Periodistas asesinados de RD en el siglo XX 1 de 2

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Por Manuel Antonio Vega

​La historia del periodismo dominicano en el siglo XX está escrita con tinta, pero también con la sangre de quienes se negaron a canjear la verdad por el silencio. Durante el régimen de los «12 años» de Joaquín Balaguer (1966-1978), el ejercicio de la comunicación social no era simplemente una profesión de riesgo; era, en la práctica, un desafío directo a una estructura de poder dispuesta a fusilar la disidencia.

Bajo el manto de la «democratización» tutelada tras la intervención militar de 1965, el Estado dominicano operó una maquinaria de represión selectiva que convirtió a los periodistas críticos en objetivos de caza.

​La censura, el cierre patronal de medios y la persecución política no fueron excesos aislados de subalternos febriles; fueron pilares de una política de Estado diseñada para sofocar la libre expresión.

​El Martirologio de la prensa dominicana

​Para comprender la magnitud del terror balaguerista, es imperativo rescatar del olvido los nombres de aquellos cuya voz intentó ser sepultada bajo tierra:
​Guido Gil Díaz: Abogado, historiador y periodista. Su desaparición forzada al inicio del régimen sentó el macabro precedente de que el pensamiento intelectual y el compromiso social se pagaban con la vida. Su paradero sigue siendo un misterio insondable.

​Abraham Rodríguez: Corresponsal en La Romana. Su caso ilustra el modus operandi del terror local: citado por el jefe del servicio secreto, desaparecido y, según el clamor popular, lanzado al mar. Una metáfora brutal de la disolución de los derechos humanos.

​Gregorio García Castro («Goyito»): Destacado columnista que, a pesar de haber sufrido el exilio, regresó para sostener su pluma. Fue asesinado a tiros en plena capital, evidenciando que no había zona segura para la verdad.

​Orlando Martínez Howley: Director de la revista ¡Ahora! y autor de la célebre columna «Microscopio». Su asesinato el 17 de marzo de 1975 conmocionó a la sociedad dominicana y se convirtió en el símbolo universal de la resistencia de la prensa nacional.

​Plinio Díaz Vargas, Enrique Piera y Frank Cruz Bergés: Víctimas de una violencia paraestatal ejecutada por grupos como la «Banda Colorá», un brazo armado que permitía al régimen ejecutar el trabajo sucio mientras el Ejecutivo se lavaba las manos en discursos de orden y paz.
​Análisis de una Pluma Sentenciada: Orlando Martínez y las Entrañas del Poder
​El fragmento de la columna «Microscopio» de Orlando Martínez que se conserva es una pieza de arqueología forense sobre la corrupción y las pugnas de poder en el balaguerato.

Con una lucidez pasmosa, Martínez desnudó la farsa de las «comisiones investigadoras» del régimen tras el asesinato de Gregorio García Castro («Goyito»).

​Al analizar el texto de Martínez, saltan a la vista tres verdades estructurales del régimen:
​1. La Impunidad como Garantía Corporativa
​Orlando Martínez lo vaticinó con crudeza: “A Sócrates Pichardo no le va a pasar nada… la prueba más contundente de que al ex-militar no le pasará nada es, aunque parezca ilógico, que todavía no le ha pasado”.

El periodista entendía que el sistema penal no buscaba la justicia, sino la administración del daño político. La solución oficialista —sacar a los sospechosos del país— no era un castigo, era una jubilación dorada a costa de la impunidad.

​2. La «Temporada de Caza» y la fragilidad del periodista

​La crítica de Martínez se vuelve desgarradoramente profética cuando advierte:
​“¿Quién nos puede asegurar que un funcionario poderoso o un jefe militar, criticados por hombres de la prensa, no se decidirán a eliminar (sería tan bajo el precio) a uno de esos periodistas ‘fuñones’?… estaremos caminando sobre arenas movedizas”.

​Pocos meses después de escribir estas líneas, el propio Orlando pagaría con su vida ese «precio tan bajo». El poder político y militar había descubierto que asesinar a un periodista era políticamente barato en la República Dominicana de los años setenta.

​3. El Estado pandillero: El antedespacho como ring de boxeo

​La reconstrucción teatralizada que hace Orlando del altercado entre el general Ernesto Cruz Brea (Jefe de la Policía) y el mayor general Neit Rafael Nivar Seijas en el mismísimo antedespacho del presidente Balaguer es antológica.

Revela un Estado fragmentado en feudos militares que competían por el favor del «Jefe».

La imagen de un Jefe de la Policía desabotonándose el saco para mostrar dos granadas de mano y una pistola frente a su rival expone que el régimen de los 12 años no era un gobierno institucional, sino una corporación armada donde los hilos de la vida y de la muerte se decidían en base a egos, lealtades mafiosas y vendettas personales.

​El Eco de las balas y la asignatura pendiente

​El caso de Orlando Martínez logró, décadas después y bajo una intensa presión social, llevar al banquillo de los acusados a algunos de los autores materiales.

Sin embargo, el autor intelectual —cuyo nombre la historia y el rumor público grabaron a fuego— murió en su cama, rodeado de honores de Estado.

​Los asesinatos de periodistas en el siglo XX dominicano no deben leerse como crónicas rojas del pasado.

Fueron intentos quirúrgicos de extirpar los ojos y las cuerdas vocales de una sociedad que despertaba a la modernidad democrática.

Cuando un periodista es asesinado y su crimen queda impune, el mensaje del poder es claro: la verdad tiene un precio que el Estado no va a proteger.

​Recordar a Orlando, a Goyito, a Guido Gil y a sus compañeros no es solo un ejercicio de memoria histórica; es un acto de resistencia crítica contra cualquier intento contemporáneo de utilizar el poder político, económico o militar para amordazar el libre examen de la realidad dominicana.

Mientras haya zonas oscuras en la historia de estos crímenes, la democracia dominicana seguirá cargando con una deuda de sangre.

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