POR FARID KURY
Los hombres del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), del siniestro Jhonny Abbes, llegaron sin anunciarse.
En aquellos días, posteriores al ajusticiamiento del tirano Rafael Leónidas Trujillo, una visita del SIM era una amenaza. Era la presencia de un poder que había convertido el miedo en instrumento de gobierno y que buscaba desesperadamente a los hombres que habían participado en la conspiración del 30 de mayo de 1961.
Aquella mañana buscaban a Luis Amiama Tió: uno de los líderes políticos del complot. Los agentes del SIM entraron a la casa con la seguridad de quienes estaban acostumbrados a imponer terror. Revisaban, preguntaban, observaban cada detalle. Sabían que, tarde o temprano, alguien terminaba cometiendo un error.
Pero ignoraban algo. El hombre que buscaban estaba allí. Escondido. A pocos metros de ellos. Oculto en un baño.
La diferencia entre la vida y la muerte podía depender de un instante. Bastaba una mirada equivocada. Un gesto de nerviosismo. Una palabra pronunciada con temor. Pero nada de eso ocurrió. Al contrario: lo que ocurrió despejó el ambiente y salvó la situación.
Josefina Gautier de Álvarez, esposa del doctor Tabaré Álvarez, se encontraba en la casa cuando llegaron. Sabía que buscaban a don Luis. El momento era de tensión y miedo. Era imposible que no tuviera miedo. Sin embargo, hizo algo que solo hacen las personas de una enorme fortaleza interior: no permitió que el miedo gobernara sus actos.
Con serenidad, inteligencia y un dominio admirable de sí misma, logró convencer, a través de una maniobra audaz, a aquellos hombres de que no había nada que encontrar.
Cuando iban llegando se metió al baño, abrió la llave simulando que se estaba bañando, y cuando la llamaron para decirle que los agentes del SIM la buscaban, dijo en voz alta, que pasaran a la sala y se sentaran y que se les colara café, que ella sale en unos minutos. Los sabuesos de Abbes, al ver esa confianza y esa amabilidad, dieron por revisada la casa y se marcharon.
En ese momento Luis Amiama Tió sobrevivió, y la historia dominicana conservó una de sus páginas más desconocidas y más nobles.
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Josefina Gautier escribió un conmovedor libro donde narra su experiencia y todo lo que junto a su esposo pasaron para mantener escondido a Luis Amiama Tió en su residencia.
El libro se titula «Escondido. Mi 30 de Mayo». Lo leí en el 2012, a poco de ser publicado por la Comisión de Efemérides Patrias en ocasión del 50 aniversario del ajusticiamiento del tirano. Lo volví a leer este fin de semana.
La primera lectura me permitió conocer la historia de un hombre escondido que sobrevivió a la tenaz persecución del SIM. La segunda me permitió descubrir a las personas que estaban detrás de esa historia.
Porque este libro no es solamente el testimonio de uno de los episodios más dramáticos ocurridos después de la caída de Trujillo. Es también la historia de un matrimonio que decidió desafiar el miedo cuando casi todo un país estaba obligado a vivir bajo su sombra.
Tabaré Álvarez y Josefina Gautier.
Dos nombres que merecen estar unidos cuando se habla del valor silencioso del 30 de Mayo.
Cuando pensamos en el ajusticiamiento de Trujillo, nuestra memoria viaja inevitablemente hasta la carretera de San Cristóbal. Allí estuvieron los hombres que asumieron el riesgo de enfrentar al tirano: Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barrera, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza, Huascar Tejeda y Amado García Guerrero.
Pero toda gran historia tiene un capítulo posterior. Después del ajusticiamiento vino la feroz persecución, desatada primero por el SIM de Jhonny Abbes, y luego por Ramfis Trujillo, convertido a su regreso de París en el mandamás de la nación.
El régimen herido reaccionó con una violencia poco común. El SIM inició una cacería contra los conspiradores y sus colaboradores. Las cárceles se llenaron. Las torturas continuaron. La muerte llegó a muchos hogares dominicanos.
En medio de ese ambiente de terror, Tabaré Álvarez y Josefina Gautier tomaron una decisión extraordinaria. Una decisión muy riesgosa, pero de gran valor humano.
Escondieron a Luis Amiama Tió en su propia casa. No durante unas horas o unos días. No. Durante casi siete meses. Aquella vivienda dejó de ser solamente un hogar. Se convirtió en un refugio donde cada día podía ser el último.
Tabaré Álvarez tenía mucho que perder. Era nada menos que Secretario de Estado de Salud Pública del gobierno del Joaquín Balaguer. Sabía perfectamente el riesgo que asumía. Si el SIM descubría lo que ocurría dentro de su casa, las consecuencias podían ser terribles para él y su familia.
Pero no tuvo miedo, ni él ni su esposa Josefina. Bueno, tal vez tuvieron miedo, pero no se dejaron dominar por él. Abrieron la puerta de su casa y escondieron a Luis.
Mientras Tabaré cumplía con sus responsabilidades fuera del hogar, Josefina vivía la parte más difícil de aquella misión: la espera.
La espera del ruido de unos pasos, una llamada, un vehículo que se detuviera frente a la casa, una pregunta que pudiera cambiarlo todo.
Ese fue el heroísmo de Josefina. No el heroísmo de quien enfrenta un peligro durante unos segundos, sino el de quien convive con él durante meses.
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La historia suele recordar los grandes momentos: las batallas, los discursos, los disparos que cambian el destino de los pueblos. Pero existen otros momentos decisivos que ocurren en silencio. Momentos en los que una persona común debe tomar una decisión extraordinaria.
Eso fue lo que hicieron Tabaré Álvarez y Josefina Gautier. Pudieron pensar en su seguridad y cerrar la puerta. Pero decidieron hacer lo correcto.
Durante casi siete meses, aquella familia vivió suspendida entre la esperanza y la incertidumbre y el peligro. Cada día que Luis Amiama Tió permanecía con vida era una victoria. Cada noche sin ser descubiertos era una derrota del miedo.
El 30 de mayo de 1961 cambió para siempre la historia de la República Dominicana. Pero hubo otro 30 de mayo, menos conocido, que no duró una noche, sino casi siete meses.
Se vivió en el silencio de una casa. Tuvo como protagonistas a Tabaré Álvarez, a Josefina Gautier y a un hombre escondido en un baño.
Aquellos minutos en que Josefina derrotó al miedo no solo salvaron la vida de Luis Amiama Tió. También salvaron una de las páginas más nobles y hermosas de nuestra historia.
Al terminar de leer por segunda vez «Escondido. Mi 30 de Mayo», sentí una gran admiración y respeto por esa pareja de esposos dominicanos que pusieron sus vidas en peligro para salvar la vida de otro. Y entonces decidí rendirles un merecido tributo en estas líneas.






