La provincia de los amaneceres turísticos se transformó, en menos de 24 horas, en un recordatorio de la fragilidad de la vida sobre el asfalto.
El humo y crank crak de la aceleración de los motores y el chirrido de los frenos marcaron el ritmo de una serie de siniestros viales que han dejado, hasta el momento, un saldo desgarrador de cuatro vidas truncadas y una comunidad sumida en la impotencia.
Desde las primeras horas de la madrugada, el eco de las sirenas del Sistema Nacional de Emergencias 9-1-1 se convirtió en un sonido constante, pues en distintos puntos estratégicos de la provincia —desde tramos carreteros que conectan con Higüey hasta las vías de alta velocidad en las zonas turísticas— el escenario se repetía con crueldad: motocicletas destrozadas, vehículos livianos con el frente colapsado y el silencio pesado que queda tras el impacto.
En uno de los incidentes más impactantes, los testigos narran cómo la velocidad y la falta de iluminación jugaron un papel decisivo.
Agentes de la DIGESETT y la Policía Nacional trabajaron contra reloj, no solo para agilizar el tránsito que se acumulaba tras los cordones policiales, sino para facilitar el traslado de los heridos que, entre gritos de dolor, eran llevados a centros hospitalarios cercanos.
El anonimato de la tragedia
Aunque las autoridades han sido cautelosas, el proceso de identificación de las víctimas avanza con lentitud.
Hasta ahora, el luto no tiene nombre oficial en todos los casos, pero ya tiene rostro en las familias que aguardan a las afueras de las morgues y salas de emergencia.
»Ya no se trata de números en un informe, se trata de vecinos, de jóvenes que salieron a trabajar y no regresaron.
La carretera se está comiendo a nuestra gente», comentaba con voz entrecortada un residente de la zona tras presenciar uno de los levantamientos.
La consternación en La Altagracia no es solo por la pérdida, sino por la frecuencia.
La provincia, motor económico del país por su flujo turístico, se enfrenta a una realidad amarga: sus vías de comunicación son, a menudo, trampas mortales para la existencia humana.
Las autoridades de tránsito han intensificado las investigaciones para determinar si hubo fallas mecánicas, consumo de sustancias o simplemente la imprudencia que suele protagonizar estos relatos.
Mientras tanto, el llamado es el mismo de siempre, pero hoy con más urgencia que nunca: Respetar los límites de velocidad; uso obligatorio del casco y cinturón; evitar distracciones al volante.
La Altagracia cierra este ciclo de 24 horas con banderas a media asta en el corazón de sus habitantes, esperando que la cifra de fallecidos no aumente y que el asfalto deje de ser el escenario de sus peores pesadillas.






