Por Manuel Antonio Vega
Ayer volví a abrir las páginas del libro «El olor de las Yeguas», del escritor y cuentista dominicano, Fernando Ureña Rib, quien nos asalta con más de 60 relatos y cuentos dignos de analizar e interpretar para extrapolar su lectura al mundo actual.
En El Bar del Cielo, en pleno centro de Viena, un hombre observa a una pareja joven frente a la silueta iluminada de la Catedral de San Esteban. La escena parece un cuadro vivo: ella, con la fragilidad estética de una madona de Parmigianino o de Murillo; él, delgado, con barba rojiza y la calvicie incipiente de un fraile de Zurbarán. Ella busca un amor absoluto, dispuesto a entregarlo todo; él se escuda en excusas de libertad, viajes lejanos y proyectos imposibles para no prometer nada.
Al final, el enigma se resuelve cuando la joven desaparece en la noche y el observador le da un par de palmadas al hombre al salir: «La perdimos, Padre, la perdimos».
La anécdota, cargada de drama y estética, trasciende el voyeurismo nocturno para enfrentarnos a un mal de nuestra época: la tendencia a proyectar nuestros ideales sobre el otro y la incapacidad de asumir el compromiso que el amor exige.
En primer lugar, la escena desnuda la paradoja del observador moderno. Tendemos a estetizar la realidad para no enfrentarnos a su crudeza. Idealizamos a las personas encajándolas en moldes artísticos o en expectativas irreales, haciendo de una mujer común una «virgen renacentista», solo para descubrir que detrás del lienzo hay contradicciones humanas, secretos y desengaños cotidianos.
En segundo lugar, el conflicto entre la joven y el sacerdote ilustra la brecha entre la entrega afectiva y el refugio en la libertad individual. Él utiliza el discurso de la autonomía personal y la distancia como una coraza, no solo por sus votos religiosos, sino por el miedo a la vulnerabilidad. Ella, en cambio, arriesga todo en busca de una certeza que nunca llegará. El resultado es el silencio insondable que acaba por enfriar cualquier vínculo.
El amor no es una abstracción que se contempla desde la distancia ni un juego de ilusiones donde uno pide todo y el otro se esconde tras excusas. Cuando el compromiso se evade, sea por votos solemnes, por egoísmo o por miedo, la ilusión se diluye. Y cuando nos damos cuenta, como en el bar vienés, la oportunidad ya se ha marchado para siempre







