A más de dos décadas de haber atravesado la región oriental de la Isla Hispaniola, el ciclón Georges aún sigue resonando con fuerza en la psiquis de los habitantes de Hato Mayor del Rey, pues aquel lunes 22 de septiembre de 1998 quedó marcado con casas destruidas, muertes y dolor en la memoria colectiva de una de las provincias más golpeadas por los vientos furiosos de un fenómeno que cambió para siempre la geografía, la economía y el tejido social de la comunidad.
Por Manuel Antonio Vega
HATO MAYOR.- El amanecer de aquel lunes se perfilaba festivo. La población se encontraba en medio de la celebración de sus tradicionales fiestas patronales en honor a la Virgen de Las Mercedes. Pero la alegría de estrenar ropas y zapatos se transformó en cuestión de minutos en pánico. El cielo se tiñó de un gris fantasmal y la furia devastadora del ciclón Georges irrumpió con una violencia inusitada, dejando a su paso un saldo trágico de víctimas mortales, decenas de heridos e incalculables pérdidas materiales.
En fracciones de segundos, el terror se apoderó de los más de 80 mil habitantes de la provincia. El panorama se tornó desolador.
Los furiosos vientos huracanados sembraron el caos más espantoso vivido por los hatomayorenses en las últimas seis décadas.
La fuerza axiomática de las ráfagas aún hoy se desconoce con precisión científica, debido a que, para esa época, la provincia no contaba con los equipos meteorológicos necesarios para medir un fenómeno de tal envergadura.
La crudeza del viento no tuvo miramientos.
Escasas viviendas de madera y zinc lograron quedar en pie.
Las ráfagas actuaron con una pravedad implacable contra la producción agrícola, derribando árboles maderables y frutales centenarios, lo que significó el tiro de gracia para la economía local.
El ojo del monstruo, el silencio y el falso maremoto
El ojo del huracán Georges tocó tierra en la provincia alrededor de la 1:00 P.M. Durante ese breve y tenso periodo de calma, el cielo pareció dar una tregua, pero era solo la antesala a la segunda mitad del vórtice, que regresó con una intensidad aún más feroz.
Tras el paso del ojo, el colapso de las redes de comunicación alimentó el caos.
Pronto corrió el rumor apócrifo de que un devastador maremoto venía en camino hacia la provincia.
El pánico colectivo obligó a miles de parroquianos a amanecer en las calles oscuras, desesperados por conseguir información, mientras que otros se aglutinaban en los templos religiosos a rezar en medio de la penumbra.
Con el sistema eléctrico colapsado y los cables telefónicos arrancados de cuajo, Hato Mayor quedó completamente incomunicada del resto del mundo.
Las lluvias torrenciales subsiguientes provocaron que los ríos se desbordaran. El río Maguá se salió de su cauce e inundó por completo la calle San Esteban, bloqueando por días el paso de peatones y vehículos hacia las comunidades de Yerba Buena y Pringamosa.
Asimismo, los canales de drenaje que cruzan los barrios Ondina, Villa Canto, Las Guamas, Media Chiva y Plata Bella rebozaron su capacidad, arrastrando con sus turbulentas aguas los pocos ajuares que a las familias les quedaban, depositándolos en el arroyo Paña-Paña.
Rostros de la tragedia humana y comunitaria
El paso del meteoro dejó escenas desgarradoras en las calles de la ciudad y en los caminos rurales: madres con niños en brazos llorando desconsoladamente, hombres y mujeres prácticamente desnudos debido a que el viento y las lluvias desintegraron sus hogares y esparcieron sus ropas por los campos.
La muerte también reclamó su cuota. Entre las víctimas fatales se recuerda con profundo pesar al hacendado Rafael (Fello) Santini, de 70 años de edad, quien decidió resguardarse en su casa campestre de la sección Don López y falleció aplastado cuando una pared cedió ante la embestida del viento.
Asimismo, el nacional haitiano Miguel Yan perdió la vida en el municipio de El Valle, atrapado por el derrumbe de las estructuras en las plantaciones.
Una tercera víctima identificada fue Guillermo Carrasco, de 58 años, sumándose a una lista que incluyó 73 heridos y cuatro desaparecidos en los informes preliminares.
Los barrios marginados sufrieron el peor impacto. Sectores como Villa Ortega, Ondina, La China, Villa Navarro, Las Malvinas, Villa Canto, Punta de Garza, Los Cocos, Gualey y Las Javillas fueron borrados casi por completo.
En las zonas rurales, la destrucción habitacional rozó el 80 por ciento de las casas de madera.
Comunidades como Mata Palacio, Guayabo Dulce, Las Palmillas, Las Claras, Bejucal, La Mora, Casa Colorá, Monte Coca, Las Pajas, Morquecho, Jalonga, La Sierra, Capote, Rancho Cosme, Manchado, Los Jíbaros, Doña Ana, Santana, El Cercadito, Paso Cibao y San Valerio quedaron reducidas a escombros.
Colapso industrial y la sombra de la corrupción
Los daños a la infraestructura económica fueron demoledores, estimándose en más de 600 millones de pesos de la época solo en el sector agroindustrial.
El viento arrasó con dos grandes proyectos de cítricos, plantaciones de palma africana y un importante proyecto de exportación de flores.
La icónica procesadora de jugos Procotric vio destruido su edificio principal, y la empacadora de chinas de la compañía Barceló Salas quedó severamente afectada.
Incluso la emblemática producción de quesos de la zona se detuvo, tras sufrir graves daños estructurales las fábricas de Queso Hatuey y Patrón de Oro.
La educación también sufrió un revés histórico: más de 40 centros educativos resultaron totalmente destruidos y las seis naves de la zona franca industrial fueron literalmente devastadas.
A nivel vial, el tránsito hacia El Seibo quedó anulado por la caída de puentes y miles de árboles.
A la catástrofe natural le siguió la tragedia moral.
Aunque la solidaridad internacional de naciones como España, Estados Unidos, Cuba, Puerto Rico y Venezuela no se hizo esperar, gran parte de la ayuda humanitaria ñ, consistente en zinc, madera, clavos, ropa y alimentos, nunca llegó a los damnificados reales. Muchos cargamentos fueron hurtados y desviados para ser vendidos ilegalmente en comercios locales.
Varios funcionarios de la época hicieron riqueza con el dolor del pueblo.
Años más tarde, durante el gobierno de Leonel Fernández, se construyeron proyectos habitacionales para los damnificados, pero la comunidad denunció con amargura que el reparto se politizó para beneficiar a cuadros del partido oficialista.
Un eco que no se apaga
Hoy, el martilleo del clavo sobre el zinc parece un resonar eterno en la provincia.
El huracán Georges no solo cambió la fisonomía urbana, destruyendo joyas históricas como el parque municipal Mercedes de la Rocha y desprendiendo las planchuelas de la Parroquia Las Mercedes, sino que alteró la propia naturaleza.
Tras el huracán, los bosques circundantes quedaron «calvos», como si una tijera gigante los hubiese rapado.
Incluso el ciclo productivo de la tierra mutó: los árboles de mango, que antes cosechaban una sola vez al año, comenzaron de manera inusitada a parir frutos a principio y a fin de año.
Junto a San Zenón (1930), David (1978) o Jeanne (2004), Georges se mantiene en la cúspide de los peores desastres de la República Dominicana.
Para los hatomayorenses, el 22 de septiembre no es una fecha más en el calendario; es el ronquido de la vulnerabilidad humana ante la fuerza de la naturaleza y del largo, y a veces inconcluso, camino hacia la reconstrucción.







