POR FARID KURY
Jaragua era uno de los cinco grandes cacicazgos de la isla de Quisqueya y, para muchos, el más hermoso de todos. Sus conucos ofrecían abundantes cosechas de yuca, maíz y batata; los ríos descendían generosos desde las montañas y los caminos unían aldeas donde la vida transcurría con una serenidad que parecía inalterable. Allí no existían murallas ni fortalezas de piedra. La riqueza de aquel pueblo no se medía por el oro acumulado, sino por la fertilidad de la tierra, la armonía entre las comunidades y el respeto que cada generación profesaba por la anterior.
En medio de ese mundo vivía una mujer cuyo nombre atravesaría los siglos con la fuerza de las grandes tragedias. Los taínos la llamaban Anacaona, la Flor de Oro, y quienes la conocieron aseguraban que pocas veces la naturaleza había reunido en una sola persona tanta inteligencia y tanta belleza. Pero lo que verdaderamente hacía extraordinaria a Anacaona era el amor y el respeto que su pueblo le tenía.
Las noches de Jaragua eran, quizás, el momento en que aquella mujer revelaba la dimensión más profunda de su espíritu. Cuando el calor del día cedía y el cielo se cubría de estrellas, comenzaban los areítos. Los tambores marcaban el ritmo de la danza, las voces repetían antiguos cantos y los movimientos de hombres y mujeres iban reconstruyendo, como si se tratara de un libro vivo, la historia de su pueblo. Anacaona ocupaba un lugar especial en aquellos areítos.
Su hermano Bohechío, señor de Jaragua, hombre prudente y respetado, veía en Anacaona una inteligencia poco común y acostumbraba pedirle consejo antes de resolver los asuntos más delicados del cacicazgo. Entre ambos existía una confianza nacida de muchos años compartidos y de una misma manera de entender el poder. Pero el destino quiso colocar junto a Anacaona otra figura muy distinta, destinada también a convertirse en leyenda. Su nombre era Caonabo. Si Bohechío representaba la prudencia, Caonabo representaba la fuerza. Señor del poderoso cacicazgo de Maguana, era un guerrero de presencia imponente y voluntad inquebrantable. Había en él algo que inspiraba respeto incluso antes de pronunciar una palabra. Era también un observador agudo que había aprendido a desconfiar de las apariencias.
La unión entre Anacaona y Caonabo parecía reunir las dos grandes virtudes de un pueblo. Ella era la palabra; él, la espada. Ella buscaba el entendimiento; él estaba dispuesto a luchar cuando la dignidad lo exigía. Juntos representaban el equilibrio entre la prudencia y la fortaleza.
Durante algunos años, nada parecía amenazar aquella armonía. Los conucos seguían dando fruto, los areítos reunían a las familias bajo el cielo estrellado y el mar continuaba siendo un amigo generoso que ofrecía peces y abría caminos hacia otras islas. Nadie sospechaba que, mucho más allá del horizonte, otros hombres navegaban impulsados por los sueños de buscar riquezas. Y estaban dispuestos a conquistarlas a sangre y fuego.
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La historia rara vez anuncia el momento exacto en que una civilización comienza a morir. En Jaragua ese momento llegó disfrazado de una promesa de paz. Muchos años habían pasado desde que aquellas extrañas embarcaciones aparecieron por primera vez sobre el horizonte. Los hombres venidos del otro lado del océano ya no eran visitantes desconocidos. Habían levantado poblaciones, construido fortalezas, abierto caminos y extendido su autoridad sobre buena parte de la isla.
Anacaona había visto cómo ese cambio se producía lentamente. Había despedido para siempre a Caonabo, el hombre que comprendió antes que nadie el peligro que representaban los recién llegados. Había llorado en silencio la muerte de su hermano Bohechío, el gobernante prudente que durante tantos años había preservado la paz de Jaragua. Y había aceptado sobre sus hombros el peso de conducir sola a uno de los pueblos más importantes de Quisqueya en el momento más difícil de su historia.
Era una mujer que se negaba a renunciar a la esperanza, pero sabía que los taínos jamás podrían derrotar militarmente al poder que esos hombres representaban. Por eso eligió otro camino. No el de la rendición, sino el de la prudencia. Si la fuerza no podía salvar a Jaragua, tal vez pudiera hacerlo la inteligencia.
Durante años recibió a los emisarios españoles con cortesía. Compartió alimentos, abrió los caminos de su cacicazgo y procuró mantener la paz. Sin embargo, había una fuerza contra la que ni siquiera la prudencia podía imponerse: la codicia. La ambición de los conquistadores ya no se conformaba con el oro que encontraban en los ríos ni con los tributos que exigían a los indígenas. Necesitaban algo más profundo: el dominio absoluto. Mientras existieran caciques respetados por sus pueblos la conquista nunca estaría completa. Y entre todos, ninguno poseía el prestigio de Anacaona. Su autoridad iba mucho más allá de Jaragua. Era la hermana de Bohechío, la viuda de Caonabo y la reina cuya inteligencia admiraban incluso algunos españoles. Eso la convertía en un símbolo.
Fue entonces cuando llegó a La Española un hombre muy distinto de Cristóbal Colón. No era un navegante impulsado por el deseo de descubrir nuevas tierras. Tampoco un aventurero en busca de fortuna. Era un administrador del poder. Su nombre era Nicolás de Ovando. Desde el primer momento entendió que Jaragua era un problema. Y que Anacaona debía desaparecer. No porque hubiera encabezado una rebelión, sino precisamente porque seguía siendo respetada.
Ovando decidió viajar personalmente a Jaragua. Anunció que deseaba reunirse con la reina y con los principales caciques de la región para fortalecer la amistad entre españoles y taínos. Anacaona le creyó. No porque fuera ingenua. No lo era. Sino porque juzgaba a los demás desde los valores en los que había sido educada. Además, no tenía de otra.
En el mundo taíno, quien aceptaba la hospitalidad de otro hombre contraía también el deber de respetarla. Anacaona no imaginaba que para Ovando la amistad podía convertirse en el disfraz perfecto de la traición.







