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El último viaje de Fello en el cañero municipio de Consuelo

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Por Manuel Antonio Vega

CONSUELO.- Hay hombres que no solo conducen máquinas; conducen historias.

En el municipio cañero de Consuelo, donde el aire suele tener ese dulzor pesado del bagazo y el eco del de las patadas con vagones de caña, se ha detenido un motor que latía al ritmo del pueblo.

Se nos ha ido Rafael Díaz, el eterno «Fello», el hombre que durante décadas hizo del carro público un confesionario itinerante y un refugio sobre ruedas.

​Oriundo del emblemático sector Miramar de San Pedro de Macorís, Fello llegó a Consuelo para convertirse en uno de los propulsores del transporte, en una época donde las distancias se medían más por la paciencia que por los kilómetros.

No era simplemente un chófer; era un navegante del asfalto que conocía cada cráter de la carretera, cada rostro y cada premura de su gente.

​Con el devenir del tiempo, su figura se fundió con el paisaje urbano, pues ver pasar a Fello era ver pasar la puntualidad y la decencia.

En un oficio que a veces se vuelve áspero por el tráfico y el calor, él cultivó la jovialidad como una bandera y la sinceridad como su norte.

​La Tarifa del Alma
​Lo que elevó a Don Fello al altar de la memoria colectiva no fue solo su destreza al volante, sino su profunda vocación de servicio.

En su vehículo imperaba una ley no escrita, una justicia poética que desafiaba la economía del hambre, pues
​nadie se quedaba a pie por falta de una moneda.

Si el bolsillo estaba vacío, el asiento seguía disponible, era que fello transportaba la necesidad con la misma dignidad con la que transportaba el oro, tratando al desposeído con el respeto de un pasajero de primera clase.

​Esa solidaridad silenciosa, esa mano extendida desde la ventanilla, fue lo que transformó a un chófer de carro público en un patrimonio humano de todo San Pedro de Macorís.

​Hoy, las anécdotas se agolpan en la Funeraria del Pueblo. Entre coronas de flores y suspiros, los usuarios de tres generaciones cuentan cómo Fello los llevó a la escuela, al trabajo o al hospital, siempre con una palabra de aliento que servía de combustible para el espíritu.

​Se ha marchado un ser sencillo, pero deja una estela larga.

El municipio de Consuelo hoy se siente un poco más huérfano de sus pasos, pero sus rutas quedan marcadas para siempre.

Don Rafael Díaz ha tomado su último turno, y esta vez, el pasaje hacia la eternidad ya está más que pagado con la nobleza de su vida.

​Paz a sus restos.

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