Por Manuel Antonio Vega
El calendario de marzo no solo trajo la primavera a la región Este; trajo consigo un rastro de luto que se extendió por las autovías del Coral y del Este, tiñendo de tragedia las carreteras que conectan el paraíso turístico con la realidad más cruda.
No fueron solo cifras. Fueron 45 historias que se interrumpieron entre el chirrido de los frenos y el impacto del metal.
El epicentro del dolor: La Altagracia
Donde el sol suele brillar para los visitantes, la sombra de la muerte se instaló con fuerza.
Un reporte detallado d los hechos, publicado por el comunicador Irentoni Vega en su portal digital, VIP Hato Mayor, indica que en la demarcación de Higüey y Verón, el asfalto reclamó 22 vidas.
Nombres como el de Esperanza Guerrero, cariñosamente llamada “Morena”, o el de jóvenes como Jhael Javier Martínez, pasaron a formar parte de una lista negra que parece no tener fin.
La tragedia no distinguió pasaportes.
En La Romana, el luto habló francés y español, con las muertes de las canadienses Collen Fullerton y Kym Lafantasie, y el colombiano Saúl Lozada.
La carretera, ese hilo de asfalto que debería unir destinos, se convirtió en una frontera insalvable para ellos.
Hato Mayor y El Seibo: El luto en casa
En Hato Mayor, el destino jugó cartas crueles, pues no todos murieron en la velocidad de la vía.
La tragedia alcanzó a Bienvenido Castillo Méndez en la supuesta seguridad de su taller, cuando el hierro de un vehículo, sostenido por un gato hidráulico que falló, decidió su final.
En Sabana de la Mar, el eco del galope se extinguió para Enrique Germán López, recordándonos que la fragilidad humana acecha en cualquier rincón.
El Seibo también lloró a los suyos. Entre los cinco fallecidos, destaca el vacío inmenso dejado por el pequeño Shaider Paul, de apenas 7 años, cuya vida se apagó antes de empezar a entender el mundo.
San Pedro Macorís: El drama de la migración y el camino
En la «Sultana del Este», siete personas más se sumaron al recuento. El drama de la comunidad haitiana se hizo presente con los nombres de Nehemy, Apdias y Samie, recordándonos que el peligro de las rutas no conoce estatus migratorio.
En Guayacanes, el impacto final unió en un mismo destino trágico a Pedro Antonio Guerrero y a un compañero de viaje cuya identidad quedó perdida entre los restos del accidente.
Una cifra que se niega a cerrar
»Hay personas que murieron días después», confiesa una fuente con pesar.
La cifra de 45 es, quizás, un número conservador. Detrás de cada nombre hay un asiento vacío en la mesa, un taller sin mecánico, una escuela con un pupitre menos y una región que observa con impotencia cómo sus vías de comunicación se transforman en escenarios de despedidas prematuras.







