POR FARID KURY
La noche del 10 de mayo de 1998 estaba en mi casa cuando el compañero y amigo Reynaldo Nova se presentó un tanto preocupado y me dijo: «el doctor Peña Gómez acaba de morir».
Si Rey estaba preocupado, más me preocupé yo. Yo era candidato a senador del PLD por mi provincia, Hato Mayor, y según varias encuestas, como la Rumbo-Gallup, encabezaba la preferencia electoral.
Pero en aquel momento me llené de perturbación. Se apoderó de mí, automáticamente, un sentimiento de que esa muerte tendría consecuencias negativas para mí en las elecciones que tendríamos seis días después.
Al otro día el equipo estratégico de la campaña se reunió, y aunque la preocupación se notaba en los rostros de todos y en ese silencio denso que habla por sí solo, ninguno quiso transmitir lo que sentíamos.
Y no era para menos.
Esa muerte no era solo el final de una vida. Era el silencio repentino de una voz que durante décadas caminó junto al pueblo dominicano como una campana de esperanza, de protesta y de fe democrática.
Junto a Juan Bosch y Joaquín Balaguer, Peña Gómez había sido uno de los tres líderes políticos emocionales, que desde la muerte de Trujillo influyeron decisivamente en la República Dominicana. Venido desde la pobreza, y venciendo los prejuicios raciales, se convirtió en un gran líder de masas, en base a su talento de extraordinario orador, brillante táctico y gran trabajador y de organizador. Era también un hombre de ideas que conjugaba el liderazgo del político con el del pensador.
Peña era un hombre historia. Detrás de él había toda una historia personal, humana y política. Aquella noche en que la noticia recorrió las calles, el país, sin tomar en cuentas las rencillas políticas ni las disputas electorales, siempre generadoras de fuertes emociones y enfrentamientos, sintió que se apagaba la voz que lo había acompañado desde aquel mediodía del 24 de abril de 1965 en que le tocó llamar al pueblo dominicano a lanzarse a las calles a respaldar a los militares constitucionalistas y a luchar por la reposición en el poder del profesor Juan Bosch, derrocado la fatídica madrugada del 25 de septiembre de 1963. Era un fuego humano el que se apagaba.
La vida de Peña Gómez había sido una batalla desde el principio. Niño marcado por el drama de la persecución y la violencia, que generó la abominable masacre de 1937, ordenada por el dictador Rafael Leónidas Trujillo, que separó por siempre a muchas familias, como fue el caso de la familia de Peña Gómez, creció entre las heridas de una nación convulsa. Su historia personal parecía escrita por una novela latinoamericana: pobreza, discriminación, lucha social y una voluntad feroz de abrirse paso únicamente con la fuerza del talento, la perseverancia y de la palabra.
El terrible cáncer le llegó como llegan las tragedias inevitables: silencioso al principio, devastador después. El cuerpo comenzó a rendirse, pero el espíritu político permanecía intacto. Mientras otros se habrían refugiado en las murallas del silencio, Peña Gómez continuó aferrado a la vida pública, como si comprendiera que su existencia ya pertenecía más al pueblo que a sí mismo. El último día de su vida participó y habló en San José de Ocoa en una actividad política de apoyo a los candidatos de su partido.
Su muerte produjo un extraño vacío nacional. Las calles se llenaron de lágrimas sinceras. Miles de personas acudieron a despedir a una parte de sus propias esperanzas.
La muerte de Peña Gómez no logró derrotarlo del todo. Hay hombres cuya presencia continúa respirando en la conciencia de los pueblos. Dejan de existir físicamente y se convierten en leyenda.
En cuanto a mi candidatura, que había construido con mucho esmero y esfuerzos, ocurrió con ella lo que desde aquella noche presentíamos. La emoción colectiva que esa muerte generó se la llevó. Tan sencillo como eso.






