Por Manuel Antonio Vega
No es una nueva clase política; son parásitos que se alimentan del quehacer político, desnudando y quitándole el traje celestial al arte social que representa la política en sí.
Para Aristóteles, la política era la más noble de las ciencias, aquella dedicada a la búsqueda del «bien supremo» y la organización justa de la polis.
Sin embargo, en la República Dominicana contemporánea, esta definición ha sido secuestrada por una especie muy particular: los llamados «pichones de la política».
Este término, utilizado en el argot popular y periodístico, se refiere despectivamente a los nuevos aspirantes o figuras jóvenes que buscan incursionar en la arena pública, pero cuya naturaleza dista mucho del ideal aristotélico del zoon politikon (el animal político).
El término compara a estos principiantes con aves que apenas están aprendiendo a volar. Sugiere que aún no tienen experiencia, peso real o madurez ideológica; pero lejos de ser aprendices inofensivos, su accionar empaña y pervierte la ciencia política, reduciéndola a un mercado de supervivencia y oportunismo.
Los nuevos sofistas no tiene ideología, pero con estratagemas logran confundir a las masas y los propios políticos, a quienes envuelven en mundo funcional.
Entre las características principales atribuidas a los «pichones» destaca una profunda carga crítica por parte del electorado dominicano; carecen de ideología y formación política genuina.
Si Platón los observara hoy, no dudaría en clasificarlos como los sofistas modernos: aquellos que no buscan la verdad ni el bienestar común, sino que dominan el arte de la persuasión y la apariencia para el beneficio personal.
Son capaces de estructurar y diseñar estratagemas complejas con un único fin teleológico: «arrancar dinero a los políticos».
Espejismos de poder
Se presentan como los grandes «hacedores de multitudes», pero en el fondo de sus sueños, su máxima aspiración es alcanzar una porción del pastel económico que los aspirantes a posiciones electivas sueltan durante las campañas.
Falsas candidaturas
Muchos hasta se presentan como potenciales candidatos, no por una vocación de poder o servicio, sino buscando que los verdaderos aspirantes a senadores, diputados y alcaldes financien sus pretensiones a cambio de que se retiren de la contienda.
Se les critica, con justa razón, por carecer de principios arraigados o programas de gobierno sólidos.
Su filosofía no es la del Estado, sino la del pragmatismo más cínico, que es actuar por pura conveniencia.
«Arrastra panzas»: La política desde el vientre
Los mismos candidatos reales suelen definirlos con un término lapidario: «Arrastra panza».
Esta expresión coloquial, propia del español caribeño, tiene una doble connotación. Mientras que en Cuba se le llama así a un coche desvencijado o «carcacha», en la República Dominicana define a una persona insignificante, de poca importancia o valor.
Filosóficamente, el «arrastra panza» representa la victoria del alma concupiscible (los deseos básicos y el apetito) sobre el alma racional.
No caminan erguidos bajo el peso de los ideales; se arrastran movidos únicamente por el hambre del presupuesto.
A pesar de su supuesta insignificancia, tienen un dominio táctico de su labor. Llegan a organizar reuniones y hasta grandes mítines, pero siempre operando con los recursos financieros de los candidatos reales.
Esta habilidad parasitaria les ha permitido a algunos «pichones» escalar, alcanzando posiciones de regidor e incluso de alcalde en juntas distritales.
Son marionetas del caudillismo al parecer de falta de voluntad propia.
Una de las tragedias de esta figura es su absoluta dependencia de los líderes tradicionales.
Frecuentemente son ahijados políticos, familiares o protegidos de los «caciques», los políticos de mayor trayectoria e influencia dentro de los partidos.
Carecen de lo que el filósofo Friedrich Nietzsche llamaría «voluntad de poder» autónoma. Dan la impresión de ser simples títeres o relevos automáticos.
Son extensiones de un poder ajeno, diseñados para mantener el statu quo mientras fingen representar la renovación y la sangre nueva.
El triunfo de la apariencia sobre la esencia
A menudo se caracterizan por repetir discursos populistas aprendidos, prometer soluciones simplistas y usar estrategias de marketing superficiales en redes sociales para ganar popularidad rápidamente.
Esta etiqueta refleja el escepticismo de gran parte de la sociedad dominicana frente a las supuestas «nuevas caras», a quienes ven simplemente como «más de lo mismo» disfrazados de juventud.
La ironía de los «pichones» alcanza su punto máximo en su afán por aparentar.
Abundan en todo el ecosistema de los partidos tradicionales y emergentes, y en su intento por ocultar su vacío, recurren al robo de la sabiduría clásica.
Cultivan y practican desde frases filosóficas de pensadores de la antigüedad hasta citas bíblicas sacadas de contexto, todo para llamar la atención y construir una ficticia formación intelectual.
Maquiavelo advertía que al príncipe le basta con aparentar tener virtudes; el pichón lleva este consejo al extremo de la caricatura.
El mal necesario de la maquinaria
Al final, la paradoja más dolorosa para la democracia dominicana es que estos parásitos parecen ser necesarios en la armadura de las candidaturas políticas.
El ecosistema electoral, desgastado y transaccional, los necesita para movilizar, hacer ruido y llenar espacios.
El resultado final es trágico para la república: estos «pichones», tras parasitar las campañas, terminan siendo colocados en puestos importantes de la administración pública.
Así, la política deja de ser el arte de organizar la esperanza colectiva, para convertirse en el triste botín de quienes aprendieron a volar únicamente para rapiñar.
Son en síntesis, la degradación del arte social.






