Por Manuel Antonio Vega
Hay seres humanos que, por sus acciones, su comportamiento y hasta por su peculiar forma de vestir, quedan cincelados para siempre en la memoria colectiva de un pueblo. En Hato Mayor del Rey, donde los personajes pintorescos parecen poseer un glamour intrínseco que despierta la curiosidad de los mortales, el nombre de una mujer diminuta sigue resonando como un eco de misterio y fascinación.
Por las calles de este pueblo históricamente católico caminó una vez una mujer de baja estatura que, con el simple acto de presencia, imantaba las miradas.
Su carisma al saludar y su singular vestuario la convertían en el centro de atención de cada esquina.
Hablamos de la notable Juana Dolores, conocida por todos simplemente como «Dolorita».
A ras de suelo, nunca se le conoció marido ni descendencia, pero se ganó a pulso la admiración, el mimo y el respeto de un pueblo que la adoptó como un tesoro propio.
Una belleza envuelta en collares y misterio
Aunque los años terminaron tiñendo de nieve su cabeza, quienes la conocieron en su juventud aseguran que Dolorita fue una de las mujeres más bellas que jamás haya caminado por el apacible valle de Hato Mayor.
Al envejecer, adoptó una forma de vestir muy peculiar; quizás no era la más convencional para la época, pero despertaba un morbo inocente y una atracción inevitable entre los lugareños.
Su estampa era inconfundible: faldas o vestidos que le cubrían las rodillas, pañuelos vistosos y flores frescas coronando su cabeza, e hileras de collares multicolores que tintineaban a cada paso, custodiados por un rosario que colgaba devotamente de su cuello.
Así, con esa elegancia bohemia, esta distintiva mujer se paseaba de mañana y tarde por las arterias de la ciudad.
Se decía que era oriunda de la sección Mata de Palma, en El Seibo. A pesar de su andar constante, Dolorita era mujer de pocas visitas. En el pueblo, las viviendas que se honraban con su entrada se podían contar con los dedos de una mano.
Era frecuente verla en el emblemático barrio Villa Canto, resguardada en casa de Nerola de Berroa; o bien en el barrio Gualey, visitando a Papito Berroa, el conocido albañil.
La reina de la cafeomancia y el tarot
Dolorita no era una mujer de pedir limosnas. Su sustento provenía de un don que muchos atribuían a lo oculto y a las artes del sortilegio.
Era una «Tarotista» orgánica, una intérprete de los misterios del destino que ganó fama visitando hogares para echar las cartas, adivinar el futuro y desentrañar las predicciones amorosas de las mujeres del pueblo, logrando así ganar el sustento diario.
La interpretación simbólica de los naipes y de la taza de café fueron el único oficio conocido de la pequeña pero imponente Juana Dolores.
Quienes llegaron a consultarse con ella atestiguaban que parecía haber hecho una maestría en el arte de la cafeomancia.
Con una facilidad pasmosa, leía el porvenir en los restos negros del café, utilizando un lenguaje extravagante, poético y envolvente que dejaba hipnotizados a sus clientes.
Aunque en el pueblo existían otras mujeres que practicaban la lectura del café, Dolorita era sumamente especial.
Se cree, de hecho, que fue la primera mujer en Hato Mayor y sus campos aledaños en formalizar esta práctica adivinatoria, atrayendo no solo a mujeres, sino también a muchos hombres que buscaban con disimulo conocer su suerte en el amor, los negocios, el trabajo y la salud.
El último viaje de una leyenda urbana
Por las descripciones que de ella se conservan, Dolorita fue una figura imprescindible en la vida social del «Jato», como antiguamente se denominaba a este rincón dominicano.
Sin embargo, el tiempo no perdona. Se cuenta que sus últimos días los pasó en un asilo de ancianos en Santo Domingo, ciudad a la que partió apresurada en busca de sus familiares cuando las fuerzas comenzaron a faltarle.
Hoy, las calles de Hato Mayor ya no escuchan el tintineo de sus collares ni ven el vuelo de sus faldas floreadas.
Sin embargo, Dolorita sigue gravitando con fuerza en el recuerdo de aquellos que reconocieron su talento, su carisma y esa sabiduría popular tan necesaria para vivir y resaltar en una sociedad tan heterogénea.
Una sociedad donde, como bien sabía Dolorita, para ganar amigos solo se necesita abrir las puertas de la casa y regalar un saludo sincero.
¿Quién la conoció y puede decir algo de ella que lo haga, para terminar de escribir su historia?






