Por Manuel Antonio Vega
Dicen los filósofos existencialistas que el hombre no es de donde nace, sino de donde elige sembrar su destino. Ramón Manuel Quezada Silvestre, a quien el pueblo bautizaría para siempre con el sonoro y mecánico apodo de «Món Jeep», no era originario de Mata Palacio. Llegó desde las tierras de Mata de Palma, en El Seibo, arrastrando la fuerza indómita de sus treinta y tantos años.
Llegó como llegan los hombres que intuyen que el azar es solo el disfraz del destino: a trabajar las tierras del hacendado Nicolás Casasnovas.
Al volante de un vehículo, Món no solo aprendió a dominar los caminos vecinales de polvo y lodo; aprendió que la vida, en su esencia más pura, es un viaje donde el conductor es responsable de quienes viajan en la parte trasera.
La metafísica del volante
Para Món Jeep, el transporte no era un negocio de monedas, sino un acto de comunión social. Al comprar su propia camioneta y trazar las rutas Morquecho-Hato Mayor y Morquecho-Consuelo, Món no solo trasladaba cuerpos y mercancías; trasladaba anhelos, dolores, partos inminentes, mercados urgentes y esperanzas cotidianas.
En una época donde la distancia aislaba a los seres humanos, la camioneta de Món Jeep era el puente.
Él entendió, quizás sin leer a los grandes pensadores, la máxima de la alteridad: el «yo» solo se realiza a través del «otro».
Él era el movimiento en una comarca que se resistía a quedarse estático.
Tenía el poder como herramienta, la política como servicio
El filósofo Platón argumentaba que el poder solo debe ser ejercido por aquellos que no lo codician, sino que lo ven como un deber moral, pues Món Jeep encarnó esta utopía en el hoy Distrito Municipal de Mata Palacio.
Como principal dirigente del Partido Reformista Social Cristiano durante los gobiernos de Joaquín Balaguer, Món descubrió una verdad que a muchos políticos de hoy se les escapa: la influencia política no es un pedestal para el ego, sino un pico y una pala para construir el bienestar común.
Món no pedía para sí. No buscaba ministerios ni prebendas. Tocaba las puertas de funcionarios para llevar a Morquecho las obras comunitarias que hoy, décadas después, siguen en pie.
Su militancia no era ideológica; era visceralmente humanitaria.
Usaba el peso de su nombre para inclinar la balanza a favor de los desposeídos de su jurisdicción.
La riqueza del desapego y el hogar compartido
Hay una frase popular que en Morquecho se repite como un mantra sagrado: «Se quitaba la comida de la boca para dársela a quien la necesitaba».
Desde la perspectiva del capitalismo feroz, esto es una locura; desde la perspectiva de la filosofía estoica y cristiana, es la cumbre de la virtud.
Món Jeep practicó el desapego absoluto. Su sudor al volante generaba ingresos, pero sus manos eran un colador por donde el dinero pasaba directamente a los hogares más vulnerables.
Món entendió que la única riqueza que nos llevamos al morir es aquella que fuimos capaces de regalar en vida.
A su lado, como un faro de dignidad, caminaba su esposa Nena Díaz. Mientras Món construía los lazos invisibles de la comunidad, Nena tejía los hilos reales de la identidad del pueblo.
Durante tres décadas fue la modista más demandada de Mata Palacio.
Cinco de los diez hijos de Món crecieron bajo el calor de este matrimonio que unía la aguja de coser y el volante de una camioneta para sostener no solo a una familia, sino a una comunidad entera.
El éxodo, el silencio y las diez páginas de la historia
En 1996, el viento político cambió de rumbo en la República Dominicana con la ascensión de Leonel Fernández.
Como si supiera que su ciclo de 29 años en Morquecho había alcanzado la perfección de un círculo cerrado, Món Jeep empacó sus recuerdos y se trasladó con su familia a San Pedro de Macorís.
Fue un retiro silencioso, el repliegue del guerrero que sabe que ya ha librado sus mejores batallas.
El 1 de mayo del 2004, coincidiendo poéticamente con el Día Internacional del Trabajador, Món Jeep apagó definitivamente su motor terrenal a los 65 años de edad.
La historia con mayúscula suele cometer el error de registrar únicamente a los generales de las batallas o a los firmantes de las constituciones.
Pero la microhistoria, la historia verdadera, la que late en las venas de los pueblos, se construye con hombres como Ramón Manuel Quezada Silvestre.
Manuel Reyes, considerado el vocero de Mata Palacio, detención que «cualquier cronista o escritor que asuma la sagrada tarea de redactar la historia de Mata Palacio cometería un acto de traición literaria si no le dedica, al menos, diez páginas de oro a su figura».
Porque hablar de Món Jeep no es hablar del pasado; es hablar del estándar moral bajo el cual debe medirse el futuro de Morquecho.
Món Jeep demostró que no se necesita una corona para ser rey, ni millones para ser filántropo; solo se necesita una camioneta, un corazón inmenso y un camino por recorrer.
Personajes como Ramón Manuel Quezada Silvestre («Món Jeep») no solo habitan la historia de un pueblo; habitan su identidad, su mística y su moral.
¿Quiénes lo conocieron?






