Juan Bosch: «El hombre de hoy viene prefigurado en el niño de ayer»

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La frase que encabeza este artículo es de la autoría del gran Maestro Juan Bosch y parece escrita para explicar su propia existencia: «El hombre de hoy viene prefigurado en el niño de ayer». Pocas veces un hombre ha encontrado una fórmula tan precisa para explicar la misteriosa continuidad entre la infancia y la vida adulta.

No se trataba de una reflexión abstracta. El profesor hablaba de sí mismo. Cuando uno lee sus palabras descubre que detrás del escritor, del político, del exiliado, del líder y del presidente había un niño que, muy temprano, comenzó a hacerse preguntas sobre la patria. Un niño que todavía no podía comprender las complejidades de la historia dominicana, pero que sí podía sentir el dolor de ver a su país sometido a un poder extranjero.

Esa experiencia ocurrió durante la ocupación militar norteamericana de 1916. Bosch era apenas un niño, pero aquella imagen quedó grabada en su memoria con una fuerza extraordinaria. Lo dice en esta conmovedora confesión: «cuando tuve conciencia de ella fue a causa de que ya no era una patria sino un dominio». El niño descubrió su patria precisamente cuando sintió que la había perdido. Y esa pérdida produjo en él un dolor que, según confesó, muchas veces lo mantenía despierto cuando ya debía estar durmiendo. «Velar es difícil para un niño», escribió. Pero aquel niño velaba pensando en su patria ocupada.

De aquella experiencia nació en Bosch un sentimiento. El niño sintió que algo no estaba bien. Sintió que aquello que debía pertenecer a los dominicanos estaba en manos de otros. Y esa sensación de despojo comenzó a formar una relación emocional con el país que habría de acompañarlo durante toda su existencia.

Pero el sentimiento patriótico de Bosch no se alimentó únicamente del dolor provocado por la ocupación. También nació de una temprana lectura de la historia dominicana y, sobre todo, de la necesidad infantil de encontrar héroes. Bosch confiesa que, a los diez años, ya «sentía vergüenza de que Pedro Santana, el hombre que había anexado el país a España en 1861, y Buenaventura Báez, quien había intentado entregar Samaná a los Estados Unidos, fueran dominicanos». La frase tiene una enorme fuerza porque revela que el niño no admiraba automáticamente a los hombres que habían ejercido el poder. Para él había algo más importante que el poder: la dignidad nacional.

Y ahí está, a mi juicio, una de las claves para entender al Bosch adulto. Mucho antes de enfrentarse a las grandes disputas políticas de su tiempo, había establecido dentro de sí una especie de escala moral. Había hombres que podían haber sido presidentes, generales o personajes importantes y, sin embargo, no merecían su admiración. Y había otros, incluso muertos, derrotados o perseguidos, que podían convertirse en referentes porque habían defendido la patria.

Acaso allí comenzó a nacer el Bosch que conocemos. Porque para él la política no podía reducirse a conquistar el poder. Detrás de esa concepción parece encontrarse, entre otras experiencias, la sensibilidad de aquel niño que sintió vergüenza ante las posturas que consideraba contrarias a la dignidad nacional.

Por eso resulta tan importante la segunda parte de su confesión: «Al andar de los años aquel dolor y aquella vergüenza se convirtieron en pasión dominicana». Aquí está, quizá, la clave de toda su vida. Bosch reconoce que la pasión dominicana nació del dolor y de la vergüenza. Primero fue una herida y después se convirtió en una vocación.

La historia dominicana terminó convirtiéndose en una parte inseparable de su identidad. La ocupación norteamericana, la memoria de la anexión a España, los intentos de entregar Samaná, las luchas de los restauradores, el exilio, la dictadura de Trujillo y, finalmente, la experiencia del poder fueron construyendo en él una determinada manera de mirar el país.

Por eso escribió desde la pasión. Lo dice él mismo: «cuando empecé a escribir lo hice con esa pasión». La literatura fue entonces otra forma de servir a la patria. Escribió cuentos, novelas, ensayos y textos políticos, pero detrás de los distintos géneros había una preocupación persistente por el ser humano y por la sociedad en que ese ser humano vivía.

Después vino la política. Y aquí aparece otra afirmación importante suya: «cuando me tocó ser el líder de un partido político y el Presidente de mi país, tuve buen cuidado de conducirme como un dominicano que tenía el orgullo de su nacionalidad».

La expresión «tuve buen cuidado» merece detenerse en ella. El niño que había sentido vergüenza de Santana y Báez llegó a convertirse en un hombre que debía tomar decisiones políticas. El niño que había sufrido viendo a su país sometido llegó a ocupar la Presidencia de la República. El niño que había permanecido despierto pensando en una patria disminuida llegó un día a tener en sus manos una parte del destino de esa patria. Y entonces tuvo que demostrar si aquella pasión infantil era solamente una emoción del pasado o si se había convertido realmente en un principio de conducta.

Bosch parece decirnos que procuró no traicionar al niño que había sido. Y eso es sumamente importante. Porque todos cambiamos. La infancia queda atrás, llegan las ambiciones, las decepciones, los compromisos, las derrotas, las tentaciones y las circunstancias. El poder, particularmente, puede transformar a un hombre. Bosch, sin embargo, está diciendo que quiso conservar dentro del hombre adulto la conciencia que se instaló en el niño cuando vio a su patria ocupada.

Por eso aquella frase inicial adquiere una dimensión todavía mayor. La historia de Juan Bosch no comenzó cuando salió al exilio, ni cuando allí fundó un partido, ni cuando tomó posesión de la Presidencia de la República. Comenzó mucho antes. Comenzó en la mirada de aquel niño que permanecía despierto, velando por una patria que todavía no sabía cómo defender.

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