Balaguer y su página en blanco

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Por Manuel Antonio Vega

Hace unos días volví a leerme el libro «Memoria de un Cortesano en la era de Trujillo, donde Joaquín Balaguer, figura central y contradictoria de la historia dominicana, da notación de que fue un maestro en el arte de la penumbra política. A más de dos décadas de su desaparición física en julio de 2002, su legado sigue interpelando a la sociedad dominicana, no solo por las sombras de sus gobiernos, sino por la puesta en escena de uno de sus enigmas más calculados: la «página en blanco» de sus Memorias de un cortesano en la era de Trujillo.

En la página 333 de dicho libro, publicado en 1988, el enigmático Balaguer abordó el crimen del periodista Orlando Martínez, asesinado en 1975.

En lugar de ofrecer nombres o asumir responsabilidades, el expresidente insertó un vacío preñado de intención: un texto donde afirmaba que la verdad permanecía muda, pero que un día hablaría a través de una persona depositaria del secreto, encargada de revelarlo años después de su muerte.

Desde la filosofía del lenguaje y la teoría del poder, ese espacio sin letras no fue una omisión; fue un acto del habla deliberado.

Balaguer no dejó un vacío: construyó un mito.

Al suspender la revelación de la verdad y diferirla hacia un futuro indefinido, logró subordinar la justicia penal a la narrativa literaria.

Transformó un hecho de sangre en un enigma estético, logrando que la discusión pública derivara del «quién lo mató» al «quién guarda el secreto».

El silencio, administrado de esta manera, se convierte en la forma más depurada del control.

Balaguer conocía perfectamente el impacto de la inmortalidad simbólica y el morbo de la posteridad.

Sabía que la incertidumbre paraliza el juicio histórico y mantiene a la opinión pública atrapada en el bucle de la especulación.

Incluso colaboradores cercanos como Rafael Bello Andino llegaron a referirse en su momento al plazo de dos décadas como el tiempo prudente para la revelación, una fecha que ya ha quedado atrás sin respuesta alguna.

Aquella maniobra plantea interrogantes incómodas sobre la ética de quien ejerce la máxima magistratura de un Estado.

¿Fue la página en blanco una treta promocional para inmortalizar su obra, un mecanismo de protección personal frente a los poderes fácticos de la época, o una muestra de desdén hacia la memoria colectiva?

El secreto nunca ha residido en el qué, pues los historiadores y la justicia han arrojado luz sobre la estructura represiva de aquellos años, sino en el cómo un líder político logró jugar con el tiempo y la memoria de toda una nación.

Al final, la página en blanco de Balaguer nos deja la lectura de que, en el teatro de la política, a veces el vacío no es la ausencia de palabras, sino la herramienta más contundente para salirse con la suya.

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