La masacre del Perejil y Trujillo

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Por Manuel Antonio Vega

A casi nueve décadas de la matanza que marcó las relaciones entre la República Dominicana y Haití, la memoria histórica exige trascender los estigmas y construir un futuro de dignidad compartida.
Hace ochenta y siete años, las aguas del río Dajabón, ominosamente bautizado desde la época colonial como el río Masacre, se tiñeron de luto y tragedia. Entre los primeros días de septiembre y mediados de octubre de 1937, la frontera que divide a la República Dominicana y Haití fue el sangriento escenario de una de las limpiezas étnicas más feroces de la América Latina del siglo XX: la Masacre del Perejil.

Este oscuro episodio, sepultado intencionalmente durante décadas por la propaganda oficialista pero grabado a fuego en el imaginario colectivo haitiano, fue ejecutado bajo las órdenes directas del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Los historiadores estiman que entre 9.000 y 20.000 personas fueron masacradas de forma sistemática en el marco de una purga estatal conocida despectivamente como «El Corte».

Hombres, mujeres y niños indefensos fueron perseguidos y golpeados hasta la muerte a machetazos o culatazos.

El régimen seleccionó meticulosamente un método brutal de identificación lingüística: los soldados dominicanos portaban una ramita de perejil y exigían a cualquiera de apariencia sospechosa que pronunciara dicha palabra en español.

Para quienes tenían como lengua materna el criollo haitiano (cuya fonética de la letra «r» difiere drásticamente de la hispana), la dificultad para articular el vocablo se convertía en una sentencia inmediata de muerte. El cuello le era cortado a machetazos por fornidos hombres al servicio del sátrapa.

Incluso dominicanos de tez oscura cayeron víctimas de este exterminio insensato.

Los extranjeros como chivo expiatorio

El trasfondo de esta matanza no estuvo desvinculado de las tensiones socioeconómicas globales, pues tras el colapso financiero internacional de 1929, la economía caribeña cayó en picada.

Durante generaciones, los trabajadores haitianos habían cruzado la frontera norte para integrarse a las zafras cañeras y al trabajo agrícola dominicano.

Sin embargo, en medio del estancamiento, el régimen autoritario convirtió a la comunidad inmigrante en el chivo expiatorio perfecto para canalizar el descontento popular y legitimar una ideología ultra-nacionalista destinada a «blanquear» ideológica y demográficamente la frontera.

Documentos diplomáticos de Estados Unidos de la época describieron los eventos de 1937 como «una campaña sistemática de exterminación». Tras la presión de la administración del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, la dictadura pactó una indemnización financiera que lamentablemente nunca llegó a manos de los familiares de las víctimas.

A pesar de la barbarie estatal, la historia oral rescata destellos de humanidad: en múltiples poblados fronterizos, vecinos dominicanos arriesgaron sus propias vidas para ocultar y proteger a familias haitianas, aunque en otros lugares primó la delación impulsada por el miedo o el fanatismo inducido.
El régimen creó las condiciones para las ejecuciones, a través de propagandas inducidas.

Un legado que aún nos persigue

Las secuelas sociopolíticas del genocidio de 1937 continúan reverberando en la cotidianidad de ambos países.

Hoy en día, miles de migrantes siguen cruzando los pasos fronterizos impulsados por la crisis institucional en Haití y la demanda laboral en el sector constructivo y agrícola dominicano.

Si bien las autoridades han intensificado las repatriaciones masivas, la convivencia comunitaria cotidiana en las ciudades fronterizas demuestra que la integración real es posible.

Lesly Manigat, médico haitiano radicado en Santiago, República Dominicana e integrante del colectivo sociocultural «Frontera de Luces»: «Son más las cosas que tenemos en común que las que nos diferencian.

Sin embargo, intelectuales y defensores de derechos humanos de la misma organización, como el profesor Edward Paulino, recalcan que mientras a nivel local la población trabaja junta y celebra una sociedad mestiza e interconectada, a nivel estatal persiste un rechazo estructural y una xenofobia institucionalizada hacia la población de tez más oscura, secuela del relato trujillista.

La Masacre del Perejil no debe ser vista únicamente como una cicatriz dolorosa del pasado, sino como una advertencia permanente sobre los peligros del discurso de odio y la manipulación política de la alteridad.

Recordar esta tragedia no busca reabrir heridas, sino asegurar que la dignidad humana prevalezca sobre cualquier frontera política.

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