Por Manuel Antonio Vega
Desde que el sistema democrático dominicano intentó madurar tras la caída de la tiranía trujillista, un fantasma recorre los comités políticos de las principales organizaciones del país: el fantasma de la división.
El fenómeno no es nuevo, pero sus ramificaciones en pleno siglo XXI amenazan con reconfigurar el mapa electoral de cara a los comicios del 2028.
Aunque las elecciones aún se divisan en el horizonte, los ruidos de fragmentación ya no son simples rumores de pasillo; son grietas estructurales que analistas y dirigentes comienzan a diagnosticar con profunda preocupación.
1. El mito de la «tradición» y el orden de la bota
Para entender las crisis actuales, es imperativo desmitificar el pasado. Existe la falsa percepción de que la división es una «tradición» intrínseca del político dominicano.
Nada más alejado de la realidad.
Durante las dictaduras más prolongadas del siglo XX —la férrea tiranía de Rafael Leónidas Trujillo y los doce años tecnocráticos y autoritarios de Joaquín Balaguer— no existían las crisis partidarias en el Partido Dominicano ni en el Partido Reformista.
¿La razón? El monolitismo absoluto.
En regímenes donde el líder encarna la ley, la batuta y la Constitución, el disenso se paga con el ostracismo o la muerte. No había espacio para la fragmentación porque no había espacio para la libertad.
La crisis del partidismo, paradójicamente, es un hijo no deseado de la libertad democrática mal gestionada.
2. Los espejos de la historia: 1973 y 2019
Las fracturas contemporáneas tienen códigos de barra históricos.
Dos fechas marcan el colapso de las grandes hegemonías partidarias en la República Dominicana:
1973: El cisma del PRD. El profesor Juan Bosch, convencido de que el Partido Revolucionario Dominicano había cumplido su ciclo histórico y atrapado en pugnas ideológicas internas, abandona las siglas blancas para fundar el Partido de la Liberación Dominicana (PLD).
2019: El colapso del PLD. Cuarenta y seis años después, la historia se repitió como tragedia y como farsa.
Atocigado por las presiones del ala danilista y la imposibilidad de un consenso en torno a la candidatura presidencial, el expresidente Leonel Fernández rompió con la organización que gobernaba el país para fundar la Fuerza del Pueblo (FP).
Lo irónico de la ruptura de 2019 es que quebró la sociedad política más exitosa de la historia reciente: Danilo Medina, el estratega cerebral que operó las bambalinas para encaramar a Fernández en el poder en 1996, terminaba siendo el catalizador de su salida.
Esta división catapultó a la Fuerza del Pueblo a convertirse, tras las elecciones de 2024, en la segunda fuerza política del país, dejando al PLD en una llanura de introspección y pérdida de terreno.
3. Radiografía de las tensiones actuales con miras al 2028
Hoy en día, las tres grandes fuerzas de masas del sistema —PRM, PLD y la Fuerza del Pueblo— miran con desconfianza sus propios cimientos. Las ambiciones personales y la falta de mecanismos institucionales eficaces amenazan con reeditar viejos cismas.
Esas rupturas o separación en el seno de una organización politica, a veces se producen, sin que necesariamente exista una diferencia de doctrina.
Se dan por una escisión provocada por desacuerdos de autoridad, disciplina o lealtad.
El PRM: El dilema del poder y la herencia
En el oficialista Partido Revolucionario Moderno (PRM), las costuras comienzan a tensarse y esos estiramientos pueden bien provocar espacios a divisiones.
Muchos analistas aseguran que un desmembramiento potencial podría registrarse debido a la resistencia o aplazamiento de convenciones democráticas para elegir a los cuadros dirigenciales.
La pugna ya es visible en la retórica de los precandidatos presidenciales que buscan suceder el legado de Luis Abinader. Además, la sombra del expresidente Hipólito Mejía, quien encabeza un ala histórica y económicamente poderosa dentro del partido oficial, representa un contrapeso crítico que, de no manejarse con pinzas, podría provocar una ruptura de consecuencias impredecibles.
La Fuerza del Pueblo: La guerra psicológica de la sucesión
En la Fuerza del Pueblo no se visualiza una división orgánica inminente, pero la estrategia de los litorales contrarios es clara: la división por sutil insinuación. Desde la oposición y ciertos sectores mediáticos, se ha intentado armar un tablero de confrontación ficticio entre el líder de la organización, Leonel Fernández, y su hijo, el senador Omar Fernández.
Se le aúpa mediáticamente a Omar como el «potencial candidato de relevo inmediato», buscando generar celos políticos o cortocircuitos dinásticos.
Sin embargo, el joven legislador ha sido categórico y maduro al frenar en seco la narrativa: «Mi candidato y mi apoyo es para mi padre».
El PLD: La reconstrucción en medio del desgaste
Para el partido de la estrella amarilla, la sangría de dirigentes hacia el PRM y la Fuerza del Pueblo tras el torneo del 2024 ha sido un golpe severo.
Las heridas de la división de 2019 siguen siendo «indeglutibles»; dejaron zanjadas diferencias que rayan en lo estrictamente personal, haciendo que cualquier intento de reunificación de la vieja familia peledeísta sea, hoy por hoy, una utopía.
4. La ausencia de los grandes concertadores
El drama del sistema de partidos actual radica en la orfandad de liderazgo moral. Ya no están en el escenario figuras de la talla de Juan Bosch o José Francisco Peña Gómez. Ambos eran titanes políticos, concertadores impares capaces de meter en cintura las pasiones más bajas de lo que muchos denominan la «política cavernaria del patio».
Hoy, ante la ausencia de estos árbitros históricos, las candidaturas y las aspiraciones personales se imponen por encima de las declaraciones de principios, arrastrando ronchas muy difíciles de suturar en el tejido partidario.
Consumir, evaluar y mirar hacia dentro
La vida política dominicana, lamentablemente equiparada y limitada por el subdesarrollo institucional, seguirá girando por mucho tiempo en torno al personalismo de dos o tres líderes de masas.
Las fugas constantes de dirigentes que saltan de una parcela a otra —buscando la sombra del árbol que más cerca esté del presupuesto nacional— son una verdad tangible e inequívoca que no se puede falsear.
En política, como bien reza el axioma popular, nada está escrito con piedra.
Las fuerzas políticas actuales están obligadas a mirar hacia su interior, sanar sus estructuras y democratizar sus procesos electorales internos. De lo contrario, el torneo del 2028 no será recordado por sus propuestas, sino por ser el escenario de nuevas e inevitables balcanizaciones.
El momento político dominicano no es de actuar a la ligera; es de consumir información con cautela y evaluar con cabeza fría.






