La muerte de Mon Cáceres (1/2)

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POR FARID KURY

La tarde del domingo 19 de noviembre de 1911 descendía lentamente sobre Santo Domingo con esa serenidad que sólo tienen los días en que la tragedia todavía no ha mostrado el rostro. La brisa que subía desde el Ozama refrescaba las calles de la vieja ciudad colonial, mientras las campanas de las iglesias marcaban el ritmo apacible de una capital pequeña, donde casi todos se conocían y la figura del presidente de la República todavía podía confundirse entre los carruajes que recorrían las avenidas sin el aparato de seguridad que impondrían otros tiempos. Nada parecía alterar aquella paz. Sin embargo, a pocas cuadras de allí, ocultos entre árboles y cercas de madera, varios hombres aguardaban inmóviles. Habían esperado demasiado para echarse atrás.

Aquella tarde no habían salido a desafiar un gobierno; habían salido a matar a un presidente. Ramón Cáceres avanzaba ajeno a todo. Sentado en la Victoria presidencial, contemplaba distraídamente el paisaje mientras el carruaje se deslizaba con la parsimonia habitual de los paseos dominicales. Vestía pantalón y chaleco blancos, saco oscuro y el inseparable sombrero Panamá que lo protegía del sol de noviembre. Bajo la chaqueta descansaba un revólver calibre 38, el mismo que doce años antes había empuñado en Moca para poner fin al largo dominio de Ulises Heureaux.

Desde aquel día jamás volvió a salir desarmado. Había aprendido que en la política dominicana la confianza era un lujo que pocas veces sobrevivía mucho tiempo. Aun así, esa tarde parecía relajado. Había pasado el día entre su familia, había reído con sus hijos, había jugado billar con algunos amigos y nada hacía pensar que el país estuviera a las puertas de una nueva convulsión.

El coche era conducido por José Mangual, a quien todos llamaban Cachero, un hombre de aspecto sencillo pero de una fidelidad absoluta hacia el presidente. A su lado viajaba el coronel Ramón A. Pérez, conocido como Chipí, ayudante militar de Mon. Los tres habían recorrido buena parte de la ciudad sin sobresaltos. En el Parque Independencia el presidente respondió sonriente a los saludos de los transeúntes; poco después se encontró con Francisco J. Peynado y Juan Bautista Vicini Burgos, quienes, al verlo pasear prácticamente sin escolta, no pudieron ocultar su sorpresa. «¡Qué bonito! ¡Un presidente paseando solo!», exclamó Peynado con una mezcla de admiración y preocupación. Mon respondió con una carcajada y una broma dirigida a sus amigos antes de continuar el recorrido. Ninguno de los presentes imaginó que aquella despedida sería la última.

La siguiente parada fue la residencia de Juan de la Cruz Alfonseca. Allí ocurrió uno de esos episodios que, vistos con la distancia del tiempo, parecen escritos por un novelista empeñado en demostrar que el destino acostumbra a anunciarse. Apenas descendió del carruaje, doña Teolinda Castillo lo observó durante unos segundos y, sin siquiera detenerse en los saludos de rigor, le dijo con la naturalidad de quien habla movida por un presentimiento inexplicable: «Mon, deja de andar sin escolta. En este país hay mucha gente mala». El presidente sonrió, agradeció la preocupación y cambió de conversación. No era la primera vez que alguien le advertía sobre los peligros que lo rodeaban. Había sobrevivido a conspiraciones, levantamientos y atentados frustrados. Con el paso de los años terminó creyendo que ningún enemigo sería tan temerario como para atacarlo a plena luz del día.

Cuando la Victoria retomó el camino, el sol comenzaba a inclinarse sobre los tejados de la ciudad y las sombras de los árboles se estiraban lentamente sobre la carretera. Fue entonces cuando algo llamó la atención del presidente. Frente a la propiedad de Pedro Marín distinguió un grupo de hombres reunidos bajo unas matas de mango. No parecían campesinos descansando después de la jornada. Permanecían demasiado atentos al camino. Algunos sostenían botellas de aguardiente, otros llevaban revólveres a la cintura y varios miraban en dirección al carruaje con una insistencia que resultaba difícil ignorar. Mon los observó durante unos segundos. Reconoció algunos rostros. Sabía que entre ellos había hombres desafectos a su gobierno.

No sintió miedo. Sintió desconfianza.
Ordenó detener el carruaje. Pensó que lo más prudente era avisar a la prevención para que enviara una patrulla a verificar qué ocurría en aquel lugar. No quería exagerar la situación; bastaba una simple inspección para salir de dudas. A poca distancia se encontraba la residencia del banquero Santiago Michelena, donde podía utilizar el teléfono. Sin embargo, cuando llegó a la casa encontró que Michelena estaba ausente y que su esposa se encontraba en sus habitaciones. Fiel a las normas sociales de la época, consideró impropio entrar en una casa cuyo dueño no estuviera presente. Renunció a hacer la llamada, ordenó regresar al centro de la ciudad y volvió a acomodarse en el asiento del carruaje sin imaginar que acababa de dejar escapar la última oportunidad de cambiar el curso de aquella tarde.

Cachero hizo girar lentamente la Victoria y emprendió el regreso. Apenas habían recorrido unos cientos de metros cuando el cochero redujo la marcha. Delante de ellos, atravesados en medio del camino, un coche de caballos y un automóvil impedían completamente el paso. La escena resultaba extraña, pero no necesariamente alarmante. En aquellos años las calles eran estrechas y no era raro que dos vehículos dificultaran el tránsito. El coronel Pérez observó el obstáculo con gesto de fastidio y, sin darle mayor importancia, dijo con voz tranquila: «Tócales la campana, Cachero, para que se aparten».

El cochero obedeció. El sonido metálico de la campana se expandió por el camino y pareció perderse entre los árboles. Nadie movió los vehículos. Por el contrario, desde ambos lados de la carretera comenzaron a salir hombres armados. Primero fueron dos. Después cinco. Luego diez. Aparecían detrás de las cercas, entre los matorrales y bajo las matas de mango, cerrando lentamente el cerco alrededor de la Victoria presidencial. Algunos empuñaban revólveres; otros llevaban escopetas. Todos avanzaban con la determinación de quienes ya no tienen dudas ni posibilidad de regresar.

Al frente de ellos caminaba el general Luis Tejera. Su rostro permanecía inmóvil. Cuando estuvo a pocos metros del carruaje levantó lentamente el brazo derecho y, con una voz seca que hizo estremecer el silencio de la tarde, lanzó la orden que cambiaría para siempre la historia dominicana:

—¡Alto ahí, carajo! ¡Ríndanse y considérense presos!

Durante un segundo que pareció eterno, nadie se movió. Ni los caballos. Ni los hombres armados. Ni Ramón Cáceres. La tarde acababa de detenerse. Y la historia de la República Dominicana estaba a punto de cambiar para siempre.

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