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Santelena: El Bardo del olvido y el Cantor de Hato Mayor

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

En las hoy asfaltadas calles de Hato Mayor del Rey, todavía parece resonar un eco de versos mezclados con el aroma del aguardiente.

Los habitantes de este pueblo de profunda fe católica se acostumbraron a ver, durante décadas, la figura de un hombre que caminaba entre la lucidez absoluta y el delirio del alcohol.

Era Zenón Peguero Calderón, un hombre que decidió rebautizarse bajo el místico alias de «Santelena», un nombre que con el tiempo se convirtió en sinónimo de bohemia y genialidad literaria.

Era de una mente brillante

Santelena no fue un hombre común. Nació el 12 de abril de 1916, justo cuando el país sentía el peso de la primera intervención estadounidense.

Quizás ese contexto de resistencia marcó su espíritu indomable.

A pesar de las limitaciones de la época, se forjó como un autodidacta voraz, un educador de vocación y un orador cuya voz tenía el peso del bronce.

A los 24 años, alcanzó el título de Bachiller en Filosofía y Letras, una proeza para su tiempo, lo que le sirvió luego para ser nombrado de maestro de escuela rural.

Junto a sus hermanos, Celia y Julio, formó la primera gran tríada de poetas hermanos en la historia de Hato Mayor, elevando el apellido Peguero Calderón al altar de las letras locales.

Entre los Griegos y el Merengue

Lo que hacía a Santelena una figura fascinante era su versatilidad.

Podía pasar de la lectura profunda de los clásicos griegos a la composición de merengues populares que ponían a bailar al pueblo.

Fue un decimero consuetudinario, un maestro de la rima improvisada que utilizaba el verso magistral como herramienta de seducción y encanto.

Sus obras, entre las que destacan Génesis, Viacrucis y Redención de la República Dominicana, muestran a un autor preocupado por el destino de su nación.

El 27 de febrero de 1986, el Ayuntamiento Municipal hizo justicia a su talento declarándolo «Poeta Insigne y Sobresaliente Orador».

El Misterio de los Manuscritos Perdidos

Una de las leyendas más persistentes sobre Santelena es la de su «pluma fantasma».

En los mentideros políticos y literarios, se decía en voz baja que grandes figuras de la política dominicana, incluyendo al propio Joaquín Balaguer y a síndicos locales como Melchor Contín Alfau, buscaban su pluma para dar brillo a sus propios discursos y poemas.

Santelena, en su precariedad, vendía su genio para alimentar su vida bohemia.

Tras su trágica muerte, surgió una interrogante que aún hoy atormenta a los historiadores locales: ¿Quién guarda sus archivos?

Se dice que poseía datos trascendentales sobre la historia de Hato Mayor, secretos y crónicas que se desvanecieron cuando su corazón dejó de latir.

Llegó a procrear dos hijos, pero solo sobrevive el varón, el cual escribe y canta décimas en las sonadas de atabales de Hato Mayor.
Parece haber emulado el genio y talento de Santelena.

El Ocaso de un Gigante

La política también fue su pasión, o quizás su mayor excentricidad.

Su grito de guerra: «¡Que viva Wessin, aunque me lleve el diablo!», se convirtió en una marca registrada.

Seguidor fervoroso del general Elías Wessin y Wessin durante los «12 años» de Balaguer, Santelena mezclaba su activismo con una poesía costumbrista que resonaba en cada esquina.

Lamentablemente, el alcohol fue nublando su visión y desgastando su capacidad psicomotora.

El hombre que alguna vez fue luz en las aulas, terminó siendo una sombra poética recorriendo las calles.

«Este triste bardo permaneció dormido entre las brumas trágicas de un sueño y de un olvido sin nombre y sin frontera», escribió sobre él Robert Berroa.

El Final en el Asfalto

La ironía del destino quiso que una mente tan ágil fuera detenida por la brusquedad de una máquina.

A principios de 1987, una motocicleta apagó sus latidos en un accidente absurdo.

Sin embargo, el golpe no pudo borrar su legado. Su inclusión en la antología Espacio Fecundo (2000) aseguró que las nuevas generaciones supieran quién fue aquel hombre que, al verle, era en sí mismo una poesía suelta al aire.

Una décima de Santelena

» En su caminar de diosa,
va encendiendo la mañana,
más fresca que la sabana
y más pura que una rosa.

Mi pluma, que es polvorosa,
se rinde ante su esplendor,
pues no hay griego ni orador
que describa tal figura,
mezcla de luz y cordura,
en este pueblo de amor.

Si Wessin manda en la tropa
con su férrea voluntad,
usted manda en la ciudad
con el aire de su ropa.

Mi alma bebe de su copa
el licor de la ilusión,
y aunque el vicio y la pasión
me lleven por mal camino, bendigo yo mi destino si usted es mi redención».

Hoy, a cuatro décadas de su partida, Santelena vive en el recuerdo de quienes aún recitan sus décimas y en el misterio de sus obras perdidas.

Fue el iluminado que prefirió la libertad de la calle al encierro de la gloria formal, dejando en Hato Mayor un himno de letras que el tiempo no ha podido silenciar.

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