en cuenta que quienes las enviaban no necesariamente estaban haciendo una demostración de amistad; estaban haciendo, en la mayoría de los casos, una inversión. Esperaban que aquel regalo pudiera convertirse algún día en una consideración, una gestión, una puerta abierta o, simplemente, en una buena relación con alguien que tenía autoridad. El regalo llevaba una tarjeta con mi nombre, pero el verdadero destinatario era el cargo.
El poder atrae muchas formas de afecto que desaparecen cuando desaparece el poder. Mientras ocupamos una posición importante, resulta difícil distinguir quién se acerca por cariño, quién por respeto y quién por conveniencia. Todos sonríen, todos saludan, todos tienen tiempo para nosotros y muchos parecen estar sinceramente interesados en nuestra amistad. Pero basta con que cambien las circunstancias para que la vida haga la selección que nosotros no podíamos hacer. Ahí solo se quedan los verdaderos amigos.
Por eso no debemos sentirnos demasiado importantes cuando estamos en las alturas y las puertas se abren con facilidad, ni demasiado abandonados cuando comienzan a cerrarse. Esa es la dinámica del poder y, en cierta medida, de la vida misma. Las puertas no se abren necesariamente para nosotros, sino para el cargo que llevamos encima. Y hay personas que no nos acompañan a nosotros, sino a lo que representamos y a lo que podemos hacer por ellas desde la posición que ocupamos.
La verdadera amistad se demuestra cuando dejamos de ser útiles. Cuando ya no podemos firmar, recomendar, resolver, facilitar o decidir; cuando ya no tenemos nada que ofrecer salvo nuestra propia persona y nuestra amistad. Es entonces cuando descubrimos quién estaba interesado en nuestro poder y quién estaba interesado en nosotros.
Aquella experiencia de las canastas navideñas fue una pequeña lección sobre la condición humana. Me pasó a mí, y les pasa a muchos todos los días. El primer diciembre después de dejar el cargo todavía quedaron tres regalos; el siguiente, ninguno. No tuve que interpretar el silencio. Los números habían hablado claramente. La vida explica las cosas y coloca cada cosa en su lugar: mientras eres útil, están; cuando dejas de serlo, muchos se marchan.
No hay que resentirse por ello. Hay que entender el fenómeno y aprender. Porque, al final, la vida nos concede el privilegio de descubrir algo que mientras estamos en el poder resulta muy difícil distinguir: quién nos quiere por lo que representamos y quién nos quiere por lo que somos.







