La última víctima de la ocupación en Hato Mayor

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Por Manuel Antonio Vega

La ocupación militar estadounidense de la República Dominicana entre 1916 y 1924 no fue una misión pacificadora ni un acto de civilización; fue una cruenta etapa marcada por la violencia, el despojo y la impunidad. Durante ocho largos años, el suelo dominicano, y de manera muy particular las zonas rurales del Este, sobre todo Hato Mayor, sufrió el látigo implacable de las tropas extranjeras. A través de la memoria oral y del testimonio campesino, resuenan hasta hoy las crónicas de una tiranía que no tuvo reparos en cometer atropellos sistemáticos contra una población desarmada.

En las comarcas rurales de Hato Mayor, en parajes como Paso Cibao y Cibahuete, los ancianos mantuvieron viva la narración de aquellos años oscuros. Testimonios como el de Lorenza Rodríguez, conocida cariñosamente como «Teleta», retratan el estado de sitio permanente en el que vivían las familias campesinas.

Las patrullas invasoras irrumpían en los hogares, sembrando el pánico bajo el pretexto de perseguir a los «gavilleros», los patriotas armados que encendieron la chispa de la resistencia nacional.

Para los campesinos, cada avistamiento de las tropas yanquis significaba huir al monte, sufrir cuarentenas forzadas y soportar la constante amenaza de la tortura o la muerte.

El Este agrícola, desde Hato Mayor hasta Los Llanos, pagó un precio altísimo por su dignidad.

Mientras el Este industrial impulsaba huelgas y reivindicaciones laborales, en las zonas rurales la defensa de la nacionalidad se escribió con sangre.

Sin embargo, la brutalidad de la ocupación no concluyó con la firma de los acuerdos de desocupación.

Ni siquiera el ambiente de retirada logró aplacar el instinto criminal y autoritario de los invasores.

Así lo dejó registrado el escritor Ramón Alberto Ferreras en su obra Allá por los años viejos, donde recoge una anécdota desgarradora que demuestra que la barbarie yanqui se mantuvo impune hasta el último minuto.

Coincidiendo con los días finales de la intervención, las tropas de ocupación se concentraron en Hato Mayor del Rey antes de emprender su marcha hacia el puerto de San Pedro de Macorís, desde donde embarcarían de regreso a su país.

Entre la población de Hato Mayor del Rey, la noticia de la partida provocó un júbilo indisimulable.

Un joven dominicano de la zona, arrastrado por la euforia y al calor de unos tragos, celebraba con alegría el fin de la pesadilla Yanqui.

En medio de la plaza, un capellán del ejército estadounidense subió a una tribuna improvisada para dirigir un discurso de despedida.

En un castellano atropellado y cínico, el religioso pretendió disfrazar ocho años de atropellos con un velo de benevolencia: afirmó que los marinos habían llegado a construir caminos, escuelas y edificios, e insistiere en llamar «hermanos» a las víctimas del despojo, asegurando que se marchaban «con el corazón en la mano».

Semejante burla resultó insoportable para el joven campesino.

Incapaz de tolerar que un representante de la fuerza ocupante intentara lavar con mentiras la sangre derramada, levantó la voz y respondió con altivez popular:
«Si nosotros somos hermanos de ustedes será por Adán y Eva, porque de padre y madre, ¡Dios nos libre de tener hermanos que nos han hecho tanto daño!»

La respuesta, llena de dignidad y verdad, indignó a la tropa extranjera.

Lejos de actuar con ecuanimidad o tolerancia ante la despedida, la horda yanqui reaccionó con la misma ferocidad que había caracterizado toda la ocupación.

El joven fue apresado de inmediato en medio del tumulto. Sin acusación formal, sin un juicio previo ni el más mínimo respeto a la vida humana, fue fusilado sumariamente en el acto, justo antes de que los soldados abordaran los vehículos que los llevarían a la costa de San Pedro de Macoris.

Aquel homicidio, ejecutado a sangre fría a la vista de la comunidad, convirtió a ese joven anónimo en la última víctima de la primera intervención estadounidense.

Aunque en Hato Mayor nadie recuerda su nombre, el hecho fue real y su fusilamiento no solo evidencia la falsedad del discurso civilizador con el que los invasores pretendieron justificarse, sino que retrata la verdadera naturaleza del imperialismo: un régimen de fuerza que, hasta en el momento de su partida, cobró vidas inocentes para imponer su impunidad.
Actuaron con pravedad contra una población indefensa, que solo puso resistencia a los atropellos y abusos ominosos contra los rebeldes, que dieron muestra de arrojo y resistencia sin par.

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