Por Manuel Antonio Vega
El crujir de la tijera rasgando el lienzo impecable suena como un ritual antiguo en el segundo nivel de la calle Julio Lluveres, del sector Ondina. Allí, donde el viento de Hato Mayor parece detenerse a contemplar el corte perfecto, un hombre desafía el tiempo entre agujas, dedales y el compás rítmico de una máquina de coser. Su nombre es William Rafael Lizardo, un verdadero artista de la aguja que no solo une retazos de tela, sino que esculpe la elegancia y la dignidad de un pueblo que lo adoptó para siempre.
Nació al calor de la historia grande y convulsa, un 13 de diciembre de 1956 en Santo Domingo, cuando los días de la tiranía trujillista se ensañaban contra la primavera de la juventud dominicana. Hijo de María Lizardo y Salomón Abreu, el destino lo empujó temprano hacia los caminos del este.
Apenas un adolescente de 14 años, desempacó sus sueños en el verdor de la comunidad de El Rancho, en el distrito municipal de San Francisco-Vicentillo, arrimado al amor de su madre.
Antes de que sus manos conocieran la caricia de los textiles finos, William conoció el rigor del sudor del campo y las tareas hogareñas.
Pero la vocación tiene voz propia. Un buen día, con 40 pesos que su madre le regaló con el alma apretada, viajó a la Capital. Aquel puñado de monedas fue el boleto hacia su futuro: pagó el pasaje de regreso y compró su primera compañera de batallas, una máquina marca Raisa, de aquellas que cobraban vida con el vaivén del pedal.
La escuela del desparpajo y el pulido del arte
La orfandad lo tocó temprano; a los 13 años, tras la muerte de su padre, se refugió en casa de unos tíos en Santo Domingo, donde alcanzó el octavo curso de la escuela intermedia. Pero su verdadera academia no tenía pizarrón, sino costuras.
William aprendió los secretos del corte desbaratando pantalones viejos, descifrando la ingeniería oculta en la entrepierna, el tiro y la cintura.
Para pulirse, para que la simetría no le fuera esquiva, viajaba una vez por semana a estudiar el oficio con la devoción de un seminarista.
En 1978, con el mapa de sus destrezas bien dibujado en la mente, llegó a Hato Mayor del Rey para quedarse sembrado en su tierra de manera definitiva.
Sus primeros pasos en el pueblo los dio bajo el alero de la Sastrería de Hunyo Rivera, donde refinó el arte de la confección de camisas.
Cuando el ala de la independencia le batió el pecho, adquirió una máquina Regina y montó su cuartel general en la casa de Tano Rosa, en la encrucijada de la calle Miches con Santiago Silvestre, en pleno corazón del sector Villa Canto.
Deseoso de conquistar el Olimpo de los trajes y las chaquetas, William solía visitar con respeto reverencial al maestro Pachuché Aponte, un ícono que operaba en la Padre Meriño.
El conocimiento se perfeccionó más tarde, en 1990, al realizar un curso formal que terminó por asentar su maestría técnica.
El periplo del maestro fue agotador pero necesario para triunfar: En
1978 ingresa a Hato Mayor a la Sastrería de Hunyo Rivera, en Villa Canto; luego pasó a la calle Miches en la casa de Tano Rosa, en Villa Canto; en el Mercado Municipal hizo una alianza y compadrazgo con el barbero Pascual Lizardo (Pito); luego pasó con su taller
a la alle Duarte, frente a la parada de Transporte de Vicentillo, en local de Chino Astacio, donde permaneció 10 años; después a la calle 27 de Febrero, al lado de Asadero El Rey (Hasta el 2002. Luego se asentó en la calle Genaro Díaz, al lado de Casa Dipré Nova, dónde permaneció hasta el 2005, que construye local propio y definitivo, en el segundo nivel de su casa, en la calle Julio Lluveres, en Ondina.
El secreto del patrón y el relevo de la sangre
Ver trabajar a William Lizardo es presenciar una cátedra de anatomía viva. Un buen sastre no es un simple operario; es un asesor de imagen, un psicólogo de la fisonomía humana.
William posee esa mirada clínica capaz de detectar al vuelo un hombro caído o una postura encorvada, corrigiendo las asimetrías de la naturaleza en el trazo invisible de la tiza sobre la tela.
Sabe cómo respira el lino bajo el sol del Caribe, cómo cae la lana, la elasticidad sutil del algodón y la soberbia de la seda.
Sus medidas en trajes de alta costura y en las emblemáticas chacabanas se toman con precisión milimétrica.
Desde uniformes empresariales y escolares hasta las piezas más solemnes para eventos de gala, sus manos garantizan un patronaje perfecto que se adapta al ritmo de vida de quien lo viste.
Hoy, tras 58 años frente al volante de una máquina —45 de ellos dedicados a la alta sastrería—, William no está solo.
En el segundo nivel de su casa propia, edificada con el sudor honrado de sus ahorros, opera desde 2005 junto a su nieta, Marielee Santana Lizardo. Ella se ha convertido en su prolongación, una experta en la confección de chacabanas y el brazo ejecutor que atiende a la clientela con la gracia y el esmero heredados de la estirpe.
Filosofía de un hombre de bien
A sus años, William exhibe una paz que solo da el deber cumplido y una filosofía inquebrantable:
»No coger trabajo de más, para no quedar mal con el cliente y vivir sin la presión de la gente».
Esa honestidad a carta cabal, esa seriedad mística para cumplir con los plazos y las pruebas, le ha ganado un sitial de honor en el altar afectivo de Hato Mayor.
La vida le ha sonreído con la misma nobleza con la que él ha tratado al prójimo.
Con su oficio noble, levantó una hermosa familia. De su primer hogar con Belkis Vega nacieron Maricruz, Wanellys y Winner. Más tarde, junto a su actual esposa y compañera de vida, Magdalena Polanco, procreó a Winer y Wilbel. Ha visto a sus hijos convertirse en profesionales y técnicos, y tiene techo propio, vehículo para sus jornadas y el respeto unánime de una sociedad que lo define como un hombre empático, honesto y de conversación alegre que ilumina el taller.
Con el pecho henchido de gratitud eterna, William Lizardo mira hacia la calle desde su balcón de costuras.
Sabe que cada puntada dada en estos más de 50 años ha sido un hilo de amor trenzado con el pueblo de Hato Mayor, un respaldo que devuelve cada día transformando un simple trozo de tela en una obra de arte imperecedera






