El juego de las olimpíadas inflacionarias: Gasolina vs. canastafamiliar

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Por Manuel Antonio Vega

En 1976, mientras estudiaba en el liceo César Nicolás Penson de Hato Mayor, leí un editorial en el Listín Diario escrito por don Rafael Herrera, el auténtico decano del periodismo dominicano. Con su agudeza característica, Herrera explicaba magistralmente que el verdadero deporte de los dominicanos no era el béisbol, sino las maniobras especulativas en torno al aumento del precio de la carne de pollo.
Medio siglo después, aquel diagnóstico no solo sigue vigente, sino que se ha quedado corto. El aumento del pollo es apenas una disciplina menor en lo que hoy se ha convertido en las «olimpíadas dominicanas del alza de precios», un evento macroeconómico donde el precio de la gasolina es la competencia reina y la población es el fanático que siempre sale perdiendo.

Mientras en escenarios internacionales, e incluso en el histórico discurso político de grandes potencias, se presiona por mantener los combustibles a raya, en la República Dominicana se opta por el arte de la prestidigitación financiera.

El gobierno anuncia con bombos y platillos el congelamiento de los precios por meses, bajo la promesa de que la tendencia cambiará si el petróleo baja.

Sin embargo, la terca realidad golpea el bolsillo: el barril de petróleo a nivel internacional experimenta bajas significativas y el alivio nunca se transfiere a los derivados en el mercado local.

¿Se acabó la existencia de gasolina? No.

El problema es político y fiscal. El Estado se ha cerrado en mantener los precios elevados para raspar el fondo del caldero y ganarse unos «cheles extra», intentando cubrir un déficit fiscal que ellos mismos han profundizado mediante el endeudamiento alegre en la banca internacional.

Al final, se aplica la máxima de siempre de este régimen: beneficiar a los de arriba y echarle el muerto a los de abajo.

Aquella vieja y desgastada fórmula de «si sube, sube; si baja, baja», pasó a ser un mito urbano.

Medios alquilados frente a la cruda realidad

Esta crisis inflacionaria apenas se asoma tímidamente en los grandes titulares de la prensa nacional. No es casualidad; el gobierno juega deliberadamente a la manipulación de los mass media, manteniendo una nómina invisible de plumas y voces alquiladas en la comunicación nacional para maquillar la realidad.

Pero el maquillaje no rinde en el colmado.

De mantenerse la asfixia en los combustibles, el aparato productivo colapsará, porque el combustible lo encarece todo.

Los productos de la canasta familiar suben sin control, metro a metro y colmado por colmado, ensanchando la brecha del hambre en los barrios marginados, donde hay familias enteras que pasan el día a base de agua y pan vacío.

El subdesarrollo estructural y la ausencia del Estado

El fondo del problema radica en nuestro subdesarrollo generalizado y en una clase terrateniente e inversionista históricamente atrasada, que boicotea la creación de un mercado nacional sólido y una reforma agraria real.

El abastecimiento de petróleo o de insumos importados jamás se resolverá definitivamente mediante incentivos ciegos a propietarios privados que solo buscan el beneficio propio.

El Estado debe dejarse de paños tibios y emplearse a fondo en la producción nacional.

Si el gobierno no asume un rol planificador y ejecutor en el campo, tendremos crisis eternas con el pollo, la leche y todo lo básico.

Mientras hoy adquirir un litro de leche es un lujo de clase media alta, en épocas de Balaguer, con todas sus luces y sombras, se distribuían raciones alimenticias gratuitas a los sectores vulnerables.

Hoy, bajo la administración de Luis Abinader y el PRM, las famosas «funditas» han desaparecido, el desempleo cabalga en los barrios y la mano de obra en sectores clave como la construcción ha sido tomada por asalto ante la falta de controles regulatorios.

Hora de ponerse pantalones largos

La salida para un país como el nuestro está condicionada por un atraso estructural y por un crecimiento macroeconómico que se cacarea en las altas esferas, pero que nunca llega a la mesa de los pobres.

Encontrar una solución nacional requerirá, naturalmente, de un proceso complejo de avances, retrocesos y rectificaciones.

Sin embargo, el punto de partida es inmediato: este gobierno debe quitarse los pantalones cortos que representan el atraso y la improvisación

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