De la botijuela a la tarjeta de crédito y el dinero invisible

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Por Manuel Antonio Vega

La evolución de las transacciones económicas no es solo una crónica de innovación técnica; es una metamorfosis en nuestra relación metafísica con el valor. En la antigüedad de todo el globo terráqueo, el comercio y el ahorro poseían una materialidad casi sagrada: el dinero se resguardaba físicamente en botijuelas bajo la tierra, la supervivencia se negociaba mediante el trueque directo de mercancías y la confianza comunitaria se tejía a través de los tradicionales «sanes» familiares. La riqueza se podía palpar y contar pieza por pieza.

Sin embargo, a medida que la humanidad evolucionó, el ingenio humano diseñó mutaciones socioeconómicas destinadas a acelerar y desmaterializar el intercambio: nacieron los cheques, las libretas de ahorros y, eventualmente, la tarjeta de crédito.

Hoy, la llegada de internet y las transferencias electrónicas vía teléfonos móviles y ordenadores nos sitúan en el ápice de la abstracción: el dinero ha dejado de ser una materia para convertirse en un flujo de información invisible.

Filosóficamente, este tránsito ha aliviado cargas prácticas, como reducir los riesgos de asaltos físicos camino al banco, pero ha instaurado una profunda paradoja psicológica.

Al disolver el peso físico del billete y la moneda, el acto de gastar se ha desconectado del dolor tangible de la pérdida.

El plástico y los bits actúan como analgésicos del consumo, facilitando transacciones inmediatas basadas en la gratificación instantánea.

Esta ilusión de disponibilidad constante choca de frente con la cruda realidad empírica que revelan los datos económicos actuales en la República Dominicana.

La paradoja es palpable en las calles y en las estadísticas oficiales.

Por un lado, la ciudadanía percibe de manera generalizada una escasez de dinero en efectivo en los bolsillos; por otro, los depósitos bancarios y los niveles de consumo no disminuyen.

Cifras recientes del Banco Central indican que el dinero en manos del público, tanto en billetes como en monedas, experimentó una reducción al pasar de RD$292,959.4 millones en diciembre de 2025 a RD$272,560.7 millones al cierre de agosto, cediendo ligeramente a RD$266,435.4 millones en la primera semana de septiembre de 2026.

Este fenómeno no responde a un empobrecimiento repentino de los flujos del sistema, sino a una acelerada digitalización.

La liquidez de la economía dominicana sigue siendo sumamente alta: la oferta monetaria ampliada (M2) escaló a los RD$2,454,827.0 millones en agosto de 2026, una expansión formidable respecto a los RD$399,479.0 millones de diciembre de 2025.

El dinero está allí, resguardado en los depósitos del sistema financiero en busca de seguridad y rendimiento, moviéndose en las sombras de las redes electrónicas.

No obstante, esta bonanza de liquidez general macroeconómica esconde una vulnerabilidad silenciosa a nivel micro.

El ser humano contemporáneo, atrapado en la facilidad del «dinero plástico», recurre al endeudamiento para amortiguar presiones estructurales.

Los datos de la Superintendencia de Bancos, a través de su plataforma Simbad, muestran dinámicas complejas: a mayo de 2026 se registraron 14,746 deudores de nuevo ingreso y 12,060 deudores de reingreso, afectando ligeramente más a las mujeres (50.4%) que a los hombres (49.6%).

El consumo no se detiene porque la tarjeta llena el vacío del salario insuficiente.

Los hogares dominicanos enfrentan gastos sumamente rígidos y una disponibilidad limitada de ingresos reales que se ve asfixiada por la fluctuación constante en los precios de los alimentos, sumado a las recurrentes emergencias médicas y gastos imprevistos.

Bajo este escenario, el Banco Central mantiene una política monetaria neutral con una tasa de referencia del 5.25% anual para contener la inflación derivada de la incertidumbre global y las tensiones geopolíticas en Medio Oriente.

Mientras tanto, las tasas de interés activas fluctúan entre el 8.45% y el 14.08%, encareciendo los préstamos a los que recurren las familias que no logran completar el mes con sus ingresos regulares.

Aquí reside el núcleo de la cuestión: la disponibilidad real de las familias se mide de forma fidedigna en la morosidad de sus tarjetas de crédito.

Si bien la morosidad simple del sistema financiero se mantiene controlada en un saludable 1.89%, muy por debajo de los límites regulatorios, la llamada morosidad estresada, un indicador complementario que revela el verdadero nivel de riesgo y deterioro de la cartera de consumo al incluir prórrogas y reestructuraciones, se sitúa en un preocupante 7.69%. Los atrasos de 1 a 30 días en la cartera vencida rondan los RD$240,300 millones.

Aunque la solidez, altas provisiones y los niveles de solvencia de la banca nacional superiores al 18% garantizan la estabilidad del sistema, el estrés financiero de las familias dominicanas es innegable.

Pasar de la seguridad de la botijuela a la abstracción de la tarjeta de crédito nos ha liberado de cadenas físicas, pero nos ha vuelto dependientes de cadenas numéricas.

El reto actual no es solo macroeconómico; es de prudencia humana frente a la ilusión del capital virtual.

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