El delirio de Trump llega al Ormuz

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Por Manuel Antonio Vega

El narcisismo político ha alcanzado una escala geográfica sin precedentes. La reciente propuesta del presidente estadounidense, Donald Trump, de rebautizar el estrecho de Ormuz como el «estrecho de Trump» no es solo una ocurrencia provocadora en las redes sociales; es la constatación de una alarmante doctrina diplomática basada en la vanidad, el extractivismo de soberanía y una profunda desconexión con la realidad global. El mandatario parece concebir los accidentes geográficos del planeta de la misma manera en que administraba sus bienes raíces en Manhattan: un territorio se conquista, se le estampa su apellido en letras doradas y se declara mágicamente «más sexy y caliente que nunca».

Esta lógica perversa de «quítate tú para ponerme yo» esconde una peligrosa frivolidad. El estrecho de Ormuz no es un casino quebrado ni una torre de condominios; es la arteria fluvial más crítica para la economía global, un embudo marítimo por donde transita una quinta parte del petróleo mundial.

Tras los ataques de Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero que desencadenaron la actual guerra en Oriente Medio, Irán mantiene bloqueada esta vía.

Que en medio de una crisis energética global, con los precios del crudo disparados tras los recientes bombardeos estadounidenses, la máxima prioridad de la Casa Blanca sea discutir el branding del estrecho delata una absoluta falta de estatura de Estado.

La megalomanía cartográfica de la administración Trump ya es una tendencia sistemática de su segundo mandato.

Primero fue el golfo de México, renombrado unilateralmente como «Golfo de América» en enero de 2025. Luego vino el lago Ontario, convertido por decreto en «Lago América» en medio de una agria disputa arancelaria con Canadá.

Ni Ottawa ni Ciudad de México han aceptado estos rebautizos coloniales del siglo XXI, que solo sirven para erosionar las relaciones vecinales y el derecho internacional.

Al publicar mapas que muestran a Ormuz como un «nuevo territorio estadounidense», Trump no demuestra fuerza, sino una preocupante miopía imperialista.

La respuesta iraní desnudó con precisión matemática el absurdo de la Casa Blanca.

Como bien señaló Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, existe una brecha insalvable entre la incapacidad material de Washington para reabrir y pacificar el estrecho, y su arrogante pretensión de poseerlo.

Una distancia de 7,000 millas separa la capital estadounidense de una vía marítima donde Irán controla más del 50 % de la costa del golfo Pérsico.

Trump clama que la zona ya está bajo su control, pero la realidad en el agua desmiente sus publicaciones en redes: el paso sigue cerrado y los buques de guerra occidentales son incapaces de garantizar el libre tránsito sin un acuerdo político.

Rebautizar la geografía ajena es un síntoma de debilidad disfrazado de chauvinismo. Pretender borrar la historia de Ormuz para imponer la marca corporativa de un presidente es un insulto a la diplomacia internacional y un peligroso catalizador para la escalada bélica.

La comunidad internacional no puede normalizar que el destino de la estabilidad energética mundial dependa de los delirios de grandeza de un líder obsesionado con los nombres comerciales. Bienvenidos al declive de la diplomacia real, sustituida por el capricho de un mandatario que confunde el orden posestadounidense con el patio trasero de sus ambiciones personales.

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