La muerte en Hato Mayor del Rey de Liranyi Reyes Puello, una niña de 11 años, después de caer de “La Estrellita”, uno de esos juegos mecánicos que cada año llegan a nuestros pueblos durante las fiestas patronales, no puede pasar como una noticia más. No puede convertirse en una tragedia de unos días y después desaparecer de nuestra memoria.
Porque la niña no murió víctima de una enfermedad inevitable ni de un fenómeno de la naturaleza. Murió después de caer de un aparato mecánico instalado para los niños divertirse. Ahora debemos preguntarnos no solamente qué ocurrió, sino por qué ocurrió y quién tenía la responsabilidad de evitarlo.
No basta con buscar al propietario del parque mecánico y cerrar el expediente. Hay que reconstruir toda la cadena de responsabilidades: quién solicitó la autorización, quién la concedió, quién inspeccionó los equipos y quién permitió que el público entrara. Y hay una pregunta que no debe faltar: ¿hubo negligencia, descuido o alguna irregularidad en el proceso de autorización?
Si aparecen indicios, también debe investigarse si alguien recibió dinero, favores o alguna compensación indebida para mirar hacia otro lado. No podemos acusar a nadie de haber cobrado dinero clandestinamente sin pruebas. Pero tampoco debemos descartar esa posibilidad sin investigarla.
El accidente es el último eslabón de una cadena. Antes hubo una decisión, una autorización, una inspección mal hecha, una omisión o una negligencia.
En Hato Mayor no solamente murió una niña trágicamente, hecho que nos enluta a todos y que jamás debió ocurrir. También quedó expuesta una vieja enfermedad de nuestra sociedad: la costumbre de hacer las cosas sin la debida supervisión.
Por eso esta muerte debe servir para revisar cómo se autorizan, inspeccionan y supervisan los juegos mecánicos en nuestro país. Si existen vacíos legales, deben corregirse. Si alguien incumplió su deber, debe responder. Y si se descubre corrupción, también.
Porque no podemos aceptar que la muerte de una niña termine explicándose simplemente diciendo que fue un accidente. No todo accidente es inevitable. Algunos son consecuencia de decisiones humanas.
La niña que subió a “La Estrellita” aquella noche no sabía de permisos, inspecciones ni burocracia. Ella solamente quería divertirse.
Que se investigue hasta el final. Que se sepa quién autorizó, quién inspeccionó, quién permitió y quién falló. Y que esta muerte no sea una estadística más, sino el punto de partida para que ningún niño vuelva a subir a un juego mecánico sin que antes alguien haya cumplido, de verdad, con la obligación de garantizar su seguridad.







