Por Manuel Antonio Vega
El ser humano posee una vocación pertinaz para alterar el orden del que depende su propia existencia. Bajo la promesa de la utilidad estética o el confort doméstico, introducimos elementos en ecosistemas complejos con la pretensión ciega de poder dominar sus consecuencias. La llegada e invasión del Hypostomus Plecostomus, el Pez Diablo o «Limpia Vidrios», a los cuerpos de agua de la provincia La Altagracia y otras regiones del país no es únicamente una crisis biológica o de gestión pública; es un síntoma de la razón instrumental desbocada y de la profunda desconexión ética entre la sociedad contemporánea y el medio natural.
Resulta poético, en un sentido trágico, que una especie cuya función asignada por el mercado fue la de «limpiar» la mugre generada por la cautividad humana en peceras y acuarios sea hoy la responsable de devastar el equilibrio ecológico de lagunas como Comatillo y atacar ríos como el Higuamo, Soco, Seibo, en la parte oriental de la Isla Hispaniola.
En esta paradoja se condensa la crítica que el filósofo Martin Heidegger formulaba sobre la técnica moderna: la tendencia a considerar la naturaleza no como un cosmos de relaciones interconectadas y sagradas, sino como un simple «fondo de reserva» (Gestell), una herramienta reducible a nuestra conveniencia.
El Pez Diablo no buscó los ríos dominicanos. Fue traído para servir como un siervo biológico, un adminículo viviente para mantener cristales transparentes en comercios y hoteles.
Sin embargo, al romper los márgenes del cautiverio , sea por negligencia, por desidia o por la irresponsabilidad de soltarlo tras perder su atractivo, la criatura ejerce su pura potencia biológica.
Dotado de una coraza inexpugnable y de una capacidad insaciable para devorar sedimentos y frezas, el pez simplemente responde a la ley de la supervivencia en un entorno desprovisto de sus reguladores naturales.
La invasión no es una maldad del animal; es el reflejo invertido de la imprudencia humana.
El abandono institucional y la ética de la responsabilidad
Desde la perspectiva de la ética ambiental desarrollada por Hans Jonas en su principio de responsabilidad, el poder tecnológico y la capacidad de intervención del hombre sobre el medio conllevan el deber moral de prever las consecuencias a largo plazo.
La inacción o la respuesta tardía de las autoridades ambientales revela un fallo sistémico en la gobernanza de lo común.
Cuando la presencia de un organismo invasor pasa inadvertida o es ignorada hasta que la producción de tilapias colapsa y la biodiversidad local se erosiona, la negligencia estatal trasciende la burocracia para convertirse en un problema ético.
La degradación de los ecosistemas suele iniciarse en la invisibilidad.
Las aguas turbias alimentadas por desechos orgánicos e industriales, como los vertidos que recibe la propia laguna, crean el caldo de cultivo ideal para que una especie resistente prosiga su expansión mientras las especies nativas sucumben.
Hay una violencia silenciosa en este proceso: la sustitución paulatina de la fauna autóctona por un monocultivo de supervivencia donde solo prevalece la coraza más dura.
Hacia una reapropiación comunitaria y consciente
Frente a la parálisis administrativa y al catastrofismo que aventura presagios desproporcionados, la respuesta no puede ser el mero lamento.
La transformación de una amenaza en una oportunidad exige pragmatismo y empatía comunitaria.
Integrar la pesca del Pez Diablo dentro de la gastronomía local, aprovechar su piel para la artesanía y promover incentivos para su captura selectiva no son solo medidas de control biológico; representan una forma de justicia restaurativa.
Superar la crisis del Pez Diablo exige abandonar la ingenua idea de que la naturaleza se autoajusta indefinidamente ante las distorsiones que le imponemos.
Requiere asumir que cada criatura liberada fuera de su hábitat es una afirmación de hybris humana cuyas consecuencias recaen sobre los más vulnerables: los pescadores artesanales y los ecosistemas locales.
Si el «Limpia Vidrios» nos enseña algo en su silencioso dominio de las aguas, es que la verdadera limpieza no se logra delegando la suciedad en una especie invasora, sino asumiendo la responsabilidad ética del impacto de nuestras acciones sobre el territorio que habitamos.







