Lo dejaron apena con el gallo padrote porque estaba fuera de los rejones en la traba
Por Manuel Antonio Vega
EL SEIBO.- El cielo sobre Candelaria, en El Seibo, era un terciopelo oscuro, apenas salpicado por el rocío nocturno que refrescaba la exuberante vegetación circundante.
Apenas siete kilómetros al norte del bullicioso pueblo, esta comunidad duerme bajo un manto de aparente tranquilidad, una paz que, sin embargo, se ha visto agrietada por una plaga de robos que susurra como un fantasma constante.
En medio de esa calma traicionera se encuentra la traba de Santo Guerrero, un santuario rústico dedicado a la cría de los gladiadores plumíferos más codiciados de la región.
La granja llevaba apenas dos horas sumida en la ausencia de su dueño, un lapso de tiempo peligrosamente breve, cuando la quietud se hizo pedazos.
Fue el gemido o grito de los gallos, ese sonido agudo y desesperado que no es el habitual desafío matutino, lo que rompió el silencio y alertó de que algo terrible estaba ocurriendo.
La irrupción brutal de
los «cacos» —ladrones— irrumpieron en la traba con una brutalidad calculada.
Su objetivo no era cualquier ave de corral; su misión era de selección quirúrgica.
La espesa, casi selvática, vegetación que rodea los rejones cubiertos facilitó su incursión, sirviendo de escondite y vía de escape.
No se llevaron a todos; de un centenar de aves, los asaltantes eligieron a 11 púgiles de pura raza, los mejores exponentes de la sangre brava que se cruza o «encasta» en esta zona de Candelaria y Magarín, reconocida por dar los gallos de pelea más feroces de El Seibo.
Los ladrones sabían lo que buscaban. De los 15 rejones principales, todos quedaron vacíos.
«Me dejaron vacío todos los rejones donde estaban los mejores púgiles.»
El valor incalculable del plumífero perdido
La gravedad del hurto no solo se mide en la pérdida material, sino en el desgarro de una pasión y una herencia.
Santo Guerrero valora la pérdida total en unos RD$ 240,000.00, tasando cada ave en un promedio de RD$ 20,000.00.
Pero la cifra fría no refleja la verdadera dimensión del dolor.
Entre los robados, había ejemplares irremplazables:
Dos gallos de color jabao: Eran verdaderas «abejas de piedras», una expresión local que denota una bravura y resistencia excepcionales.
Estos dos plumíferos ya contaban con varios torneos ganados, dejando un vacío de pedigrí y prestigio en la traba.
Un gallo de color indio: Por este ejemplar, Guerrero confiesa que no lo hubiera vendido «por 40 mil pesos».
Su valor era ascendente y prometedor: ya había salido victorioso en cuatro peleas y estaba listo para ser «cazado» (emparejado para una gran pelea) con una apuesta de RD$ 100,000.00 ese mismo fin de semana en Miches.
Irónicamente, solo dejaron un testigo de la masacre avícola: un gallo padrote jabao.
Sobrevivió porque estaba suelto, fuera de los rejones, lo que impidió a los cacos llevárselo en su rápido y organizado asalto.
La pandemia del robo y la desesperanza
El dolor de Santo Guerrero no es solo personal; es el reflejo de una «pandemia» de robos que azota la zona.
La recurrencia de estos asaltos en Candelaria y Magarín ha creado un ambiente de paranoia y desconfianza.
Guerrero tiene la presunción, ese nudo en la garganta de todo criador, de que debe haber alguien en Candelaria que coordina estos robos, alguien que conoce la traba, el momento y el valor de los ejemplares.
Aunque no se atreve a señalar a nadie, la certeza de una traición interna o la existencia de una red de hurto organizada agrava el sentimiento de indefensión.
Para estos criadores, el gallo de pelea es mucho más que una mascota o un bien; es una inversión, una pasión y el centro de una subcultura profundamente arraigada.
La pérdida de RD$ 240,000.00 y los mejores ejemplares es un golpe devastador para su sustento y su espíritu.
El afligido criador clama, con la voz quebrada por la pérdida de sus «gladiadores», por una respuesta de las autoridades que no llega, esperando que «frenen definitivamente los robos de aves en El Seibo» y devuelvan la esquiva tranquilidad a Candelaria.







