El último trazo de la «Brocha Gorda» de Raúl Chávez en Hato Mayor

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Por Manuel Antonio Vega

​En Hato Mayor del Rey, las paredes hoy guardan un silencio distinto, pues se ha marchado de este mundo terrenal, Antonio Eduardo Galay Chávez, el hombre cuyas manos no solo sostenían pinceles, sino que domesticaban el color sobre la cal y el cemento.

Conocido por todos como «Raúl el Pintor», su vida se apagó en una cama del Hospital Regional Dr. Antonio Musa, en San Pedro de Macorís, luego de que un accidente cardiovascular decidiera poner punto final a su obra terrenal.

​Raúl no era un artista de galerías alfombradas ni de luces de neón; él era el maestro de la «brocha gorda».

Su lienzo era la ciudad misma, pues durante décadas, su pulso firme delineó los sueños de empresarios y las promesas de políticos, quienes buscaban en su técnica esa perfección manual que hoy parece extinta.

​Sin embargo, el destino fue irónico con él: ganó fama, pero la fortuna le fue esquiva.

Cada gota de sudor y pintura se transformaba, casi de inmediato, en el sustento de su hogar.

Raúl pintaba para que otros brillaran, mientras él consumía sus días entre el olor a aguarrás y el polvo de los caminos.

​»Su labor comenzó a mermar cuando la frialdad de la tecnología y el ploteo digital sustituyeron el calor de la mano humana.»

​La Pensión que se Perdió en el Camino

​Hay ausencias que duelen más que la muerte misma.

Raúl Galay pasó sus últimos años tocando puertas que nunca se abrieron de par en par.

La diabetes, esa enemiga silenciosa, empezó a roerle los pasos, y el anhelo de una pensión digna se convirtió en una quimera.

A pesar de sus reclamos ante los funcionarios de turno, la ayuda estatal nunca llegó a tiempo para costear los fármacos que habrían suavizado su ocaso.

​El Tren de la Resistencia

​Cualquiera que caminara por el sector Ondina podía verlo: en la etapa final de su vida, Chávez no se dejó vencer por la melancolía.

Inventó su propio remedio contra la depresión y el olvido.

Adquirió una bicicleta singular, una suerte de «tren» metálico con capacidad para cuatro pasajeros.

​Allí, pedaleando bajo el sol o el sereno, Raúl movía su sangre y sus recuerdos.

Era su forma de «botar el golpe», de mantenerse en movimiento cuando el trabajo faltaba y el cuerpo pesaba.

Ese tren no llevaba pasajeros, pero transportaba la dignidad de un hombre que se negaba a estancarse.

​Un Adiós en color firme

​Hato Mayor despide hoy a un vecino ilustre de espíritu inquebrantable.

Se va el hombre, pero se queda su rastro en las fachadas, en las líneas trazadas a pulso y en el recuerdo de un «tren» que recorría las calles desafiando a la tristeza.

​Adiós, caro y valiente amigo. Que en el descanso eterno, los colores sean siempre vivos y la luz nunca falte.

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