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Negro Adón: El alcalde de hierro de Yerba Buena

Fecha:

Por Manuel Antonio Vega

​En el paraje de El Mamón, en Yerba Buena, el nombre de Pedro Adón Rodríguez era casi un secreto burocrático.

Para todos, él era simplemente Negro Adón, una figura cuya sombra se proyectó sobre Hato Mayor durante 40 años de mando ininterrumpido.

No era solo un alcalde pedáneo; era la ley, el juez y, cuando era necesario, el verdugo de la tranquilidad rural.

​El hombre de tez morena implementó el método de «La Silla y el Silencio», una singular forma de sacar confecciones al delincuente rural.

Sencillamente era su método de Justicia

​Negro Adón no necesitaba cárceles de alta seguridad. Su herramienta de persuasión era una silla de madera, sin el guano de fondo.

Quien quebrantaba la convivencia terminaba hincado sobre los filosos barrotes del asiento.

​Este método, que muchos calificaban de cruel y otros de «elegante tortura», tenía un objetivo psicológico: el infractor solo podía ponerse en pie cuando decidía confesar la verdad.

​Cuando la palabra no bastaba, aparecía su método más célebre y temido: el hincado en la silla.

No hacía falta el cepo ni el látigo; bastaba con obligar al infractor a arrodillarse sobre los barrotes de madera de una silla diseñada para tal fin.

​Era una «elegante tortura» que doblegaba el orgullo más férreo.

Negro Adón interrumpe el castigo solo cuando la verdad salía a flote.

Entre risas y silencios sepulcrales, interrogaba a los sospechosos hasta que estos, confundidos por su actitud impredecible, terminaban confesando sus faltas.

Si había varios involucrados, el salón se llenaba de sillas y rodillas dobladas hasta que la justicia florecía por el dolor o el cansancio.

​Era un Líder de palabra de acero

​A pesar de su fama de hombre duro, Negro Adón era el puente entre el campesino y el ayuntamiento.

Era un hombre de familia —procreó ocho hijos con Celia de Adón y más tarde compartió su vida con Doña Tatica— que entendía que el respeto se gana con coherencia.

​Paz territorial: Logró lo que pocos: limpiar los campos de quienes robaban equinos para vender su carne como de res en mercados de pueblos de la región Este.

​Autoridad implícita: Jamás necesitó disparar su revólver ni desenvainar su puñal.

Su figura de roble y su honestidad eran su mejor escudo.

​»¿Va o no va, familia?», sentenciaba Adón frente a los que intentaban esquivar su responsabilidad.

Esa frase era el punto final de cualquier discusión.

​El Ingenio contra el Crimen

​Aunque solo alcanzó el nivel primario, Adón poseía una astucia superior.

​La anécdota que mejor define su mando es casi de antología literaria. Se cuenta que un hombre, conocido por su temperamento belicoso y por burlar a la autoridad, se resistía a ser apresado.

Adón, consciente de que el sujeto era analfabeto pero orgulloso, no recurrió a la fuerza de su puñal de 24 pulgadas, sino a la pluma.
​— “¿Usted sabe leer?”, le preguntó con calma.
— “No, don Negro”, respondió el hombre con aire de suficiencia.

— “Entonces llévele este papel al oficial en el Cuartel de Hato Mayor del Rey.

Dígale que se lo manda el alcalde”.

​El hombre marchó con paso firme, creyéndose importante por cumplir una encomienda de la autoridad.

Al llegar al cuartel y entregar la nota, el oficial leyó la sentencia más corta y efectiva de la historia rural: «Meta preso al portador».

Cuando el infractor quiso protestar, ya el eco de los barrotes cerrándose era su única respuesta.

Físicamente imponente, Negro Adón era un hombre de contrastes, pues estaba
​armado pero sereno.

Portaba un revólver y un puñal de acero de 24 pulgadas que jamás necesitó desenvainar; su voz de trueno y su porte fornido eran disuasión suficiente.

​Azote del cuatrerismo: Erradicó el robo de caballos en su jurisdicción, una plaga que azotaba los campos en aquella época.

​Pilar familiar: Junto a sus compañeras, Celia Adón y más tarde Doña María Hernández (Tatica), formó una familia de ocho hijos, manteniendo siempre una conducta que sus vecinos describen como honesta y proactiva.

​Un Legado que terminó en silencio

​La autoridad de Negro Adón solo se doblegó ante la salud.

En el año 2003, un accidente cerebrovascular (ACV) apagó su voz de mando.

Falleció días después, dejando tras de sí la historia de una época donde el alcalde pedáneo era el puente vital entre el campo y la ciudad; un hombre que, con una silla y un pedazo de papel, mantuvo el orden en Yerba Buena por casi medio siglo.

A Negro Adón, quien escribe lo conoció y llegué a entrevistar siendo reportero de Radio Dial y Noti Tiempo, de Radio Cadena Comercial, por allá por la década de 1990.

NOTA IMPORTANTE: Para realizar esta historia visité a familiares de Don Negro Adón, en El Mamón, de Yerba Buena, donde aún se conservan las sillas utilizadas por el histórico personaje para sacar confecciones a los bandidos de aquella época.

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