«La Encerrona»: Tortura Yankee en Hato Mayor

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Por Manuel Antonio Vega

Hato Mayor del Rey, una histórica e hidalga ciudad fundada por los colonizadores españoles hacia el año 1520, volvió a recibir con amargura los rigores de la opresión extranjera cuatro siglos después. Durante la infame intervención militar norteamericana que flageló al país entre 1916 y 1924, las tropas de ocupación utilizaron su más retorcido ingenio para torturar, vejar y masacrar a los opositores locales. En esta indómita e histórica demarcación del Este dominicano, la resistencia civil pagó un precio altísimo de sangre frente a un invasor que pretendía doblegar la soberanía nacional a base de puro terror de Estado.

Tres años antes de verse obligados a abandonar el suelo patrio, específicamente en el mes de noviembre de 1921, los intervencionistas estadounidenses pusieron en práctica una de las arbitrariedades más ominosas y sádicas de nuestra historia republicana.

Esta diabólica maniobra militar, bautizada por el sufrimiento del pueblo llano bajo el tétriconombre de «La Encerrona», consagró a los oficiales del cuerpo de Marines como los hombres más crueles e implacables que jamás hubieran pisado el «Hato», apelativo con el que tradicionalmente se conocía a esta indomable y combativa población.

La nefasta ejecución de esta medida estuvo dirigida de forma directa por el truculento y despiadado Capitán Fuc Kukela.

Este malvado oficial, movido por un desprecio absoluto hacia la dignidad humana de los nativos, ordenó la inmediata construcción de gigantescas empalizadas perimetrales que contaban con densas hileras de hasta nueve y diez cuerdas de alambre de púas en las afueras del pueblo.

El propósito real de estos cercados monumentales no era otro que concentrar a la población civil en campos de aislamiento forzado para torturarlos masivamente, dejándolos morir de forma agónica por inanición, expuestos a la intemperie absoluta y privados deliberadamente de toda fuente de agua y comida.

Estos siniestros centros de reclusión forzada y torturas generalizadas se levantaron en los parajes de Los Chicharrones, El Manchado y en las inmediaciones del Ingenio Quisqueya.

En aquellos corrales humanos, los valientes sublevados e insurrectos opuestos al Yankee Invasor eran encerrados y hacinados en condiciones degradantes como si fuesen animales salvajes.

El suplicio no terminaba allí; al caer las sombras de la noche, los prisioneros eran obligados a desfilar de manera humillante a través de unas casillas de madera estratégicamente diseñadas. En el interior de estas estructuras permanecían ocultas las llamadas «comisiones identificadora» .

Los soldados iluminaban repentinamente los demacrados rostros de los campesinos con fuertes bombillas eléctricas y linternas de alta potencia con el único fin de determinar de forma arbitraria quiénes de ellos pertenecían a las guerrillas patrióticas, tildadas despectivamente por el imperio como «gavilleros».

Lo más indignante y maquiavélico de estas comisiones es que estaban integradas, bajo coerción o engaño, por antiguos prisioneros desmoralizados y mujeres de los mismos insurgentes sublevados que habían sido capturadas en combates previos.

Los oficiales norteamericanos otorgaban absoluta credibilidad institucional a las delaciones obtenidas en este perverso juego de sombras, sentenciando de forma automática a muerte o a trabajos forzados a los infelices ciudadanos que no lograban superar el filtro de las misteriosas casillas.

El paraje de Los Chicharrones se convirtió, sin lugar a dudas, en el escenario más dantesco y sangriento de la región.

De acuerdo con las desgarradoras crónicas rescatadas por el ilustre historiador Melchor Contín Alfau en su célebre obra literaria “El Hato Mayor del Rey”, hasta esa fatídica comarca fueron conducidos a la fuerza centenares de hombres y jóvenes inocentes, arrastrados principalmente desde los campos cañeros del ingenio Las Pajas.

En ese epicentro del horror, los desafectos que mostraban el más mínimo rastro de altivez o valentía eran sometidos a tormentos indescriptibles; se les quemaba vivos arrojándoles gases inflamables o se les ejecutaba sumariamente en el acto, siendo atravesados sin piedad por las bayonetas caladas del ejército opresor.

La sólida tradición oral y los registros escritos de la época detallan que el mando directo del campamento militar del ingenio Las Pajas se encontraba bajo la tutela de un capitán dominicano traidor a su patria, quien operaba con la complicidad directa del prestigioso pero cómplice abogado estadounidense Horace G. Knowles.

Las acciones perpetradas en Hato Mayor del Rey no solo constituyeron una flagrante aberración jurídica e institucional, sino que figuraron entre los crímenes de lesa humanidad más espeluznantes, sangrientos y deshonrosos cometidos por la bota interventora en toda la geografía de la República Dominicana, dejando una profunda cicatriz de dolor y orgullo patriótico que aún resuena en la memoria histórica del pueblo oriental.

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